Mario Camus, cineasta.

Mario Camus, cineasta.

LA TRIBUNA

El último tren de Mario Camus

El mejor cine de Mario Camus, que ha tomado su último tren, fue un cine profundamente humanista y con obras fundamentales de la filmografía española como Los santos inocentes.

19 septiembre, 2021 18:50

“Espero tranquilo el día de la despedida. Ya te avisaré”. Mario Camus me dijo estas palabras al final de una larga conversación que mantuvimos ante un abundante público durante un curso complutense que le dediqué, hace tres años, en San Lorenzo del Escorial. Pero no me avisó, claro. O sí: nuestras conversaciones telefónicas recientes indicaban, en cierto modo, que se iba alejando de la vida.

Cálido, cercano (salvo con los pelmas y los inoportunos), apasionado de la conversación, excelente contador oral de historias y anécdotas (como lo fue de películas y relatos), Camus, parafraseando a Umbral, se convirtió en un “ser de lejanías”, salvo para los amigos, cuando regresó, hace muchos años, a vivir a Cantabria (a Ruiloba, a Santander), en lo que fue, sin embargo, un acercamiento y un reencuentro con su esposa, Concha Bergareche, y con su tierra natal, con ese norte que llevaba inscrito en su austeridad, en su elegancia natural y en su melancolía.

Camus era muy aprensivo, pese (digamos) a su altura, a su constitución atlética, a su afición a los deportes (baloncesto y ciclismo, sobre todo), a ese aire largamente juvenil que le daban sus irrenunciables vaqueros y sus dotes de seductor.

En 1984, fui a hacerle una extensa entrevista a su casa de Chamartín semanas antes de la participación de Los santos inocentes en Cannes. Enterado de que yo, como crítico de Diario 16, iba a viajar en tren al festival debido a mi insuperable aversión a volar, se apuntó de inmediato a acompañarme: su fobia al avión era, al parecer, superior a la mía.

Le advertí: el viaje es agradable, desde luego, pero también pesado. Era preciso tomar tres trenes, hacer dos transbordos e invertir unas 22 horas. Un disparate. El vuelo Madrid-Niza duraba menos de dos horas… ¡Ni hablar, el tren!

Trayecto nocturno Madrid-Barcelona en coche-cama, cenando, fumando, bebiendo y charlando magníficamente en el vagón-restaurante antes de dormir. Talgo Barcelona-Ginebra, comiendo en bandeja en el propio asiento y disfrutando de La Camarga y sus caballos. Transbordo en Nimes (con vistas a su coliseo) para tomar un expreso a Ventimiglia (Italia), con recorrido por la Provenza y la Costa Azul y parada en Cannes. Perfecto.

Su cine fue un cine pausado, que tantas veces se demoraba en el paisaje y en las personas para, desde el exterior, poder ahondar en el interior

El tren depara un larguísimo trávelin lateral sobre la tierra y la gente. El tren es el medio de transporte más cinematográfico que existe, por eso hay tantas películas que transcurren en los trenes. Es el que mejor recoge y solventa, metafóricamente si se quiere, las características del cine y del relato cinematográfico: el movimiento; la relación entre el espacio y el tiempo; el amplio recorrido, con posibles incidencias y transformaciones, hacia un desenlace, hacia un destino; la potenciación de la mirada hacia el mundo del viajero-espectador; cierta forma de lentitud si se compara con el vuelo vertiginoso del avión…

El cine de Mario Camus fue un cine pausado, que tantas veces se demoraba en el paisaje y en las personas para, desde el exterior, poder ahondar en el interior, en el alma de sus personajes que, con tanta frecuencia, eran perdedores, derrotados (o en trance de serlo), aspirantes al fracaso definitivo y al dolor continuado, siempre portadores de una dignidad básica correspondiente con lo mejor de lo humano.

Esa dignidad era la que tenían las películas de Camus en su intención y en su resultado, fundadas como estaban en una mirada humanista que trataba de mostrar, comprender y compadecer a hombres y mujeres en su esfuerzo por sobrevivir a la adversidad y al sufrimiento.

Su cine (su mejor cine) fue un cine humanista, sí, siempre contextualizado socialmente, y recuerdo otro viaje en tren con él -más corto- en el que así lo reconoció y en el que estuvimos repasando y construyendo una filmografía ideal de las grandes películas y directores humanistas del periodo clásico, su favorito: Ford, Lean, Wyler, De Sica, Renoir, Ozu, Kurosawa, Kazan, Rossellini, Mankiewicz… Camus se lamentaba, incluso respirando por sus propias cicatrices, que cada vez fuera más difícil hacer y que, por consiguiente, se hicieran menos buenas películas sobre las personas y sobre las relaciones personales.

Camus, gran lector y escritor él mismo de sus guiones y de hermosos cuentos realistas con un toque especial —busquen su libro 29 relatos (Valnera, 2010)—, ha quedado etiquetado, por sus muchas y excelentes adaptaciones de textos literarios (Galdós, Barea, Cela, Delibes, Mendoza, Lorca, Calderón, Aldecoa, Sueiro…), como un cineasta literario, y no vamos a decir que no lo fuera.

Pero Camus, que amaba todos los oficios cinematográficos y a quienes en sus equipos los desempeñaban con mimo de artesanos, amaba por encima de todo a los actores. ¿Por qué? Pues porque, entre otras razones obvias y previsibles, buscaba en ellos la mirada. El cineasta mira, pero las películas nos miran desde el rostro de los actores, y esa mirada de los actores -tanto o más que sus palabras y acciones- es esencial para comprender a sus personajes y para comprendernos a nosotros mismos.

Si el lector de estas líneas refrescó en la noche del sábado en La1 Los santos inocentes, estará de acuerdo en que esa magistral película está contada desde los rostros y las miradas de los actores, de los personajes: la mirada sumisa y doliente de Paco El Bajo; la mirada alegre o triste, de infeliz, de Azarías; la mirada prepotente del señorito Iván; la mirada altanera de la señora condesa; la mirada obediente, pero con un punto de rebeldía de Régula; la mirada inclemente y, a la vez, herida del administrador… 

La mirada es una de las esencias del cine. El cine es un espejo: miramos la pantalla, nos miramos en la pantalla y desde la pantalla nos miran. Y las mejores películas de Mario Camus fueron un espejo de los españoles y de la sociedad española de distintos estratos y épocas: Los farsantes (1963), Con el viento solano (1967), Los días del pasado (1978), La colmena (1982), Los santos inocentes (1984), La casa de Bernarda Alba (1987), Después del sueño (1992), Sombras en una batalla (1992), El color de las nubes (1997) y El prado de las estrellas (2007). Ésas son, para mi gusto, sus diez mejores películas dentro de una filmografía (series televisivas aparte) de veintinueve títulos que se extendió durante más de cuarenta años.

Todos sabemos que nos espera nuestro último tren, y Mario Camus ha tomado el suyo

El espejo del cine… Uno de los más bonitos cuentos de Mario Camus, Territorios desconocidos —publicado en su libro Quedaron esas cosas (Valnera, 2015)— se basa, como otros suyos, en una experiencia personal. Un director de televisión rueda un documental sobre la vida cotidiana en un convento de monjas de clausura. Trabajando en el montaje final, la superiora del convento pide ver todo el material para dar su visto bueno. Tras pedir permiso al mismísimo Vaticano, se presenta en una salita de proyección preparada al efecto en compañía de otra monja, sor Belén. Al terminar el pase, la superiora apenas pone objeciones. Todo bien. Pero el director ha visto que sor Belén lloraba durante la proyección. Intrigado, se acerca a ella y le pregunta con delicadeza por el motivo de sus lágrimas. La monja balbucea: “Es que…me he encontrado conmigo…, me he visto mayor…, casi no me reconocía…, perdone…”.

Y es que sor Belén había entrado en la clausura con catorce años y, en los siguientes treinta años transcurridos, jamás había vuelto a ver su rostro. En el convento no había espejos. La película fue su espejo.

Algunos cuentos de Camus, como sucede con otros autores, van encabezados por citas de sus escritores predilectos y también de amigos, como fue el caso del poeta Claudio Rodríguez. Hay citas de Stevenson, Neruda, Dickinson…También de Jorge Luis Borges.

Sombras en una batalla, una de las dos películas que dedicó a reflexionar sobre el espanto de la violencia terrorista y de ETA —la otra fue La playa de los galgos (2002)—, se cierra con una cita impresa en la pantalla de J. L. B. (Borges), una cita con muchas esquinas y mucha miga. Da que pensar: “Yo no hablo de venganza ni de perdones; el olvido es la única venganza y el único perdón”.

A Luis García Berlanga le gustó mucho Los santos inocentes, pero erró de pleno en su pronóstico: le dijo a Camus que sería un fracaso. Miguel Delibes, autor de la novela y luego amigo personal, le dedicó una vez un libro con esta dedicatoria: “A Mario, que triunfó y me triunfó”.

Los santos inocentes triunfó clamorosamente en aquel Festival de Cannes de 1984, tanto en el pase matutino de prensa como en la gala nocturna para invitados. Todos esperábamos un premio muy importante. Pero fue el año de Wim Wenders y de Paris, Texas. El actor británico Dirk Bogarde, presidente del Jurado (en el que también estaba el escritor y guionista español Jorge Semprún) se entusiasmó con la interpretación de Alfredo Landa, y el premio de interpretación masculina se amplió a Paco Rabal.

Fueron horas rocambolescas, pues los premiados fueron avisados para que regresaran a Cannes y era obligado preservar el secreto, pues los galardones no debían conocerse hasta su proclamación y entrega en directo en la gala de clausura. Diego Galán contó muy bien aquellas horas divertidas, tensas y azarosas, que contemplaron a Alfredo Landa llegando a Cannes disfrazado y, más tarde, escondido en un armario de la habitación de Pilar Miró, entonces directora general de Cinematografía, ante la irrupción de un periodista indiscreto.

Todo lo narró Galán en su biografía Pilar Miró. Nadie me enseñó a vivir (Plaza y Janés, 2006). Allí reprodujo también unas preciosas declaraciones a la prensa de Mario Camus en aquellos días: “El cine es como el amor. El amor es como un pájaro. Si lo aprietas mucho, se ahoga. Si abres demasiado las manos, se te escapa”.

Camus contó más tarde una anécdota que le sucedió en París semanas después del festival. Coincidió en la sala de un restaurante con Dirk Bogarde, sentado en compañía en una mesa alejada. Tímido y educado, Camus no se atrevió a molestarle, pero le envió una nota en la que le daba las gracias por el premio a Los santos inocentes y firmaba con su nombre. Bogarde la leyó y, desde la distancia, le hizo un saludo con una inclinación de cabeza. Un rato más tarde, Bogarde y sus acompañantes abandonaron el restaurante sin que el actor mirara ni dirigiera la palabra a Camus. Pero un camarero le hizo llegar al director una nota de parte del actor. De sólo dos palabras: “Milana bonita”.

Todos sabemos que nos espera nuestro último tren. Mario Camus ha tomado el suyo. ¡Buen viaje, amigo! 

*** Manuel Hidalgo es escritor y periodista.

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