Alex Karp, CEO de Palantir.

Alex Karp, CEO de Palantir.

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Artemis II, Palantir y las nuevas reglas del juego

El manifiesto de Palantir está cargado de intenciones y demuestra convencimiento absoluto de liderazgo: porque las civilizaciones que dejan de creer en sí mismas, perecen.

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"Hace cincuenta y tres años, la humanidad dejó la Luna; esta vez regresamos para quedarnos".

La frase es de Amit Kshatriya, administrador asociado de la NASA (funcionario de más alto rango en la agencia espacial).

La dijo tras el amerizaje de los astronautas de la misión Artemis, de vuelta ya en la Tierra.

Pero Kshatriya miente, al menos parcialmente. La humanidad toda unida no dejó la Luna: fueron los americanos quienes no quisieron volver, y los rusos y chinos quienes no quisieron seguir intentándolo.

Hasta ahora.

Y es que, aunque enmendemos una de las frases más icónicas del siglo XX ("un gran paso para la humanidad"), el primer alunizaje en 1969 fue un esfuerzo nacional estadounidense, fruto de una contienda geopolítica contra la Unión Soviética, no de una iniciativa de la humanidad en su conjunto.

Amit Kshatriya, el funcionario de más alto rango en la NASA.

Amit Kshatriya, el funcionario de más alto rango en la NASA. Reuters

La Artemis II, por tanto, no es sólo una misión científica. Es una iniciativa nacional por la hegemonía mundial, como lo fueron las misiones Apolo. El espacio exterior es, de nuevo, un área de interés para las distintas potencias que, ávidas de desarrollo tecnológico y recursos, vuelven a mirar hacia las estrellas.

La historia no se repite, pero rima. En la lucha por el primer puesto de potencia mundial, los Estados-nación siguen siendo los protagonistas indiscutibles y siguen necesitando su tejido empresarial para la victoria. Aunque esta vez, las empresas, especialmente las tecnológicas, se han unido de forma desacomplejada en la competición mundial.

Durante la Guerra Fría, Eisenhower decía que lo que era bueno para la General Motors era bueno para Estados Unidos.

Hoy hay una diferencia: Elon Musk o Alex Karp son quienes dicen qué es lo conveniente para Estados Unidos y para la civilización occidental.

Después de la celebración del éxito de la NASA, Palantir (la empresa de software militar fundada por Peter Thiel y dirigida por Alex Karp) publicó en X y en una página entera de The New York Times un manifiesto de veintidós puntos: La República Tecnológica.

Veintidós tesis que, leídas en frío, son el programa político más ambicioso publicado jamás por una empresa privada.

Que los dos hechos (la misión Artemis II y el manifiesto de Palantir) coincidan en el tiempo no es casualidad. Responden a la misma lógica: toda nación que compita por la hegemonía debe implicar todos sus resortes productivos, desde las élites hasta las empresas, pasando por los valores morales, la ciencia, la educación o la forma de divertirse.

Durante décadas, Silicon Valley nos ha vendido una idea amable de sí mismo. Garajes en Palo Alto, camisetas negras, aplicaciones que nos cambian la vida, conexión global y, en suma, una imagen amable del empresario millonario, cambiándolo de director general despiadado con traje a emprendedor joven con chanclas.

El relato funcionó mientras el poder militar norteamericano no era tan dependiente de los consejeros delegados con camisetas frikis.

Ahora la tecnología que estos últimos crearon es esencial, no sólo para la defensa de los propios Estados Unidos, sino también para mantener su posición como primera potencia mundial en lo económico, lo militar, lo educativo y lo cultural.

Karp lo dice sin complejos en el primer punto de su manifiesto. Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que lo hizo posible, y su élite tiene la obligación de participar en la defensa de la nación.

Así, Karp aboga por que los esfuerzos no vayan dirigidos a crear otro Tinder, sino a crear un nuevo Palantir.

Y, como sostiene, el poder duro del siglo XXI no se construye con portaaviones. O no sólo. Se construye también con software. Y la pregunta ya no es si se fabricarán armas con inteligencia artificial, sino quién las fabricará y para qué.

El portaaviones USS Gerald Ford entrando en el fiordo de Oslo en Jeloya (Noruega).

El portaaviones USS Gerald Ford entrando en el fiordo de Oslo en Jeloya (Noruega). Terje Pedersen EFE

Este manifiesto no deja de ser la lista de deseos de Karp, pero marca una tendencia muy reveladora del tiempo en el que vivimos. En la competición geopolítica clásica, la dirección la marcaba el Estado. Hoy la marca, cada vez más, el contratista de defensa del Estado.

Elon Musk decide si Starlink funciona sobre Ucrania. Karp decide qué software analiza los datos del ICE, del Pentágono y del Ejército israelí. Altman decide qué puede y qué no puede producir ChatGPT.

El manifiesto es incómodo para el establishment, especialmente el europeo, pero existe. Y lo firma la empresa que provee inteligencia al Comando Central estadounidense en su campaña contra Irán, a las FDI en Gaza y al Pentágono en sus operaciones en Venezuela de enero pasado.

No son cuatro emprendedores tecnológicos con delirios de grandeza. Son el principal proveedor de software militar de la primera potencia del mundo.

Volviendo al proyecto Artemis II, en el que se han implicado muchas empresas privadas, Estados Unidos vuelve a la Luna justo cuando China planea construir una fábrica orbital y anuncia su propia misión tripulada antes de 2030.

La República Tecnológica que propone Karp y las estaciones lunares a las que aspira la NASA pueden no gustarnos o parecernos aisladas. Puede parecernos parte de un todo imperial y distópico. Pero es la nueva doctrina oficiosa de la primera potencia occidental.

Una doctrina cargada de intenciones, ya que demuestra convencimiento absoluto de liderazgo. Como indica el manifiesto de Palantir, las civilizaciones que dejan de creer en sí mismas perecen.

Artemis II ha vuelto a demostrar que Estados Unidos todavía puede llegar a la Luna.

Palantir ha recordado, a golpe de manifiesto, quién está escribiendo las nuevas reglas del juego, tanto en la tierra como en el cielo.

*** Elías Cohen es profesor de relaciones internacionales de la Universidad Francisco de Vitoria.