Protesta en Kosovo.

Protesta en Kosovo. EFE

LA TRIBUNA

Las lecciones olvidadas de Sarajevo

El autor recuerda las lecciones que deberíamos haber aprendido tras una guerra de los Balcanes cuyos errores corremos peligro de repetir. 

22 enero, 2021 01:28

Este año se cumplirán tres décadas del comienzo de último gran conflicto europeo: las guerras yugoslavas. Uno de los episodios más oscuros de la historia de Europa y también del mundo. Un enfrentamiento bélico que hizo recordar sobre nuestro suelo lo peor de la humanidad: la barbarie y el dolor injustificados, y el sacrificio de las libertades, condenadas a muerte, junto a tantos hombres, bajo el fuego fratricida.

El bombardeo de Belgrado o el sitio de la ciudad de Sarajevo son iconos (olvidados) de una guerra que nadie creía posible y que, tristemente, fue. Las razones son conocidas: la exacerbación de las tensiones nacionalistas, la callada pasividad ante la discriminación legalizada y el desentendimiento consciente frente a los riesgos del populismo institucionalizado.

El nombre de Sarajevo resultará seguramente desconocido para las generaciones más jóvenes. Para aquellos que, nacidos a partir del nuevo milenio, ignoren en parte o por completo los párrafos de sangre y barro con los que se ha escrito la historia universal, y quizá con mayor especificidad la de nuestro continente: desde Atenas hasta Westfalia, desde Verdún hasta Srebrenica.

Esta amnesia, provocada por la desidia de los poderes públicos y la irresponsabilidad del cuerpo ciudadano, esconde un peligro tópico en el transcurrir histórico: la repetición de los acontecimientos trágicos, con el correlativo retroceso en los hitos sociales, económicos o políticos obtenidos.

¿Cómo puede ser aceptable que, tantas décadas después, la libertad de expresión se estime como un bien prescindible o que la independencia del Poder Judicial sea amenazada sin el menor disimulo?

Tras estas actitudes, de enorme gravedad y notable insensatez, se localizan los intereses de algunos grupos siempre dispuestos a la persecución de la democracia y la libertad.

La destrucción florece en las raíces de la indiferencia

Pero también una inmensa y colectiva autoexclusión respecto de los compromisos públicos que definen el estatuto civil de la ciudadanía. El fin de las conquistas no tiene tanto que ver con quienes las detestan y procuran su caída, sino con quienes no hacen nada por defenderlas. La destrucción florece en las raíces de la indiferencia.

Quizá sea a causa del coronavirus SARS-CoV-2, que tanto ha conmocionado al mundo occidental (tan autocomplaciente y seguro de sí mismo). O quizá por la evolución de los tiempos y la incomprensión de la complejidad cada vez más acelerada de los hechos históricos. Pero la democracia liberal de nuestro siglo aterriza de forma turbulenta en 2021 y la nueva década.

Y lo hace con un acontecimiento, tan insólito como repleto de significado. El asalto insurrecto al Capitolio de los Estados Unidos por una turba de individuos simpatizantes del presidente Donald Trump.

Los hechos podrían escenificar la pesadilla de Alexis de Tocqueville (que ya advirtió en su obra La democracia en América de los peligros inherentes a la consolidación de los sistemas liberales) y encajan en la extravagancia de la que hizo costumbre y tradición el trumpismo.

Los hechos son graves no porque sean una metáfora del colapso al que camina la democracia como opción política frente al autoritarismo consustancial a las tendencias irracionales del ser, sino porque ocurren como un fogonazo. Como una pequeña explosión que rompe con la extraordinaria anormalidad en la que vivimos instalados desde hace algún tiempo y que, no obstante, hemos asimilado con naturalidad.

Con tanta naturalidad, de hecho, que lo más irrazonable o atroz, como el asalto violento al Poder Legislativo de una de las democracias más viejas del mundo, nos parece algo raro, pero posible. Tan posible que ha ocurrido, sin apenas darnos cuenta de cómo.

El populismo ha encontrado su nicho en determinados núcleos de izquierda y en la escisión de la derecha tradicional

La lectura de lo sucedido hace unos días en Washington no puede interpretarse, sin embargo, como un hecho aislado de lo que está pasando a lo largo y ancho de la geografía occidental.

Junto al fenómeno de Donald Trump en los Estados Unidos encontramos otros ejemplos de la tensión permanente en la que vive el sistema liberal. El éxito de los euroescépticos en Reino Unido con el ya encaminado brexit, el auge de los movimientos ultras en los estados de Europa Central y del Este, la fuerza popular del Frente Nacional en Francia o, también en este país vecino, el surgimiento del movimiento (inicialmente amable) de los chalecos amarillos.

Ejemplos todos del populismo, de corte nacionalista o transversal según los casos, que en España ha encontrado su nicho en determinados núcleos de izquierda y también en la escisión partidista de la derecha tradicional.

Demasiados ejemplos, los expuestos, de la incertidumbre que marca el escenario político y del gran reto que habrá de superar el sistema liberal si, como ha ocurrido hasta ahora, quiere continuar ofreciendo una alternativa coherente, eficaz y libre frente a otros modelos. Como los que simbolizan la China de Xi Jinping o la Rusia soberana de Vladímir Putin.

Lo esperable en las próximas semanas es, por desgracia, que el torrente de la realidad recupere su cauce y la normal anormalidad que delimita nuestro presente prosiga su recorrido, en silencio, de forma ciega a los problemas descritos, con esa aterradora quietud con la que el ciego camina inmisericorde hacia el precipicio.

Porque el gran interrogante que debemos responder no es el de cómo saldremos de esta encrucijada (hemos desistido del análisis crítico que impone la contemporaneidad: la transformación radical de la economía, la desafección de los electores respecto a la clase dirigente o el desconocimiento de las nuevas identidades globales) sino el cuándo.

Y la respuesta se aproxima como su propio contenido: con celeridad y prontitud. Si algo hemos comprobado este último año es, sin duda, la rápida transición que hoy vertebra cualquier narración histórica.

Las soluciones arrancan de la reivindicación de lo sustancial y sagrado de nuestras democracias

Frente a un relato que inexorablemente ha de ser severo con nuestra actitud ante a los desafíos que marcan el tiempo democrático, sí podemos, sin embargo, construir soluciones.

Soluciones que arrancan, no del descubrimiento de nuevos ideales, sino de la reivindicación de lo sustancial y sagrado de nuestras democracias.

Es decir, de la comprensión de la fragilidad de los derechos y las libertades. De lo sencillo que resulta hacer desaparecer décadas de esfuerzo colectivo. De la conciencia grupal del valor activo de la defensa cívica y militante de la pluralidad y el respeto

Todo eso nos puede (nos debe) convertir en una sociedad mejor. En esa sociedad democrática, liberal y responsable que tantos años ha costado convertir en nuestro sistema predeterminado de convivencia.

En una sociedad que, como Ulises, sea capaz de advertir las aciagas trampas a las que llaman los cantos de las sirenas del nacionalismo o el populismo, sólo conducentes a una realidad peor, disgregada, estrábica y en la que los hombres se encierran en sí mismos, temerosos de lo extraño, temerosos del otro: el retorno hegeliano constante a la caverna platónica.

No. Frente a esa posibilidad, frente a la masa de Washington o las pueriles reclamaciones identitarias (olvidadizas siempre de su florecimiento en un espacio común) hay una alternativa. La nuestra, la que somos. Lo que somos.

De la tragedia olvidada de Sarajevo ya nadie recuerda nada. La muerte, el silencio o el cielo gris de aquellos días dejaron de significar porque la memoria se hizo olvido. Irresponsabilidad completa e imperdonable para quienes, como los europeos, debemos ser conscientes del peso de la historia en la arquitectura del presente.

Lo que parecía cotidiano, anodino y ordinario de repente dejo de ser. Y fue posible porque la paz, la democracia, la tolerancia o el pluralismo se dieron por supuestos. Supuestos pilares inquebrantables que, sin embargo, oscurecieron bajo esa gris anormalidad normal que siempre es la derrota de la libertad.

La que ocurre, sin excepción, sin que nos demos cuenta, imperceptible bajo la atmósfera fatal de un silencio que teme tomar conciencia de lo necesario que es a veces callar el ruido.

*** Álvaro Perea González es letrado de la Administración de Justicia.

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