El presidente ruso Vladímir Putin durante la celebración del Día de la Victoria.

El presidente ruso Vladímir Putin durante la celebración del Día de la Victoria. EFE

Columnas BLOC DE NOTES

La gran alianza entre Putin y el islam radical

¿De qué vale el argumento de la Rusia protectora de los "valores cristianos" cuando Putin se alía con lo peor del islamismo?

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Vladímir Putin, campeón frente a un Occidente decadente y en declive, guardián de una cristiandad amenazada y asediada, baluarte erigido contra un islamismo radical a la ofensiva en todas partes.

Tal es, desde hace doce años que comenzó la guerra contra Ucrania, uno de los estribillos favoritos de los ideólogos y tontos útiles del Kremlin.

A estas personas aparentemente no les molestan los Allahu akbar coreados, en los campos de batalla, por los pretorianos chechenos de Ramzán Kadírov, esas tropas de choque del Kremlin cuya reputación de ferocidad he visto forjarse en Bajmut, Soledar o Zaporiyia.

Tampoco les inquieta el hecho de que Moscú fuera, poco después del 7 de octubre, concretamente el día 26, la primera capital donde una delegación de Hamás, liderada por Musa Abu Marzuk y escoltada por un representante de la República Islámica de Irán, fue recibida con consideración, honores y felicitaciones del jurado por el conjunto de su obra de "resistencia".

Y tampoco parecen inmutarse por el proyecto de civilización euroasiática que promueve Aleksandr Dugin, y del cual uno de los grandes temas es la nueva alianza islamo-ortodoxa, supuestamente destinada a suplantar la antigua alianza occidental, atlántica y judeocristiana, presentada como moribunda.

Pero he aquí un hecho nuevo que, espero, abrirá por fin los ojos de quienes no quieren ver. He aquí una información que ha pasado desapercibida y que debería conmocionar a aquellos que, de buena fe, se han dejado engañar por el bombardeo ideológico del vasto partido pro-Moscú, cuyos enlaces están operando en todo el espacio europeo.

El filósofo Aleksandr Dugin durante el funeral de su hija, asesinada en un atentado.

El filósofo Aleksandr Dugin durante el funeral de su hija, asesinada en un atentado. Reuters

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Rusia y Afganistán firmaron, este 27 de mayo, un acuerdo de cooperación militar y de seguridad con el objetivo de reforzar los lazos entre Moscú y el régimen talibán en el poder desde agosto de 2021 tras la reconquista de Kabul.

Estaban presentes, por un lado, el secretario del Consejo de Seguridad de la Federación de Rusia, el exministro de Defensa Serguéi Shoigú, y, por el otro, Mohammad Yaqoob, ministro de Defensa en funciones de los talibanes e hijo del mulá Omar, el mismo que dio refugio a Osama bin Laden.

Rusia ya había querido, un año antes, ser la primera en reconocer al nuevo régimen. Y Putin ya había, desde 2021, hecho un llamamiento a la comunidad internacional para que retirara a los talibanes de las listas de organizaciones terroristas.

Pero, esta vez, va mucho más allá.

Se trata, nos dicen, de "ampliar", "profundizar" y hacer "pragmática" una asociación estratégica y duradera.

En claro, si hemos de creer a Zamir Kabúlov, emisario ruso en Afganistán, Rusia reparará los helicópteros de combate de este régimen de asesinos.

Garantizará el mantenimiento de sus viejos blindados, de origen soviético en su mayor parte.

Formará a los mulás, a sus batallones de la virtud y el terror, así como a una unidad de élite de 8.000 hombres encargados de mantener bajo su bota al país de los jinetes, eruditos y poetas.

Proporcionará capacidades de inteligencia a un régimen que nunca ha ocultado su hostilidad obsesiva hacia los "judíos" y los "cruzados".

En resumen, los talibanes mantienen el orden en las fronteras sur de la Gran Rusia y combaten, o fingen combatir, contra grupos rivales como el Estado Islámico del Jorasán. A cambio, los exsoviéticos se comprometen a perpetuar el orden islamista en Kabul.

Un soldado talibán camina por la Universidad de Kabul, en Kabul, Afganistán, el 14 de junio de 2023.

Un soldado talibán camina por la Universidad de Kabul, en Kabul, Afganistán, el 14 de junio de 2023. Ali Khara Reuters

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Pero el orden islamista no es sólo una palabra, y la consolidación de la asociación estratégica y pragmática con esta Rusia, a la que le gusta presentarse como una Tercera Roma, tendrá consecuencias muy concretas.

Será la persecución, por parte de unos servicios de inteligencia ahora profesionalizados, de los últimos periodistas libres.

Será la eliminación de los últimos elementos de las comunidades sij, hindúes y chiítas hazaras.

Serán las últimas personas homosexuales y del colectivo LGBT, los últimos artistas, profesores o incluso cristianos que viven su fe en secreto, a los que tendrán los medios de perseguir.

Y luego las niñas, las adolescentes y las mujeres, que ya tienen prohibida la educación universitaria y secundaria, que ya están desterradas de los parques, jardines y otros lugares públicos, que ya están encerradas en esas prisiones de tela que son los burkas: la ayuda "estratégica y pragmática" de la nación del patriarca Kirill terminará de borrarlas del paisaje afgano.

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Todo esto apenas sorprende al autor de El Imperio y los cinco reyes. Yo ya veía venir este acercamiento entre los defensores autoproclamados de los valores cristianos y los islamistas de Kabul.

Pero, ¿qué piensan de esto nuestros putinistas nacionales? ¿Qué dicen aquellos que, en artículos de opinión recientes, apelaban a un "sobresalto" e invitaban a "reanudar" con una "Rusia eterna" y eternamente "amiga de Francia"?

Estos textos, estos llamamientos a la "desescalada" y a la "paz", estas manos tendidas a un país que busca, de manera cada vez menos disimulada, nuestra perdición y la de Europa, ya inspiraban un profundo malestar.

Pero, ¿qué hay de esa "sabiduría" y de qué vale el argumento de la Rusia protectora de los "valores cristianos" cuando se alía con lo peor del islamismo?

Cinismo e infamia.