El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, junto a su homólogo ruso, Vladiímir Putin.

El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, junto a su homólogo ruso, Vladiímir Putin. Reuters

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Por amor a Europa, Orbán debe ser derrotado hoy

Es necesario que Viktor Orbán sea derrotado porque Hungría se ha convertido, bajo su férula, en el eslabón débil de la unidad europea frente al Kremlin.

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Este domingo, 12 de abril, hay elecciones nacionales en Hungría. Viktor Orbán, primer ministro desde hace doce años, aspira a su propia sucesión. Espero que no sea así. ¿Por qué?

Porque la Hungría de Viktor Orbán se ha convertido en una democracia iliberal, carcomida por la corrupción, donde se han debilitado los contrapesos, domesticado la justicia, disciplinado la prensa y donde se convierte a los migrantes en responsables de todos los males.

Porque Viktor Orbán no sólo ha puesto en práctica, sino que ha teorizado este "iliberalismo", que es una empresa de desvitalización que vacía la democracia de su espíritu y no conserva de ella más que el decorado.

Porque Viktor Orbán es el amigo o el modelo de lo más antieuropeo que hay en Estados Unidos (J.D. Vance) y en Francia (Marine Le Pen).

Porque es el único europeo que ha trabado con Vladímir Putin una relación de obstinada complacencia, una proximidad no sólo táctica, sino simbólica: ha hecho de Hungría la brecha, la grieta por la que la influencia rusa se infiltra en el resto del continente.

Es necesario que Viktor Orbán sea derrotado porque, en la guerra de larga duración que Rusia libra a Europa, ha preferido los cálculos energéticos a las solidaridades históricas, los equilibrios cínicos a la claridad moral.

¿No fue acaso uno de sus primeros gestos, en julio de 2024, cuando le correspondió la presidencia rotatoria del Consejo de la Unión Europea, hacer el viaje a Moscú como otros, antaño, hicieron el viaje a Berlín?

El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, al término del Consejo Europeo el pasado día 20 de marzo.

El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, al término del Consejo Europeo el pasado día 20 de marzo. Europa Press

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Es necesario que Viktor Orbán sea derrotado porque Hungría se ha convertido, bajo su férula, mediante repetidas manipulaciones del principio de unanimidad, en el eslabón débil de la unidad europea frente al Kremlin.

Es necesario que Viktor Orbán sea derrotado porque, en el momento en que Ucrania lucha por su supervivencia y por nuestra seguridad, ha elegido la ambigüedad, la reticencia, a veces el chantaje: el bloqueo, durante meses, de los 50.000 millones de euros de ayuda votados en diciembre de 2023 por el resto de Europa.

Y luego el del plan de ayuda de 90.000 millones votado en diciembre de 2025, vital para Kyiv, al que se opone resueltamente.

Es necesario que Viktor Orbán sea derrotado porque no ve en Volodímir Zelenski ni a un patriota ucraniano, ni a un amigo de Europa, ni al defensor indirecto de su propio país, Hungría, frente a las ambiciones hegemónicas de un Putin que nunca ha ocultado que la disolución de la URSS, y por tanto la liberación de Hungría, fue "la mayor catástrofe geoestratégica" del siglo pasado.

Ve en Zelenski: 1) un belicista; 2) un saboteador de oleoductos; 3) un manipulador de elecciones del que su adversario, el proeuropeo Peter Magyar, sería la marioneta; 4) un ladrón caricaturizado, en sus carteles electorales, arrojando el dinero del contribuyente europeo a un váter dorado.

Y es necesario que Viktor Orbán sea derrotado porque este tropismo no se detiene en Moscú y ha manifestado muchas veces, con respecto a Pekín, una complacencia semejante.

¿No fue el único europeo presente en la cumbre de las nuevas Rutas de la Seda en octubre de 2023?

¿No se ha hecho el abogado celoso, en la guerra de Ucrania, de la posición china (ni "agresor" ni "agredido", sólo una "crisis")?

¿Y no concluyó, en febrero de 2024, un acuerdo de cooperación en materia de seguridad con Pekín que autoriza el despliegue de patrullas policiales chinas en sus ciudades?

Es necesario que Viktor Orbán sea derrotado porque, de Moscú a Pekín, ha inscrito a Hungría en una geografía que ya no es la de Europa, sino la de un acomodo con los "Cinco Reyes" coaligados para hacer morder el polvo a Occidente o, al menos, debilitarlo.

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Conocí a Viktor Orbán hace treinta y cinco años, en el momento de la caída del muro de Berlín.

Era entonces un joven audaz, un liberal intrépido, un disidente convertido en jefe de partido, y parecía encarnar, como Václav Havel, como otros, las esperanzas de un continente liberado.

Václav Havel, último presidente de Checoslovaquia.

Václav Havel, último presidente de Checoslovaquia.

En 2019 lo volví a ver y encontré todavía, bajo su máscara de sátrapa fofo y de Putin sin músculos, algunos rastros de la energía, del ideal y de la melancolía del intelectual de antaño que escribía una memoria sobre Solidarność: se defendía de ser quien se decía que era; protestaba su fe europea y, al final de la entrevista, en la terraza de su palacio dominante sobre Buda, incluso me pidió, en voz baja, tímidamente, noticias de su antiguo mentor, convertido en bestia negra, George Soros.

Ese tiempo ha pasado.

Lo que veo hoy es a otro hombre.

Y ese otro hombre se ha convertido en traidor a sí mismo, a su pueblo y a esa libertad tan preciosa, tan ardientemente deseada, tan trabajosamente arrancada a los antepasados de Putin y hoy tan metódicamente deconstruida.

Este cansancio europeo, si llegara al extremo, transformaría la Europa cautiva y, desde entonces, emancipada de Milan Kundera, György Konrád, Imre Kertész y el buen rey san Esteban, en cementerio de los principios europeos.

Por todas estas razones, Orbán debe ser derrotado.