Rajoy haciendo lo suyo.

Rajoy haciendo lo suyo. EFE.

Columnas Desórdenes

Cuñado Rajoy: la historia de un feliz paleto de barra de bar... ¿o un poeta surrealista incomprendido?

Entre la boutade y la racistada a veces no hay nada, o sólo un carajillo que uno se pidió con el cambio de la máquina y se bebió de un trago, buscando ingenuamente la sonrisa de la grada.

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Rajoy ha dicho que la selección francesa tiene un altísimo nivel, sí, pero que allí franceses no hay, te pongas como te pongas, y ha desatado un zafarrancho internacional. Jajá. Al leerlo negué con la cabeza, sonriendo. Ah, los chavales, me dije. Van como locos. Déjalos que camelen como ellos camelan, me sugirió El Fary a través del tiempo.

Bueno.

El caso es que al final del día este chaval en concreto tiene 71 años y fue presidente del Gobierno de España, pero no se acuerda o no le importa. Es verano hasta que nadie demuestre lo contrario; aguanten el Chivas Regal de 12 años y las playas sin hamacas del norte; resista la chanza manque pierda.

Hay un garabato de coquetería hipertrofiada aquí: hay un chico que quería ser aplaudido e hizo una pirueta rara. Hay un paleto feliz, risueño, medio ingenuo, con el botón de la retranca a punto de estallar.

Es Cuñado Rajoy y amenaza incorregible: hace rato que lleva una barra de metal cosida a la manga derecha de la camisa. No le pesa. Al revés. La barra de bar es su punto de apoyo. Sin ella caerá al vacío. Este es su atril, su extraño atril, y desde aquí se arremanga y suelta sus formidables ocurrencias de paisano venido arriba.

Lo de que en la selección francesa no hay franceses es una boutade que buscaba sonrisas cómplices en la grada pero también es, inevitablemente, una racistada vestida de codazo chanante y libérrimo, campechano. No creo que esté dicha con afán de herir, pero qué más da, el desconocimiento de la ley tampoco exime de su cumplimiento.

La verdad es que todos los jugadores de la selección francesa son franceses, todos, y que de los 26 que hay, 23 nacieron en Francia.

Tampoco sé si esto último es tan importante.

Miren Max Aub. Su padre era alemán, su madre era francesa y él nació en París pero se mudó a Valencia con diez años: se sentía deliciosamente valenciano y acuñó la frase “uno es de donde hace el bachillerato”. Quería decir, claro, que uno es del lugar en el que se hace hombre o mujer, en el que aprende a vivir, en el que se transforma definitivamente y en el que cristaliza su modelo de sociedad, de ciudadanía y de vida.

Yo soy española, profundamente española, porque, como señaló Cánovas, no puedo ser otra cosa. Tampoco sé ser otra cosa ni quiero ser otra cosa.

Entiendo las patrias de red y lazo: la patria de la lengua, la patria de la educación, la patria de la cultura. Ese es el hecho enhebrador, luego está el deseo. El pacto de identidad. Cayetana Álvarez de Toledo dice que fue apátrida hasta los 18 años, argentina hasta los 24, franco-argentina hasta los 32 y desde entonces, técnicamente hispano-franco-argentina, pero ante todo, dice que es española porque ha “elegido serlo”.

¿Le bastará esto a Rajoy? ¿Pensará mal de Cayetana? Cuando los jugadores de la selección francesa eligen defender a su país en una competición mundial, ¿no están vigorizando así su vocación de ser, de seguir siendo, ciudadanos franceses?

Qué sé yo. Todo esto es fruto de la desubicación y del entusiasmo opinativo, que a menudo son lo mismo.

Mariano tiene este julio su columna en El Debate y va como niño con zapatos nuevos. Para qué quiere más. Escribe a veces con frases cortas, como Hemingway pero sin Hemingway, no sé cómo decirte, cortas y ya. Como un grifo que gotea, redundante, en la tarde. Su estilo es el repaso de brocha gorda sin aportaciones, una suerte de monólogo interior tosco, descriptivo, un hacer memoria de los hechos contrastados.

Anímicamente sus textos se encogen de hombros, como él mismo hizo siempre. Qué político de la inacción.

Recuerdo cuando Juan Marsé, poco antes de morir, me dijo en una entrevista que el tancredismo de Rajoy era “netamente franquista”, y que el franquismo era un cadáver que aún apestaba. Wow. Iba fuerte, Juan. Ponía la cara y el cuerpo y el nombre y su nariz torcida de boxeador. A diferencia de Mariano (parecieron siglos tras una pantalla), él sí sabía hablar y sí sabía escribir, que es algo que suele suceder cuando sabes pensar.

A mí Rajoy no me hace tanta gracia como para perdonárselo todo, porque todavía pongo las huevas del respeto en la decencia intelectual, pero sé de su greguería, de su comedia involuntaria.

Sé que cada quince obviedades le brota un lapsus poético, medio surrealista.

“Un vaso es un vaso y un plato es un plato”, aseguró el expresidente después de que Magritte nos hablase de la traición de las imágenes con su “ceci n'est pas une pipe”.

José Luis Cuerda se lo está pasando en grande desde alguna parte. Intuyo que se ríe como siempre se rió de Mariano Rajoy: con asombrada tristeza.

Es posible que Rajoy sea nuestro Chiquito de la Calzada mal, no tan chiquito, que diría él, o “dicho de otra forma, grandecito”. Si pestañeas, te lo pierdes. “Somos sentimientos y tenemos seres humanos”, suelta, y te lo imaginas un poco caminando a saltos de pájaro con las manos en las lumbares, como hacía el genio Gregorio, pero hacia el precipicio institucional. Casi siempre hay una verdad misteriosa tras el agua estancada de sus patochadas.

Mariano llega a la vanguardia de la lengua transitando la torpeza, atravesando la dislexia, reinando en el desastre. Entre la caída y la acrobacia.

Voy más allá. “Es usted ruiz, ruin, mezquino y miserable”. Pero, coño: ¿no es ésta Gloria Fuertes?

Es un rupturista, un brillante esloganero de humores negros, como cuando en otro lapsus verbal dijo “Eta es una gran nación”. Eso no te lo hizo ni Netflix en la promoción de Fe de etarras, con aquella lona gigante de seis pisos colgada en San Sebastián que recogía el cántico futbolero “yo soy español” tachado con una línea roja y que encadenó polémicas.

Mariano nunca se ha rendido, Mariano lo ha problematizado todo filosóficamente. “Una cosa es ser solidario, y otra cosa es serlo a cambio de nada”. Pues está bien. ¿Ser solidario era ser generoso o era quedarse vacío? “Esto no es como el agua que cae del cielo, sin que se sepa exactamente por qué”. Qué fuerte aquel día de 2015 en el que se descojonó del ciclo hidrológico y apeló a los enigmas de la vida en la tierra.

“Hay cosas bonitas, otras no tanto, y no me acuerdo de ninguna”. Eso he dicho yo algún domingo por la mañana acerca de la noche del sábado.

Y la mejor, quizá la mejor: “Vivo en el lío”. Hoy, éste. Mañana la poesía, que es un ovillo, regresará.