Viktor Orbán, primer ministro de Hungría.

Viktor Orbán, primer ministro de Hungría.

LA TRIBUNA

¿Qué pueden aprender los liberales del populismo?

Los partidos liberales europeos deberían aprender de sus errores y prestar la debida atención a la preocupación de los ciudadanos por su seguridad, por su cultura y por su nación. Si no lo hacen ellos, el populismo se apropiará de esos temas.

20 octubre, 2021 06:07

Elecciones recientes, como las celebradas en Alemania, Noruega y la República Checa, sugieren que la ola populista ha tocado techo en Europa. Los partidos de centro, que suelen defender una u otra versión del liberalismo, se las han arreglado para permanecer a flote y retener el apoyo de los ciudadanos. Pero los problemas causados por la revuelta populista en Europa siguen existiendo. Y muchos de ellos no han hecho más que transformarse, en vez de desaparecer.

El populismo se suele describir como un fenómeno negativo, transitorio y perturbador. Esto se debe a que, durante el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, los populistas solían ser amateurs de la política.

Sin embargo, algunos partidos autoritarios han comenzado últimamente a atraer donantes, directores de campañas, abogados y burócratas a sus filas. Estos han cambiado las reglas del juego, dotando a estos partidos de un aura más profesional y permitiéndoles acceder a instituciones sociales, proporcionándoles contactos internacionales y cimentando el terreno para la forja de grandes alianzas geopolíticas.

Los liberales, siempre proclives a la autoflagelación, han reconocido muchos de los errores políticos cometidos en el pasado. El desprecio de los sentimientos de pertenencia nacional y su insensibilidad hacia los perdedores de la globalización puntúan alto en esa lista de errores.

Pero los liberales siguen oscilando entre dos tácticas igualmente peligrosas. La primera consiste en centrarse en problemas que sólo afectan a grupos sociales muy pequeños.

"Jugar con el miedo de los ciudadanos tiene muy mala reputación. Pero es una táctica legítima"

La segunda, que suele adoptarse una vez que la primera táctica ha demostrado ser un fracaso, consiste en dar por sentado que a los ciudadanos de a pie sólo les preocupan sus condiciones materiales, es decir, su nivel de vida.  

Harían bien los liberales en observar a sus oponentes. Por ejemplo, cuando los populistas utilizan el factor nostalgia, logran captar la imaginación de los ciudadanos generando debate acerca de un futuro que ellos dibujan lleno de amenazas apocalípticas. Jugar con el miedo de los ciudadanos tiene muy mala reputación. Pero es una táctica legítima. Porque si la política sirve para algo es, precisamente, para evitar desastres futuros.

El principal peligro inminente sobre el que alertan los populistas es el conflicto multicultural y la pérdida de la identidad nacional. Muchos ciudadanos consideran que estos peligros son reales y, si bien son críticos con los movimientos autoritarios, suelen ver a los populistas como contrapeso de esos rápidos cambios sociales. 

Hoy, el discurso antipopulista tiene un peligro equivalente: el cambio climático. Pero, incluso en el caso de que los efectos políticos provocados por el temor a un rápido cambio climático se agravaran, todavía estamos lejos de que eso logre provocar la reestructuración de nuestro espacio político. La preocupación por el clima motiva a las jóvenes generaciones, pero no a las mayores.

Esto supone un problema porque, en la mayoría de los países, los jóvenes no votan de forma masiva y, además, son pocos. Lo que tiene un efecto adicional: el discurso universalista y cosmopolita de las jóvenes generaciones tiene escasas probabilidades de influir en la formulación de políticas nacionales. Así que las identidades nacionales han llegado para quedarse y los liberales deben recordar al pueblo que el liberalismo y el patriotismo son compatibles.

Para poder llegar al ciudadano medio, los liberales deben explicar cómo protegerán la seguridad y la cultura de los ciudadanos en el futuro. También deben señalar al autoritarismo como la fuente del problema y no como su solución. Es posible que tengamos frente a nosotros un futuro escenario dramático de choques culturales e interculturales, pero los que reman para llegar a ese destino son, precisamente, los que dicen estar más preocupados por ello. Son populistas como Matteo Salvini, Marine Le Pen, Viktor Orbán, Narendra Modi y Donald Trump.

"Los liberales deberían tomarse el asunto de la igualdad con más seriedad que en el pasado"

Otro terreno en el que los liberales podrían aprender de los populistas es el de la retórica del respeto por uno mismo. Si bien las referencias a la soberanía nacional pueden ser interesadas, el blindaje de líderes corruptos frente a las críticas por abusos contra los derechos humanos y la imposición de límites a la libertad de prensa hace que los votantes los perciban como personas que se niegan a recibir órdenes de nadie y que no ceden frente a las modas sociales impersonales.

Viktor Orbán, por ejemplo, cultiva el mito de la Europa central como una región capaz de rejuvenecer la política europea y que puede abrirse camino por ella sola sin necesidad de esperar las instrucciones de Bruselas. El contenido de esta retórica es reaccionario, pero el formato tiene mucho potencial.

En última instancia, el mejor plan de acción para los liberales es el de mantenerse fieles a sus valores fundamentales, como el de la libertad. La defensa de la libertad implica el rechazo de la ultraderecha, pero también de la ultraizquierda.

Es cierto que los liberales deberían tomarse el asunto de la igualdad con más seriedad que en el pasado. Pero también deberían decir abiertamente que imponer la justicia social mientras al mismo tiempo se restringe la libertad de expresión es inaceptable (incluso aunque sea iniciativa de jóvenes progresistas bienintencionados).

Los partidos liberales deberían recordar constantemente que el respeto al prójimo es una virtud, pero que todos tenemos derecho a la libertad de expresión, tanto si somos respetuosos como si no.

*** Zsolt Enyedi es profesor del departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Centroeuropea (CEU) y es investigador sénior del Democracy Institute de la CEU. También ha sido ponente del Foro de Budapest de este año.

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