Mikel Merino celebra el gol ante Bélgica.

Mikel Merino celebra el gol ante Bélgica. REUTERS

Columnas SIN SOLTAR AMARRAS

El milagro que obra el fútbol en todos nosotros

El fútbol es una especie de milagro colectivo que remueve la conciencia patriótica de quienes dicen que no la tienen. Un espectáculo que provoca el delirio incluso en aquellos que aseguran que el deporte no les interesa.

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Cuando usted lea estas líneas, muy posiblemente estará preparando el visionado de la final del Mundial de fútbol.

Ya habrá decidido con quién verá el partido, qué va a comer y a beber mientras se enfrenta a los 90 minutos que separan de la gloria a dos países. Incluso cómo va a celebrarlo si España se hace con la segunda estrella.

Es posible que se haya comprado una camiseta (a pesar de los precios abusivos de las equipaciones oficiales). O, al menos, una barra de esas para pintarse la cara de rojo y gualda, que es, como decía Alfredo Landa, "el amarillo en plan bandera".

A usted, como a mí, le late un poco más deprisa el corazón cuando piensa en las nueve de la noche del domingo.

Usted, como yo, se va a emocionar cuando suene el himno y la cámara enfoque los rostros asustados de nuestros jugadores.

Porque alguien me contó una vez que, ante partidos como el que se avecina, incluso los futbolistas más avezados sienten algo parecido al miedo.

Y nosotros, usted y yo, nuestras familias, nuestros amigos, también vamos a estar aterrados este domingo cuando comience el partido.

Iker Casillas levanta la Copa del Mundo en 2010.

Iker Casillas levanta la Copa del Mundo en 2010. REUTERS

El fútbol es un misterio. La única cosa capaz de ponernos de acuerdo a todos, aunque sea por unas horas.

Es una especie de milagro colectivo que remueve la conciencia patriótica de quienes dicen que no la tienen. Un espectáculo que provoca el delirio incluso en aquellos que aseguran que el deporte no les interesa.

Sé que auténticos renegados del deporte rey están dispuestos a cantar goles no con la garganta, sino con el alma.

Sé que los indepes no tendrán empacho en agitar la bandera de todos.

Y que gente que no sabe de fútbol y que siente España como una circunstancia va a estallar en llanto si se gana la final (o, mejor dicho, cuando se gane, porque quiero soñar).

Mañana, a partir de las ocho de la tarde, España será un país suspendido en el espacio y en el tiempo. Un país que se prepara para pasar dos horas flotando entre la ilusión de la victoria, el pánico al fracaso y la convicción de compartir un sentimiento con casi cincuenta millones de almas.

Y si se marca un gol (permítanme soñar: cuando se marque un gol), cada uno de nosotros tendrá la certeza de estar sintiendo exactamente lo mismo que miles y miles de personas desconocidas.

Y si suena el pitido final y España ha ganado (vuelvo a soñar: cuando suene el pitido que indique el final del partido que ha ganado España), saldremos a la calle, o a la puerta de casa. Y miraremos a desconocidos que sabemos que están experimentando la misma forma de la alegría que nos invade a cada uno, como un secreto, como un don, como un regalo del mismo destino que nos hace vivir aquí y ahora.

Y en ese preciso momento (que no durará mucho, porque las sensaciones absolutas se desvanecen enseguida) sentiremos que este país late al mismo tiempo y al mismo ritmo y por los mismos motivos. Y que todos lo amamos de la manera inexplicable y desmadrada con la que amamos estos partidos de fútbol.

Que nadie nos quite esto, porque es un privilegio.

Suerte a todos. Y que gane España.