Lamine Yamal durante el España-Cabo Verde de este lunes.

Lamine Yamal durante el España-Cabo Verde de este lunes.

Columnas EL PANDEMONIUM

Me da igual lo que diga el DNI de Lamine Yamal

Si Marruecos fuera una potencia futbolística, Yamal habría escogido jugar con la selección marroquí, pero las banderas que llevaría en las botas seguirían siendo la marroquí y la guineana, no la española.

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En el libro Dios, la libertad y el mal, el filósofo estadounidense Alvin Plantinga distingue entre dos tipos de mal.

El mal natural, que es el de las enfermedades, los virus, los accidentes o los fenómenos naturales, como el de un volcán que sepulta bajo toneladas de ceniza a un grupo de australopitecos desprevenidos.

El segundo tipo de mal es el mal moral, que es el que deriva del libre albedrío y que, por tanto, sólo podemos cometer los seres humanos.

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Aquí tenemos ya un primer problema.

Porque hay gente en este mundo que no cree en el libre albedrío. Son los materialistas.

Desde el punto de vista de un materialista, todo lo que existe es la materia, la energía y las leyes que gobiernan ambas. Así que ¿cómo podría existir el libre albedrío si en el universo no existe NADA indeterminado?

Ya ven, hay gente para todo.

Yo, por ejemplo, conozco a un jerezano que no cree en los romanos. Sí cree en los marcianos, en la homeopatía y hasta en el socialismo. Pero no en los romanos, que él cree tan imaginarios como Supermán.

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'Dios, la libertad y el mal', de Alvin Plantinga.

'Dios, la libertad y el mal', de Alvin Plantinga.

Para alguien que no cree en el libre albedrío todo el mal es "natural". Porque, para él, los seres humanos sólo somos máquinas de carne. Títeres bobos de las leyes de la física a los que no nos queda más remedio que hacer lo que hacemos, sea eso moralmente correcto o moralmente incorrecto.

O amoral, que es la opción más sanchista y siglo XXI.

Según un materialista, las que "toman" las decisiones son las descargas eléctricas en nuestro cerebro, no un imaginario "yo".

Y, de hecho, desde el punto de vista de los materialistas, el bien, el mal y la moral no existen: son sólo trampantojos para tontos.

Así que si ellos no van asesinando, violando y robando por ahí no es porque se lo impida su "moral" (ya que la moral es sólo un espejismo), sino porque una descarga eléctrica en su cerebro les han conducido en otra dirección. Una cuestión de pura suerte. "¿Mataré a alguien hoy? ¡No puedo esperar a que las descargas eléctricas en mi cerebro me revelen la respuesta!".

Un materialista es sólo un espectador de sí mismo que pasa por la vida como una maleta. Gente con un alto concepto de sí misma, como puede verse.

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'Adán y Eva en el Paraíso Terrenal', de Johann Wenzel Peter.

'Adán y Eva en el Paraíso Terrenal', de Johann Wenzel Peter.

Para los que sí creemos en el libre albedrío, el problema de la distinción entre el mal natural y el mal moral plantea una pregunta interesante, de esas que dan para una película de Darren Aronofsky.

¿En qué momento de la historia se produjo el primer acto de maldad moral?

¿Quién fue su autor y en qué momento de la historia sucedió eso?

Si para que exista el mal moral es necesario el libre albedrío, es decir la capacidad de haber actuado de forma diferente y la conciencia de haberlo hecho "mal" pudiendo haberlo hecho "bien", ese primer acto de maldad moral debe determinar también de forma necesaria el momento histórico en el que "amanece" el primer ser humano.

El primero que ya no es un animal que actúa por instinto o pura necesidad, sino una forma de vida superior que actúa en base a una agencia moral.

Lo que me hace pensar que Stanley Kubrick tenía razón cuando, en 2001: Una odisea del espacio, muestra cómo uno de sus primates asciende el primer gran peldaño evolutivo de la humanidad cuando aprende a utilizar una herramienta (un arma) contra sus rivales.

Lo que está diciendo Kubrick es que es la violencia, y no la bondad, el altruismo o la cooperación colectiva, la que marca un umbral cualitativo en la historia del ser humano y propulsa su evolución a estadios intelectuales superiores.

Esto no se lo ha inventado Kubrick: lo dice también la Biblia.

La fruta del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal del Paraíso nunca fue una fruta: fue la tentación de una violencia que permitía satisfacer un deseo.

El monolito de la película de Kubrick ES el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal.

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Me ha venido esto a la cabeza a raíz de la polémica por las botas de Lamine Yamal en el Mundial, que muestran las banderas de Marruecos (la de su padre) y la de Guinea (la de su madre), pero no la de España.

Y yo me he preguntado, vista la polémica, en qué momento nace un español y dónde está la raya del libre albedrío de la identidad.

Yo no creo que los españoles nazcan en el BOE ni que los produzca un funcionario a golpe de ley de nietos. Un español no es un montón de átomos bendecido por la burocracia. Es "algo" más.

Y la prueba es el propio Lamine Yamal, que juega con España porque eso le ofrece mayores posibilidades financieras y profesionales, pero que prefiere llevar en las botas las banderas de sus padres que la del país en el que ha nacido, vive, trabaja y se corre las juergas.

Mirémoslo de esta manera.

Si Marruecos fuera una potencia futbolística, Yamal habría escogido jugar con la selección marroquí, pero las banderas que llevaría en las botas seguirían siendo la marroquí y la guineana, no la española.

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Así que ¿es español Lamine Yamal, más allá de que lo ponga en su DNI?

Para quienes creen que la nacionalidad es un sello administrativo, Yamal es tan español como el que más. Lo interesante es que los mismos izquierdistas que se ríen de la frase "eres español porque lo dice tu DNI" dirigida a un independentista catalán te dicen a renglón seguido que Yamal es español "porque lo dice su DNI". ¿En qué quedamos?

Es más: si la nacionalidad es un certificado firmado por el funcionario competente de turno, entonces uno puede tener tantas nacionalidades como le dé la gana y escoger la más conveniente en cada momento, como ocurre con el sexo, que hoy es electivo.

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Intuyo que si les preguntáramos a los españoles, una inmensa mayoría de ellos dirían que Ilia Topuria, que a diferencia de Yamal no nació en España y que llegó a Alicante a los quince años, es más español que el jugador del F. C. Barcelona.

Es más, estoy convencido de que una inmensa mayoría de los españoles dirían que Ilia Topuria es más quintaesencialmente español que la inmensa mayoría de los diputados del Congreso. Desde luego, más que cualquier diputado de la izquierda española.

Pero ¿por qué?

Aleksandre Topuria junto a su hermano Ilia Topuria en una sesión de fotos.

Aleksandre Topuria junto a su hermano Ilia Topuria en una sesión de fotos. UFC

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Yo creo que aquí flota la intuición de que, más allá de lo que diga el político de turno, los españoles no se generan a golpe de BOE, ni de nacionalización, y ni siquiera de nacimiento en el territorio, sino por circunstancias que tienen que ver con algo más profundo.

Es la intuición de que la distinción entre nacionalidad legal y pertenencia sustantiva es real.

De que la nacionalidad no es sólo un certificado: históricamente ha implicado lengua, cultura, valores morales, lealtad y disposición a defender (o al menos a no atacar) el proyecto común.

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Topuria llegó joven a España, se integró, triunfó desde nuestro país y proyecta una identificación clara con aquellos que le acogimos. Y eso, desde mucho antes de obtener la nacionalidad española, que le fue concedida el 5 de marzo de 2024 por carta de naturaleza (un procedimiento especial por méritos excepcionales).

Yamal, habiendo nacido en España, proyecta una identificación mucho más tenue.

Primero su familia y sus orígenes. Es decir, su sangre.

Y luego, en un segundo nivel, y sólo por motivos profesionales, el país en el que vive.

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Yo defiendo una concepción sustantiva, no puramente cívico-legal, de la nación.

Mi visión está en minoría entre las élites políticas y mediáticas actuales, pero es mayoritaria en la intuición de mucha gente corriente.

Luego, como en el caso del primer acto de maldad de la historia, podremos discutir dónde está la raya.

Pero que la nacionalización de personas a las que España les importa muy poco es un acto de ventajismo burocrático producto del libre albedrío de un amoral lo saben aquí y en la China popular.

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La pregunta que me hago es ¿hasta qué punto una sociedad puede permitirse el lujo de tratar la nacionalidad como un sello administrativo sin que eso termine erosionando la idea misma de comunidad política compartida?

¿Sin que la nación y la nacionalidad se diluyan hasta convertirse en un mero constructo administrativo con el que nadie con dos dedos de frente se identificará jamás ni por el que sentirá nunca lealtad alguna?

Yo pago impuestos para los "míos", no para cualquiera que consiga un sello del funcionario de turno. Y si mi nación me dice que mi solidaridad debe ser con el planeta entero, entonces es que mi nación no existe. ¿Por qué debería entonces pagar impuestos?

No existen las naciones de yamales. Sólo existen las naciones de topurias.