La vecina madrileña desahuciada este miércoles, Maricarmen, en una manifestación en protesta de su desalojo.
Maricarmen #EstáEnMiCasa
La coreografía televisada de Maricarmen y sus muñecos es una "PSOEyop" de libro para explotar políticamente el emotivismo.
Un elemental principio de prudencia invitaría, de entrada, a sospechar de la buena fe tras cualquier algarada en la que figuren como concurrentes los infrascriptos habituales y faranduleros de la talla de Carlos Bardem o Juan Diego Botto.
Las izquierdas han salido en tropel a las calles, e hicieron morada frente a la casa de Maricarmen para tratar en vano de impedir el desahucio de la desdichada anciana.
Apadrinó el sainete contra los "fondos buitre" la inefable Ana Belén, que recitó a Maricarmen uno de esos poemas que fulminan fascistas, en una escena que recordaba al episodio macabro de la jota montañesa que le berreó Miguel Ángel Revilla al oído un paciente hospitalizado de aspecto moribundo.
También amenizó la soirée de este miércoles el cantautor Marwan, y por un momento pareció que iba a arrancarse por el himno de verbena "Maricarmen, Maricarmen, tu hijo está en el afterhour".
Lástima que para poner la guinda a este teatro de las vanidades no irrumpiese Greta Thunberg descendiendo en paracaídas de su jet privado.
Sin entrar a valorar cuestiones espinosas de fondo (como las condiciones extraordinariamente ventajosas en las que la anciana ha gozado durante setenta años de una vivienda en uno de los barrios más exclusivos de Madrid), clama al cielo que la última de las revoluciones televisadas consiste en una "PSOEyop" de manual (o psyop del PSOE).
Es decir, una de las habituales operaciones de guerra psicológica con las que el complejo militar-industrial progresista retuerce la realidad, orienta a conveniencia los humores sociales, monopoliza la agenda mediática y excita el emotivismo visceral de tantos españoles tristemente afectados por el Pensamiento Alicia.
Maricarmen es trasladada al Gregorio Marañón.
No es que los trujimanes de Ferraz sean unos genios, pero lo cierto es que el PSOE conserva la memoria de partido único de ambiciones totalitarias. Y aún se demuestra muy ducho en el arte de accionar el dominó del mecanismo de la agitación.
La sagacidad del movimiento estriba en que las polémicas que magnifica artificialmente el oficialismo versan sobre temas que no sólo polarizan entre el bloque de la derecha y el de la izquierda para demonizar la alternancia. Sino que también resultan divisivos dentro del propio electorado de la derecha.
¿Quién iba a ser tan despiadado como para no conmoverse ante el desalojo de su hogar de una entrañable octogenaria enferma?
Y así se instigan también desavenencias intestinas entre los conservadores, con los jonsistas de aluvión reprochándole a los pérfidos libertarios que tanto se precian de ir a misa que se olviden de la Doctrina Social de la Iglesia. El Evangelio según Maricarmen.
He aquí lo perverso de la estratagema: aunque el escándalo sea de naturaleza polémica, se reviste de una incontestabilidad y apela a una especie de sentido común transversal que estigmatiza a quienes adoptan una postura disidente frente a él.
No sería descartable que dentro de poco veamos al Gobierno (quien ya ha cerrado el círculo instrumentalizado oportunamente el episodio) predicando que los negacionistas de Maricarmen no tienen cabida en nuestra sociedad.
El desahucio de Maricarmen va más allá de ideologías.
— La Revuelta (@LaRevuelta_TVE) September 23, 2026
❌Sin vivienda, no hay futuro.#LaRevuelta pic.twitter.com/Hbgd885954
No parece, en cualquier caso, que la mejor forma de reivindicar una causa que, supuestamente, no entiende ni de derechas ni de izquierdas sea la vinculación apresurada y peregrina del desahucio al capítulo del ático de Ayuso por parte de la propia afectada.
Es infalible: tan pronto como escarbamos un poco en las reivindicaciones aparentemente neutrales de las coreografías de la izquierda, nos topamos con una campaña de motivación facciosa.
Resulta que, cuando amainó la tempestad de los indignados, descubrimos que Maricarmen había rechazado en repetidas ocasiones las opciones de realojamiento que le habían ofrecido con infrecuente deferencia aquellos a quienes culpaba de su expulsión.
La izquierda no abandera causas: se procura casus belli contra la derecha. Toda su red de activismo moralizante se reduce a un enjuague civil para la guerra partidista por otros medios.
¿Cómo se explica, si no, que las protestas tras el lanzamiento de la anciana se congregaran frente a la residencia de Ayuso, y no frente al Ministerio de la Vivienda, que lleva ocho años sin aportar la menor solución al problema habitacional?
Causa una franca desazón la inconsciencia con la que los tontos útiles del PSOE se prestan a ejercer como la boca que pronuncia las narrativas del Gobierno contra el que deberían dirigir su rabia.
En Maricarmen y sus muñecos las izquierdas han encontrado la reencarnación del perro Excalibur con que reactivar su grotesca política del simulacro.
Salvando las distancias, este nuevo baile de San Vito progre aspira a hacer de Maricarmen el icono del drama del desahucio del mismo modo que encumbró como símbolo del feminismo a la secuestradora de niños Juana Rivas, mediante aquella lunática ceremonia del consenso aventada por carroñeros como Irene Montero, y que rezaba "#JuanaEstáEnMiCasa".
Es el más claro indicio de que los vientos políticos están mudando: se ha puesto en funcionamiento la consabida panoplia de las mareas, las plataformas de afectados por la hipoteca y la pobreza austericida que dio la bienvenida al gobierno de Rajoy en 2011.
La campaña electoral ha empezado, y Feijóo ya ha podido disfrutar de una pequeña cata de lo que le espera antes siquiera de cruzar el umbral del Palacio de la Moncloa: un terreno político minado por su predecesor y la calle en estado de sublevación permanente.