Giorgia Meloni, en su último acto de campaña en Roma.

Giorgia Meloni, en su último acto de campaña en Roma. Guglielmo Mangiapane Reuters

LA TRIBUNA

Meloni tiene que escoger: patriotismo o traición

Los precios no dejarán de subir en Italia y a Meloni se le presentará una posibilidad envenenada: levantar las sanciones a Rusia.

28 septiembre, 2022 03:52

No hay fisuras sobre las políticas de natalidad. Ni sobre las identidades aceptables. Ni sobre el matrimonio natural. Ni sobre las religiones compatibles con la paz social. La derecha radical comparte en Europa, con cientos de matices, miles de consensos: casi todos nacen de la desconfianza. Hacia las élites económicas, hacia las políticas climáticas, hacia la cesión de soberanía, hacia los inmigrantes musulmanes, hacia la sexualidad abierta, hacia la modernización precipitada.

Les une, de una manera extremadamente resumida, una idea de familia, país y civilización. Pero les separa, de un modo fácilmente comprensible, la posición sobre Rusia.

Ninguna discordia luce en el escaparate como la proyectada por los dos siameses centroeuropeos: Hungría y Polonia. Salta a la vista.

No hay nadie más beligerante con el régimen de Vladímir Putin que Mateusz Morawiecki. Varsovia invierte proporcionalmente más que cualquier otra capital en la defensa de Ucrania. Renuncia al suministro de gas ruso a toda costa. Acoge más refugiados de la guerra que el resto del continente sumado. Niega el pasaporte a los rusos. Dispara el gasto militar para responder ante "cualquier escenario".

[Polonia estalla contra Francia y Alemania: exige sanciones más duras contra la "fascista" Rusia]

Y sin embargo no hay en los Veintisiete nadie más flexible con el régimen de Putin que Viktor Orbán, que bloqueó los paquetes de sanciones y que convocará una consulta ciudadana para borrar su firma de la unanimidad pactada. A su juicio, las sanciones son un error. "No se impusieron de manera democrática". "No doblegan a Rusia". "Son un tiro en el pie".

Así que la victoria electoral de la derecha populista en Italia, con la exfascista Giorgia Meloni a la cabeza (26% de las papeletas), arroja ciertas preguntas razonables. ¿Qué caminos guiarán a Roma? ¿Se acercará a Rusia? ¿Se alejará de Ucrania? ¿Jurará neutralidad? ¿Discutirá el consenso? ¿Desertará de la guerra económica?

Los tres representantes de la derecha italiana, en una reunión preelectoral en Roma.

Los tres representantes de la derecha italiana, en una reunión preelectoral en Roma. Reuters

Los analistas conviven atosigados por la duda, sin cuerpo para bromas, con más hipótesis que certezas.

Primero. Porque los vencedores gobernarán con la Lega de Matteo Salvini (8,7%) y la Forza Italia de Silvio Berlusconi (8,1%). El exseparatista lombardo admira la Rusia de 2022 como la Italia de 1922 (cristiana, tradicional y blanca) y gruñe que las sanciones causan "más daño" a Europa que a Rusia. Mientras que il Cavaliere defiende la ayuda occidental a Ucrania sin renunciar a su eterna suscripción a la ambigüedad: justificó, a tres días de las elecciones, la operación especial de su "hermanito" para "sustituir el Gobierno de Volodímir Zelenski por un Gobierno de gente decente".

Segundo. Porque una encuesta reciente de la agencia de sondeos Termometro Politico sostiene una realidad incómoda. El 51% de los italianos respalda el levantamiento de las sanciones si reduce la factura de la luz (sólo pagan más los franceses) y contiene una inflación que se fue al 8,4% en agosto.

"Nada invita a pensar que Italia renegará de la OTAN o que, sedienta de fondos de recuperación, se incorporará al desafío de Orbán"

Tercero. Y como la cuesta será mes a mes más empinada, las facturas caldearán más y más ánimos. De modo que parece una estrategia a todas luces suicida mantener el ritmo de subvenciones a la factura de la luz al margen de la circunstancia económica, con la deuda en el 150% del PIB, con el déficit en el 7,2% y con el BCE a punto de subir los tipos de interés. Es decir, dispuesto a encarecer el precio del dinero prestado.

Cuarto. Porque Meloni fue muy clara sobre su atlantismo irreductible, su europeísmo crítico y su lealtad al plan marcado en Occidente: más armas para Ucrania y más sanciones para Rusia. Nada invita a pensar que Italia renegará de la OTAN o que, desesperada por los fondos de recuperación, se incorporará al desafío de Orbán. Roma no renunciará con ligereza a 68.900 millones en subvenciones y 122.600 millones en préstamos. Pero ¿qué ocurrirá cuando la necesidad apriete y Salvini/Berlusconi ahogue?

Quinto. Porque los precedentes no conducen a ningún lugar llamado optimismo. Meloni, afanada en exhibirse como la mujer de Estado que necesitas, trasladó a ciudadanos, "burócratas" e inversores que suscribe los acuerdos de Mario Draghi. Que comprende la altura del desafío. Que no habrá sorpresas. 

"Si Salvini o Berlusconi quieren capitalizar el invierno del descontento, a Meloni se le presentará una dicotomía definitiva"

Pero las sorpresas la trajeron hasta aquí. Meloni simpatizó con Benito Mussolini, rechazó las sanciones a Rusia tras la anexión de Crimea (2014) y celebró el último triunfo electoral de Putin (2018), y sin embargo adaptó sus convicciones en el último año para un propósito único: ser primera ministra de Italia.

No es fácil predecir las trayectorias de los populistas: su singularidad radica en la incoherencia. Pero es mucho más sencillo adivinar que, si el viento de las encuestas sopla en contra, si Salvini o Berlusconi quieren capitalizar desde el salón palaciego el invierno del descontento, y el invierno no terminará con febrero, a Meloni se le presentará una dicotomía definitiva.

[El juego de poder de EEUU y Rusia: seducir a Meloni para asegurarse un socio en la guerra de Ucrania]

Meloni tendrá que escoger entre la valentía y la traición.

Persuadir a los italianos de que los precios disparatados de la carne, la luz y la energía no son tan disparatados si cubren la seguridad de sus hijos, y buscar salidas conjuntas a la crisis con los socios europeos, a riesgo de caer en el intento.

O, a espaldas de sus aliados occidentales, sucumbir a las presiones habituales, avivadas por la inquietud popular y la agitación política, para suavizar o suprimir su nombre de unas sanciones que concederían a Rusia, aislada, achacosa y febril, una esperanza de recuperación y un triunfo en la guerra larga.

El Kremlin permanece a la espera, como reconoció el portavoz Dmitri Peskov: "Daremos la bienvenida a cualquier fuerza política capaz de mirar más allá de la corriente mayoritaria, llena de odio hacia nuestro país, y mostrar objetividad y una postura constructiva".

*** Jorge Raya Pons es periodista

Más en opinión

Blog del Suscriptor
Congreso de los Diputados

La verdad sobre la Administración que no queremos conocer

Anterior
Congreso de los Diputados

La verdad sobre la Administración que no queremos conocer

Siguiente