Vista aérea del distrito barcelonés del Ensanche.

Vista aérea del distrito barcelonés del Ensanche.

LA TRIBUNA

¡Apartad vuestras sucias manos del Ensanche!

El autor reivindica, por su carácter visionario, el valor urbanístico y arquitectónico del plan de Ildefons Cerdà para Barcelona.

26 marzo, 2021 03:01

Barcelona se labró el estatuto de moderna capital del Mediterráneo durante mucho tiempo. Pero fueron los Juegos Olímpicos de 1992 los que le granjearon su indiscutible reconocimiento mundial. Barcelona aguantó bastante tiempo en la cumbre y llegó a ser el destino urbano más solicitado del mundo, según la revista Newsweek.

Pero luego, empezó su declive. Primero, minada por las hordas turísticas. Luego, precipitándose decididamente por la pendiente de su destrucción.

A Barcelona la están devastando en cuerpo y en alma. La destrucción que noche tras noche se ha perpetrado en las calles del casco histórico y el Ensanche a raíz de las protestas por el encarcelamiento del rapero Pablo Hásel poco tiene que ver con la defensa de la libertad de expresión y sólo podría entenderla el biólogo marino que explicara el oscuro designio por el que se suicidan las ballenas.

Lo del 92 fue algo más que un evento brillante. Fue una cima y también un punto de inflexión. La expresión madura de una sociedad civilizada que regalaba libros y rosas en las calles antes de que las relaciones humanas se envilecieran en el lodazal de las redes y las identidades patrias se amasaran sobre delirios de estafadores.

El 92 fue el último momento en que pudimos soñar con la sustitución de una dictadura centralizada por una democracia participativa y solidaria, estructurada por el principio categórico de la convivencia y apuntalada por la razón y la eficacia.

El 92 fue el último momento en el que colaboraron las administraciones, en el que se orillaron recelos competenciales y en el que se amilanaron los burócratas al paso decidido de los grandes gestores, ingenieros, arquitectos, planificadores urbanos y políticos, galvanizados todos ellos alrededor de una idea que reivindicaba un mundo que estaba mucho más allá de Barcelona, de Cataluña e incluso de la misma España.

En el mercadillo urbano planetario, las urbes se afanan más por mostrar los iconos del escaparate

En aquel momento, en el 92, todo un universo ligado a un concepto mediterráneo y meridional de la vida exhibió su modernidad jubilosa frente al monopolio de un Occidente septentrional y anglosajón.

Pero hace tiempo que todo aquello se acabó. Y a la extinguida llama del pebetero siguió la del cóctel molotov y la inflamación nacionalista.

Hoy, las ciudades compiten histéricamente entre sí como si fueran empresas. En el mercadillo urbano planetario, las urbes se afanan más por mostrar los iconos del escaparate, con su nitidez comunicativa, que la complejidad siempre conflictiva de la trastienda.

El gran icono de Barcelona no estaba siquiera en las agujas de la Sagrada Familia. Estaba sobre el plano. En el solar patrio. En la magia urbanística del Ensanche de Ildefons Cerdà sobre el campo abierto, tras la demolición de las murallas.

Si la historia del urbanismo tuviera su Stefan Zweig, este habría incluido el Ensanche, sin duda alguna, entre los momentos estelares de la humanidad.

En todo el mundo se estaban haciendo en aquel momento ensayos para convertir en ciudad el torrente desbordado de la demografía apocalíptica generada por la revolución industrial. La construcción de la ciudad moderna demoliberal perturbó los cimientos de Occidente con la misma sacudida con la que un mundo teocrático dio paso a otro humanista en la Europa de los siglos XIV y XV.

Pero en todos los diseños de las nuevas ciudades, aun cuando respondieran a las características de las nuevas estructuras sociales, subsistían resabios del formalismo clasicista del Antiguo Régimen.

Los principios higienistas de Cerdà podrían ser los mismos de Le Corbusier, medio siglo después

Cerdá operó al revés. Y la trama en cuadrícula infinita (con sus estrictas medidas, su original disposición de circulaciones rodadas y peatonales, o el toque maestro de los encuentros achaflanados) fue una concepción formal que nació, no de un prejuicio estético, sino de la cuidadosa observación de las necesidades del ciudadano. De su modo de vida, de su salubridad y de su educación. Del ocio, del trabajo y de las nuevas formas de comunicación con vehículos mecánicos.

¡Cuántas cosas que hoy forman parte del discurso de la sostenibilidad, agostado en su uso y abuso, estaban ya en el ideario de Cerdá! Y todo ello, no sólo como respuesta a la epidemia de cólera y fiebre amarilla que asoló Barcelona pocos años antes, sino también como una agudísima intuición de un mundo que inexorablemente iba a ser ya distinto.

Los principios higienistas de Cerdà podrían ser los mismos de Le Corbusier, medio siglo después. Pero si en este encontraron a un demiurgo tan genial como ególatra, en Cerdà hallaron la grandeza de un sensato hombre de la calle.

Un catalán con seny cuyo proyecto, miren por dónde, fue impuesto por el Gobierno central de O’Donnell frente al más timorato y clasicista de Antoni Rovira i Trías, ganador del concurso municipal. Algo que le granjeó las críticas feroces del catalanismo de barretina.

El Ensanche de Cerdà sigue ahí, siglo y medio después. Siempre el mismo y siempre distinto, como una forma racional y versátil de pensar el territorio en red, avant la lettre, absorbiendo núcleos que aún mantienen vida propia (Sant Gervasi, Les Corts, Gracia, Sant Andreu) frente a otras capitales que imponen su implacable retórica radioconcéntrica.

Ya sabemos que no se respetaron los postulados originales de Cerdà en cuanto a volúmenes y densidades porque la ciudad es, en su misma construcción, una fabulosa máquina de generación de plusvalor. Algo a lo que el ilimitado Ensanche era especialmente proclive.

No se pudo evitar tampoco que especuladores de toda laya pusieran sus sucias manos sobre esta genialidad urbanística. Como hoy no se puede (o no se quiere) evitar que las pongan los marginados más ricos de Europa.

Esos a los que la simple percepción del abolengo urbano de su ciudad inflama, para oprobio de la cultura europea, el mismo ardor destructivo que el de los talibanes que destruyeron los Budas de Bāmiyān.

*** Salvador Moreno Peralta es arquitecto.

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