La coronación de la Selección Española de Fútbol como campeona del mundo por segunda vez ingresa directamente en el podio de los hitos históricos del deporte español.

El logro de la segunda estrella confirma la madurez de una nueva generación de jugadores y el éxito de un modelo que ha devuelto a España a la gloria de la primera potencia futbolística global.

Los primeros compases de este Mundial de Estados Unidos, Canadá y México propiciaron la irrupción de selecciones modestas procedentes de los cinco continentes que presentaron dura batalla a las favoritas.

Pero la criba de las eliminatorias acabó reduciendo el Mundial a una Eurocopa en las semifinales, con la salvedad de Argentina, lo que ha evidenciado de nuevo la hegemonía del fútbol europeo.

Y ha sido precisamente al combinado argentino al que la Selección ha doblegado este domingo en la final en Nueva Jersey. Aunque el encuentro ha sido de lo más reñido, España ha hecho gala de una nítida superioridad sobre el equipo de Lionel Escaloni a lo largo de prácticamente todo el encuentro.

Sólo en el tiempo añadido ha logrado Ferran Torres deshacer el bloqueo de cara a puerta, y llevar al marcador un resultado que, aun habiéndonos dado la victoria por uno a cero, no refleja fielmente el gran nivel demostrado por los jugadores.

El paso de España por el campeonato sólo puede calificarse de impecable. Ha cosechado casi un pleno de victorias y ha encajado un solo gol en ocho partidos, habiendo dejado sus mejores minutos en la antológica victoria sobre Francia.

Y después de batir al subcampeón de la última edición, España se ha medido con igual brillantez a la campeona saliente.

Esta Selección ha vivido una notable evolución respecto a la que levantó el trofeo en Sudáfrica 2010.

El equipo actual ha actualizado aquel modelo del tiquitaca, tornándolo más vertical, veloz y ofensivo. Y ha equilibrado su temible centro del campo con una formidable defensa, que se ha consagrado como la más sólida del torneo.

La labor del seleccionador, Luis de la Fuente, ha sido fundamental a la hora de imprimir una nueva identidad a esta Selección, que es el fruto de un equipo pacientemente modelado por el técnico riojano a lo largo del tiempo.

De la Fuente ha ejercido de arquitecto de una nueva generación a la que ha venido dirigiendo y acompañando desde las categorías inferiores. Y su íntimo conocimiento de la cantera nacional le ha llevado a apostar por nombres inicialmente inesperados, cuyo extraordinario rendimiento en el campo ha terminado por dar la razón a su criterio.

El seleccionador no sólo puede presumir de unos éxitos deportivos sobresalientes, con un palmarés prácticamente perfecto, sino de haber gestionado el factor humano con una ejemplaridad inusual.

De la Fuente ha inculcado en sus jugadores los valores del sacrificio, la profesionalidad y la elegancia. Su respuesta templada ante las provocaciones, recordando que la educación y el respeto son premisas irrenunciables, ha marcado la pauta de comportamiento de todo el grupo.

El triunfo de España representa la victoria del juego coral sobre las individualidades de las estrellas. Y no por no tratarse de un equipo repleto de jugadores talentosos, sino porque su factor diferencial ha descansado en su gran capacidad de asociarse y combinarse antes que en el liderazgo personalista de un Mbappé o un Messi.

En este sentido, la Selección encarna un ejemplo de integración y de armonización virtuosa de las diferencias. La convivencia natural de jugadores de distintas trayectorias y procedencias plurales es la mejor respuesta a quienes aún sostienen una concepción estrecha y excluyente de la nacionalidad.

La Selección Española se ofrece así como una inspiradora metáfora de lo que podría ser nuestro país en la mejor versión de sí mismo: una comunidad diversa pero dispuesta a trabajar en equipo que, unida en torno a un propósito común y movida por una sana pasión patriótica, aún es capaz de alcanzar proezas que asombran al mundo.