De i. a d, los firmantes de los Acuerdos de Abraham: el expresidente de Israel, Benjamin Netanyahu, el expresidente de EEUU, Donald Trump, El ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación Internacional de los Emiratos Árabes Unidos, Abdullah bin Zayed,  Al Nahyan y Abdullatif bin Rashid Al Zayani, Secretario general del Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo.

De i. a d, los firmantes de los Acuerdos de Abraham: el expresidente de Israel, Benjamin Netanyahu, el expresidente de EEUU, Donald Trump, El ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación Internacional de los Emiratos Árabes Unidos, Abdullah bin Zayed, Al Nahyan y Abdullatif bin Rashid Al Zayani, Secretario general del Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo. Gtres

Tribunas

La lección europea para Oriente Medio: no hay paz sin prosperidad

Si queremos un mundo más estable, debemos apostar por políticas que generen crecimiento, integración económica y cooperación. Europa lo hizo hace 75 años con éxito, y Oriente Medio tiene la oportunidad de recorrer el mismo camino.

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Hace setenta y cinco años, Europa tomó una decisión estratégica que cambiaría su historia.

Tras dos guerras mundiales, el continente apostó por transformar los instrumentos del conflicto, el carbón y el acero, en herramientas de cooperación.

Aquella decisión no fue sólo económica, sino profundamente política: vincular los intereses nacionales hasta el punto de hacer la guerra inviable.

Hoy, tres cuartos de siglo después, esa intuición se ha confirmado como una de las ideas más exitosas de la historia contemporánea: la paz se construye sobre la prosperidad.

Europa ha vivido desde entonces el periodo más largo de estabilidad y desarrollo de su historia. No por casualidad, sino porque la integración económica generó interdependencia, elevó los niveles de vida y consolidó sociedades abiertas y cohesionadas.

La prosperidad compartida no fue una consecuencia secundaria del proyecto europeo; fue su condición de posibilidad.

Banderas de la Unión Europea en la fachada de la Comisión Europea en Bruselas.

Banderas de la Unión Europea en la fachada de la Comisión Europea en Bruselas.

Esta es la gran lección que Europa debe reivindicar en su 75 aniversario: la paz duradera no se impone, se construye. Y se construye creando intereses comunes, oportunidades económicas y expectativas de futuro compartido.

Sin embargo, esta enseñanza no es sólo un ejercicio de memoria. Es, sobre todo, una guía para actuar en el presente.

En un momento en el que el orden internacional atraviesa una profunda transformación, con conflictos enquistados y regiones enteras atrapadas en dinámicas de confrontación, conviene preguntarse si hemos sido capaces de trasladar esa lección fuera de Europa.

La respuesta, en muchos casos, es incómoda.

Oriente Medio es el ejemplo más evidente. Durante décadas, la región ha sido sinónimo de conflicto recurrente, de tensiones estructurales y de oportunidades perdidas.

Y, sin embargo, en los últimos años hemos visto un atisbo de lo que podría ser un cambio de paradigma: los Acuerdos de Abraham.

Estos acuerdos, que normalizaron las relaciones entre Israel y varios países árabes, representan precisamente la aplicación, aún incipiente, de la lógica europea: sustituir la confrontación por la cooperación, abrir canales económicos, fomentar inversiones y generar una red de intereses compartidos.

"La paz en Oriente Medio no llegará únicamente a través de equilibrios de poder, sino mediante la creación de prosperidad real para sus pueblos"

He sido un firme defensor de estos acuerdos desde su inicio, no por razones coyunturales, sino porque encarnan una verdad estratégica.

A saber, que la paz en Oriente Medio no llegará únicamente a través de declaraciones políticas o equilibrios de poder, sino mediante la creación de prosperidad real para sus pueblos.

Sin embargo, conviene señalar con claridad por qué este proceso no ha podido desplegar todo su potencial, especialmente tras los terribles atentados del 7 de Octubre en Israel a manos de Hamás, con el apoyo directo de Irán.

Esa es la principal amenaza a esta dinámica de normalización: la acción desestabilizadora de Irán, que ha hecho de la confrontación regional una herramienta de influencia.

A través del apoyo a actores no estatales, la financiación de estructuras paralelas y una estrategia deliberada de tensión permanente, Teherán ha tratado de impedir cualquier arquitectura de cooperación que reduzca su capacidad de presión.

Este enfoque no sólo socava los avances logrados, sino que dificulta la consolidación de un entorno económico estable en el que la prosperidad (y, por tanto, la paz) pueda arraigar.

Y, sin embargo, la historia europea demuestra con claridad que ese es precisamente el camino que debe reforzarse.

Cuando las economías se integran, cuando el comercio fluye, cuando las sociedades se benefician mutuamente, el coste del conflicto se vuelve inasumible. Esa es la verdadera garantía de paz.

"Durante demasiado tiempo, la comunidad internacional ha abordado Oriente Medio desde una óptica de seguridad, sin atacar de raíz la dimensión económica del problema"

Por el contrario, donde no hay desarrollo, donde la falta de oportunidades alimenta la frustración y donde no existen incentivos económicos para la cooperación, el conflicto encuentra terreno fértil.

Durante demasiado tiempo, la comunidad internacional ha abordado Oriente Medio desde una óptica esencialmente política o de seguridad, sin atacar de raíz la dimensión económica del problema.

Los Acuerdos de Abraham apuntan en la dirección correcta porque introducen precisamente ese elemento transformador: la prosperidad como motor de estabilidad. No son una solución completa, pero sí el único camino viable si lo que se busca es una paz duradera.

Por eso, en este 75 aniversario del proyecto europeo, no basta con celebrar nuestro éxito. Debemos ser capaces de proyectarlo.

Europa no sólo debe recordar su historia; debe aplicarla.

La lección es clara: la paz no se decreta, se construye. Y se construye, inevitablemente, sobre la prosperidad compartida.

Si queremos un mundo más estable, debemos apostar por políticas que generen crecimiento, integración económica y cooperación real. Europa lo hizo hace 75 años y transformó su destino. Oriente Medio tiene hoy la oportunidad de recorrer ese mismo camino.

La pregunta es si tendremos la voluntad política de apoyarlo con la misma convicción con la que nuestros predecesores construyeron Europa.

Porque, al final, la historia europea nos deja una enseñanza tan simple como poderosa: no hay paz sin prosperidad. Y donde hay prosperidad compartida, la paz deja de ser un ideal para convertirse en una realidad posible.

*** Antonio López-Istúriz es eurodiputado y miembro del Comité de Asuntos Exteriores.