Keir Starmer, arrodillado tras la muerte de George Floyd.

Keir Starmer, arrodillado tras la muerte de George Floyd.

Columnas LA CAMPANA

De rodillas frente al racismo contra los blancos

No hay razón alguna para afirmar que George Floyd muriera por ser negro. Pero sí las hay para afirmar que Henry Nowak murió por ser blanco.

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Es el año 2020 y Keir Starmer, líder de la oposición laborista británica, está arrodillado en su despacho.

¿Está rezando? No, lo ha hecho para demostrar su apoyo al movimiento Black Lives Matter, "las vidas de los negros importan", que en esos momentos se manifiesta por la muerte de George Floyd.

El episodio comenzó así. Un empleado de la tienda Cup Foods sospecha que Floyd ha pagado unos cigarrillos con un billete falso de veinte dólares y, ante la negativa de este a devolverlos, llama a la policía. Los agentes lo encuentran en su coche y lo detienen, pero muestra ansiedad y rehúsa subir al coche policial porque dice sufrir claustrofobia.

Lo reducen, le ponen las esposas y lo inmovilizan en el suelo. "No puedo respirar", insiste.

Transcurridos unos minutos en esta posición, muere.

Pero ¿por qué se ha arrodillado Starmer? ¿Qué culpa tiene él de una acción excesiva por parte de un policía de Minneapolis?

Una manifestación de Black Lives Matter.

Una manifestación de Black Lives Matter. Reuters

Ocurre que Black Lives Matter sostiene que lo que ha matado a Floyd es la existencia de un racismo estructural en las sociedades occidentales. Mataron a Floyd por ser negro, y por eso, cuando durante las protestas hay quien intenta decir All Lives Matter, "todas las vidas son importantes", inmediatamente es señalado como racista y sometido a cancelación.

Porque hay una estricta jerarquía que determina quiénes pueden ser víctimas y quiénes no, por tener asignado el papel de verdugo.

Los blancos están encasillados en el segundo término de la ecuación.

Y Starmer, que ha interiorizado esos planteamientos, se ha puesto de rodillas para pedir perdón por el racismo, el colonialismo, y todo lo que haga falta. Más concretamente, se ha arrodillado para que le hagan una foto, y así señalizar que está en el lado correcto.

Se ha puesto de rodillas, en definitiva, ante la masa enfurecida, ante la agresiva ola moral que en esos momentos recorre el planeta. Se ha arrodillado para decir "votadme, por favor; soy bueno".

"No puedo respirar" se convirtió en la consigna de manifestaciones en todo el mundo. Los participantes la entonaban tumbados en el suelo para recordar la inmovilización de Floyd. Algunos equipos de fútbol europeos se apuntaron: los jugadores del Liverpool se hicieron una vistosa foto arrodillados en el círculo central del estadio de Anfield.

Los jugadores del Liverpool, arrodillados.

Los jugadores del Liverpool, arrodillados.

Ahora, pasamos a la actualidad.

La policía británica de Southampton encuentra en el suelo a Henry Nowak. Está frente a la casa de Vickrum Digwa, un sij que les cuenta que el caído le ha intentado quitar el turbante y lo ha agredido por motivos racistas.

No hace falta decir más. "No puedo respirar", dice Nowak a los agentes que se empeñan en ponerle las esposas, "he sido apuñalado".

"No lo creo, tío", contesta uno de los policías.

Nowak dice la verdad: Digwa lo ha acuchillado cuatro veces con su cuchillo kirpan ceremonial, y está muriendo mientras el agente, en lugar de atenderlo, le lee sus derechos.

Es una historia horrible, ante la que conviene enfocar la indignación. Es injusto, obviamente, canalizarla hacia la comunidad sij.

Los policías, desde luego, son responsables, pero ellos estaban condicionados por dos planteamientos implícitos:

1) un joven blanco es estructuralmente racista,

y 2) si alguien de piel más oscura denuncia racismo, debe ser inmediatamente creído.

Por eso la mayor dosis de culpa corresponde a los políticos de izquierdas, como Starmer, que hace años se apresuraron a subirse a una ola estúpida y destructiva. Antes de ella pensábamos que la única postura decente ante la raza era la ceguera. Que la raza fuera irrelevante. Pero eso se ha volatilizado.

El woke revitalizó el racismo (junto con el sexismo), proporcionando una carta mágica que sólo puede ser invocada por determinadas etnias. El asesino, que era de una de ellas, usó la carta del racismo contra la persona a la que acababa de apuñalar, y la policía, atemorizada, la obedeció inmediatamente.

Observen que jamás habría funcionado a la inversa. Nowak no habría muerto de esa forma si hubiera sido él el sij: a los policías no se les habría pasado por la cabeza esposarlo en el suelo, y ante la reclamación "no puedo respirar" habrían reaccionado despavoridos.

Es decir, no hay razón alguna para afirmar que Floyd muriera por ser negro, pero sí las hay para afirmar que Nowak murió por ser blanco.

Este temor de los servidores públicos a ser llamados racistas es lo que provocó que, durante décadas, bandas de inmigrantes de origen pakistaní y de Bangladés se dedicaran a violar en grupo y prostituir a menores vulnerables en Telford, Rotherham y Rochdale.

Hoy la raza importa, y finalmente han conseguido resucitar el racismo en nuestra sociedad. Algunos parecen pensar que este racismo en concreto sí es bueno. Que se fastidien los blancos, que llevan toda la historia discriminando y colonizando.

¿Han entendido algo Starmer y los políticos? No parece, porque siguen regañando a sus ciudadanos: los que ahora se quejan, avisan, están dando alas a la ultraderecha. En España la noticia no ha tenido una gran repercusión, pero El País la recoge con un planteamiento similar: "el asesinato de un joven blanco por otro de origen indio (…) dispara el discurso de odio de la ultraderecha".

¿Debería arrodillarse ahora Starmer? No, claro, pero lo de ahora nos permite ver con más claridad su foto de 2020: en ella aparece un tipo ridículo atemorizado.

Como tantos otros.