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. M.A.PUSHPA KUMARA Agencia EFE

LA TRIBUNA

Marx, maestro de sospechas... y de equívocos

Con ocasión del bicentenario del nacimiento de Marx, que se cumple mañana, el autor repasa los aciertos y errores de la obra del pensador alemán.

Al cumplirse ahora los doscientos años del nacimiento de Carlos Marx, hay que reconocer que resulta difícil encontrar otro pensador con mayor influencia en el curso de la historia contemporánea, y dado que su guía ha resultado no ser incontestablemente benéfica, pues, con mayor o menor rigor, se le pueden atribuir algunos desastres incontestables, hay que preguntarse por las razones de una autoridad tan vasta y duradera.

La apuesta por la violencia revolucionaria está inscrita en los genes del marxismo y deriva de su álgebra hegeliana, de esa legitimación de la violencia que está implícita en el progreso histórico tal como el filósofo alemán lo interpretó leyendo de manera muy peculiar la idea cristiana de redención: “La guerra, dice Hegel, no es un accidente”, sino un elemento “por el cual recibe el carácter ideal de lo particular su derecho y realidad”, una afirmación muy imprudente y arriscada de la que Etienne Gilson escribió que “se trata de ideas real y verdaderamente asesinas; aún no se ha vertido toda la sangre de que son responsables”, y de ahí la rebelde belicosidad de cualquier marxismo.

Sin embargo, a diferencia de Hegel, cuya interpretación es siempre difícil (el malvado Schopenhauer dijo que Hegel ponía las palabras y el lector tenía que poner las ideas), el marxismo ha dado lugar a un libreto muy intuitivo y fácil de entender, demasiado fácil, en realidad, muy a pesar de que algunos de sus textos sigan siendo germánicamente espesos.

Sobre cuáles sean en realidad las ideas básicas de Marx se han escrito como es obvio, centenares de miles de páginas, de manera que arriesgarse a expresarlas en apenas unas líneas supone un cierto atrevimiento, pero, para justificarlo, cabe suponer que las ideas de Marx jamás habrían tenido ninguna especie de influencia de ser básicamente enrevesadas, de forma que, por muy académica que quiera ser una lectura de Marx, no se pueden perder de vista ciertas ideas muy intuitivas y seductoras que están a la base de su crítica económica y política.

Su profecía de la llegada de un sistema económico y social insostenible ha sido desmentida por los hechos

Independientemente de su articulación conceptual en la obra marxiana, es evidente que su apoyo más sólido se halla en la idea de plusvalía, en la convicción de que el capitalista arrebata al trabajador el valor de su producción. Marx seguía de cerca las ideas de los economistas clásicos, pero también se deja llevar por la inspiración que, en 1840, llevó a Proudhon a proclamar que “la propiedad es un robo”. De este fundamento tan intuitivo y de apariencia muy plausible saca Marx toda su energía intelectual para llevar a cabo la crítica de la economía capitalista.

El historicismo de Marx, su convicción de que el hombre modifica la naturaleza y se edifica a sí mismo, le llevó a pensar que esa apropiación del valor ajeno supondría a la larga, además de una ruina espiritual, la creación de un sistema económico y social insostenible, una profecía largamente desmentida por los hechos y fundada en una lógica bastante defectuosa, pero que, interpretada en términos de un análisis materialista, era necesaria para dejar de utilizar conceptos tomados de la sensiblería moral y atreverse a profetizar un futuro cuya inevitabilidad estaba garantizada por su nueva ciencia, por el socialismo científico.

Marx señala que el conjunto de operaciones de legitimación que se han de llevar a cabo para desenmascarar el escamoteo sistemático de la plusvalía tiene que asentarse en una ideología, en un contexto de falsas explicaciones que tratan de ocultar la “explotación del hombre, por el hombre”, aquello que debiera desaparecer en la sociedad sin clases, en el paraíso comunista, aunque no se molestó ni poco ni mucho en explicar cómo podría funcionar cualquier economía en una situación bastante más utópica y ucrónica que pretendidamente científica. Y, de la misma manera que sus descripciones del capitalismo son bifrontes -pues reconoce su carácter revolucionario y sus aciertos, pero apuesta por su definitivo fracaso-, también es de algún modo ambigua su valoración de la religión, que es “el opio del pueblo”, pero también, y a renglón seguido, “el corazón de un mundo sin corazón”.

Seguramente el elemento sobre el que Marx nunca acertó a cuestionarse fue su idea de la historia, esa confianza en un cierto determinismo, inspirado, sin duda, en una visión mecanicista y laplaciana de la Física moderna. Marx fue aquí esclavo de su época, y sostuvo una idea acerca del futuro que hoy se nos antoja particularmente implausible. Si, como dice Oakeshott, sabemos tan poco acerca del futuro “como de la moda de los sombreros o del diseño de automóviles dentro de veinte años”, hoy nos sentimos suficientemente vacunados frente a las profecías que fueron tan comunes en el siglo XIX.

La perdurabilidad del marxismo no está en sus recetas, sino en el carácter moralizante de sus ingredientes 

El comunismo, pues, ha sido siempre mucho más improbable de lo que Marx imaginaba, y nunca se ha producido conforme a los principios que para él lo hacían inevitable, lo que, paradójicamente, ha hecho que muchos marxistas hayan querido permanecer inmunes a la crítica derivada de los hechos, para volver a enarbolar el análisis marxista, como si nada capaz de refutarlo hubiese sucedido jamás, con solo hacerlo esta vez correctamente.

La razón de esta perdurabilidad del marxismo no está, por tanto, en sus recetas, sino en el carácter emotivo y moralizante de sus ingredientes básicos. Para un marxista de corazón, la “lucha de clases” no ha concluido ni concluirá jamás, y siempre se puede reanudar con una mezcla adecuada de nuevas clases ofendidas (las mujeres o los no occidentales, por ejemplo) y distintas hipótesis ad hoc, pues, al fin y al cabo, la ciencia no es hoy en día tan piramidal y dogmática como la imaginó el positivismo del pasado.

En las diversas relecturas e interpretaciones que se han hecho del marxismo, nuestro pensador se ha erigido como uno de los tres grandes maestros de la sospecha, junto a Darwin y Freud, como una de esas lecturas que permiten a los espíritus exigentes distanciarse de las insolencias sociales de su preferencia, poner en solfa los que se han estimado fundamentos de la sociabilidad, de la ética y de la economía.

Para cualquier fundamentación del rechazo y el distanciamiento crítico respecto a la marcha de las sociedades contemporáneas, siempre se puede encontrar munición en las páginas de don Carlos, pero tal vez fuera prudente hacerlo teniendo en cuenta que sus teoremas y adivinanzas han sido severamente condenadas por el juez al que él mismo se remitió, por un futuro ya pasado que en nada se parece a lo que imaginaba y que, a su parecer, debiera haber sido, a la vez, benéfico e inevitable. Por el contrario, es desoladoramente cierto que siempre que se ha intentado construir un paraíso inspirado, aunque sea lejanamente, en sus ideas, se ha acabado inaugurando un nuevo campo de concentración.

Parece que Marx pudo declararse no marxista en alguna ocasión comprometida; de lo que no cabe duda es de que ahora no lo sería en absoluto, pues nuestro mundo es rotundamente distinto del que vivió y del que imaginaba, posiblemente, en parte al menos, gracias a sus equivocadas anticipaciones.

*** José Luis González Quirós es profesor de Filosofía de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

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