La sesión de este jueves de la llamada Comisión de Reconstrucción en el Congreso ha servido para mostrar algo que, conforme pasaban los días, era un secreto a voces: la reconstrucción, o al menos la reconstrucción política, es hoy más quimérica que ayer. Y gran parte del mérito es del vicepresidente Pablo Iglesias, dedicado a torpedearla en fondo y forma.

Es cierto que desde que se acordó su puesta en funcionamiento hubo muchos partidos que la aceptaron a regañadientes, algunos por creerla una añagaza de Pedro Sánchez y otros por sospechar de una comisión que, por ejemplo, da protagonismo al dogmatismo de la ministra de Igualdad y no cuenta con la titular de Industria en un momento dramático, como acabamos de comprobar con el cierre de Nissan en Barcelona.

Demolición

Al margen de las reticencias de muchos al intento de emular los Pactos de la Moncloa, el show que el vicepresidente Iglesias protagonizó ayer en plan perdonavidas evidencia que Podemos es el primer interesado en que no haya reconstrucción. Su apuesta es otra: la demolición. 

El mismo vicepresidente que este jueves acusaba a Vox de querer dar un golpe de Estado, instaba horas antes a que el prófugo Carles Puigdemont participase en la Comisión de forma virtual. Todo un despropósito que, además, supone un aviso a navegantes de a quiénes Pablo Iglesias considera verdaderos demócratas.

Sabotaje

En una democracia las formas son mucho, y en una democracia que afronta la crisis más grave de su historia, aún son más. La actitud de Iglesias provocando el careo con  Espinosa de los Monteros y el poco respeto mostrado por el comunista Enrique Santiago -vicepresidente de la Comisión- en su encontronazo con una diputada de Vox, ponen de manifiesto una dura verdad: los pactos están siendo saboteados por los socios de coalición de Sánchez.

Que nadie se lleve a engaño. Los tics guerracivilistas que empiezan a asomar en la calle tienen su génesis en la clase política, a la que se le encargó la reconstrucción y, de momento, ha optado por la bronca y el retroceso. Tenía razón el presidente de la Comisión, Patxi López, cuando se lamentaba por su propia actitud timorata ante el rumbo que cogía la Comisión. "¿A qué hemos venido?", se preguntó. Que Iglesias le responda.