Quim Torra, durante la segunda jornada del Debate de Política General

Quim Torra, durante la segunda jornada del Debate de Política General Efe

EL PASEÍLLO

Que alguien salve a Torra

Los políticos catalanes han hipotecado para siempre la primera semana de octubre, uno de mis momentos favoritos del año. El procés es un pozo de frustraciones y a mí me ha tocado difuminar esta época deliciosa: olvidarme de contemplar la ilusión de la gente, que mantiene la inercia del inicio de curso, o mal aprovechar el enfriamiento del verano como una vitrocerámica apagada por culpa de la tensión informativa lanzada desde Cataluña. Este zumbido de notificaciones –últimas horas– es inaguantable. El acúfeno del ciudadano español.

Personalmente, estoy bastante harto, no sólo por cómo me han arruinado el mes: cada vez que el nacionalismo está a punto de conseguir algo verdaderamente rompedor, frena. Las polémicas entre los partidos nacionalistas sirven para sortear otra vez los campos cuando ya tenían a los lemmings al borde del precipicio, a las puertas del Parlament. Las pegatinas amarillas de los CDR en la casa de todos los catalanes marcan la altura máxima que han alcanzado las aguas del nacionalismo y lo anchos que están quedando los lugares comunes en Madrid.

La sonrisa de Torra es la de un hombre consciente de su perfil histórico. La imagen de Efe lo ha sorprendido masturbándose, feliz, aparentemente, de ser el primer hombre de un país en potencia. La realidad es diferente. Torra corre detenido. Sostiene el testigo de esta carrera idiota eternizando cada paso, soltando amenazas, avanzando lentamente con las cartas bocarriba. No tiene a nadie delante. En la meta lo esperan, además de la hemeroteca, decenas de miles de catalanes convencidos. Pocas cosas habrá más patéticas que esta situación.

El procés produce una pereza adolescente, incluso a Torra, desesperado por obtener atención del Gobierno. El 155 de Rajoy le dio una excusa para crear más tensión; el diálogo propuesto por Sánchez lo ha desnudado. Hasta la hoja de ruta del separatismo está mal diseñada porque se acumulan las efemérides y no da tiempo a reposar nada. La agitación, sostenida, aburre. Habría que liberar al pobre Torra de esta responsabilidad: igual está mandando mensajes cifrados para que alguien se interponga entre él y su destino.

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