El último episodio del procés -la destitución en el Gobierno catalán de los consellers Jordi Jané, Meritxell Ruiz y Neus Munté y su relevo por fieles a la causa dispuestos al martirio procesal y patrimonial- parece haber satisfecho por igual a Carles Puigdemont y Mariano Rajoy sin que de su mutua complacencia pueda sacarse nada en claro.

El presidente catalán ha dado por hecho que con esta remodelación el Govern encara la recta final hacia el referéndum de independencia sin pesos muertos: el escenario inmediato exige “plena convicción” de todos los consejeros. La purga le ha servido para reafirmarse en su fanatismo, pisar el acelerador y blindar su cabina de mandos en busca de un choque de trenes con el Estado.

Junqueras, 'president'

Lo de menos para él es la crisis institucional, que la independencia conllevase la expulsión de Cataluña de la UE, la demolición de su propio partido o que ERC presuma de que el presidente de facto de la Generalitat sea Oriol Junqueras. Lo único que le importa es celebrar su referéndum sí o sí.

Al mismo tiempo, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha querido presentar la crisis en el Govern como la prueba evidente de que “en Cataluña triunfa el radicalismo” y de que el proyecto de ruptura empieza a cobrarse víctimas en el bloque independentista. Lo de menos para él es que la deriva de Puigdemont sea una prueba de su determinación -y de la de quienes le acompañan- aunque los tribunales los inhabiliten o embarguen.

Incertidumbres

Mientras tanto, el calendario de los secesionistas sigue su curso. El martes está prevista la firma del decreto para la compra de urnas, a finales de agosto la firma colegiada de la convocatoria del referéndum y, a primeros de septiembre, la tramitación de la ley de transitoriedad. Nadie sabe qué decisiones va a tomar el Gobierno para impedir que esto suceda. Tampoco cuáles van a ser las consecuencias políticas y para la convivencia en Cataluña y España de un pulso que el bloque secesionista sólo puede perder.

Para Carles Puigdemont la laminación de sus consellers discrepantes ha sido la ofrenda que necesitaba el ala más ha exaltada del nacionalismo para seguir huyendo hacia delante. Para Rajoy, la prueba de que desafiar al Estado acaba teniendo consecuencias, de un modo u otro. No es extraño que el presidente catalán pida a los suyos un acto de fe, ahora que nadie en el Govern va a intentar frenarle, y cuando todo el mundo conoce su hoja de ruta. Cosa muy distinta es que Rajoy pida confianza sin aclarar de una vez cómo va a parar el tren que conduce el kamikaze Puigdemont.