Elisa Mouliáa a la salida de los juzgados, bloqueando la entrada.
Hay un hombre gitano en España que nos representa a todos
Sólo él podía ponerle freno al esperpento. Tenía la fuerza de los hombres que están hasta las pelotas de todo. Del precio del gasoil, de la gentrificación, de la diplomacia, de los chivatos, de las actrices wannabe y hasta del sistema judicial español.
Dice mi padre que todos tenemos una piedrecita en la cárcel y que más nos vale no ir a recogerla. Yo digo que todos tenemos una parada en la puerta de los juzgados de Plaza de Castilla y que más nos vale ir con lookazo ese día para nuestra cita con España.
Porque sé que es España quien me espera allí el día en el que yo reciba mi notificación y me baje del taxi entre el viento huracanado de Chamartín, con las Prada encajadas sobre la nariz, bolso de mano, pelo levemente engominado, traje negro de raya diplomática, tres piezas, sospechosa habitual y testigo fiable. Esto es así, una siempre se sueña Barbara Stanwyck y finalmente recala en Aída Nízar.
Esto lo entendí el otro día, durante una fascinante rueda de prensa de Elisa Mouliáa que decidió afincarse ahí, justo en el paso de entrada y salida, y sin querer resumió el espíritu de una nación en descomposición: la nuestra.
Mouliáa había durado exactamente media hora en su casa viendo Cifras y letras y comiéndose una torta de Inés Rosales y el día se le había echado encima.
"Hasta aquí", se dijo.
Decidió que tenía que regresar al ruedo y reunió a la banda, es decir, a los abnegados reporteros de la prensa española que, con el coño hinchadísimo (ya como una auténtica tarta de bodas), se habían cogido un metro desde Sanchinarro para volver a escuchar las ocurrencias de la muchacha antes del mediodía. Cómo no va a tener uno los nervios en punta.
Ella se puso su jersey azul eléctrico y su alisado japonés y les dio lo que querían: psicodrama por un tubo, y que trabaje otro.
En principio, bien. La niña volvía a tener fiesta de cumpleaños.
Pero su colosal ego, su ego moderno y mediático, les impidió a unos y a otros ver que estaban taponando la puerta de la administración pública de justicia, y eso tampoco es. Estábamos ante un claro caso de soberbia paya.
Primero intervino un currito, el segurata de las gafas y el flequillillo, a quien llamaremos Tipo Normal, intentando inyectar algo de cordura: "A ver, señores, por favor, avancen un poquito".
Nada, ni puto caso. A ver quién le pone el cascabel al gato.
El hombre se puso descriptivo para facilitar el entendimiento: "Que están en la salida".
Pues tampoco.
"Echaros un poquito para allá". El tío ya les habla de tú porque aquí no estamos para hostias, pero ni el imperativo incorrecto, tan familiar, consiguió lubricar las cosas.
Bastante educado ha sido el gitano que no se ha cagado en los muertos de los muertos de tos.pic.twitter.com/dN1HNsFT07
— 𝐁𝐚𝐫 𝐃𝐞 𝐏𝐮𝐞𝐛𝐥𝐨 (@BarDePueblo1) February 10, 2026
Lo peor fue la cara de Elisa Mouliáa reaccionando a Tipo Normal. Elevó los ojos al cielo, emitió un suspirito y sonrió con incomodidad, como diciendo "pero, ¿y este animal?".
Fue delirante. Lo miró como si fuese él quien estuviese montando el numerito.
Lo miró con una cara de pija que radicaliza a cualquiera, la verdad.
Has tenido que estrellar contra un bordillo muchos coches regalados por papá para poder gestar esa cara.
"Un segundo, por favor", dijo Elisa elevando la voz y levantando la mano, muy al estilo "atiende, siervo", y siguió contando su movidita con su personalísimo estilo narrativo, un poco entre el lifting de pestañas y el brote psicótico. A ella no le va a robar el show un notas con perilla, parecía decirnos.
Ella tuvo un papel fijo en Águila Roja. ¿Te acuerdas?
Pero no se dio cuenta de que estaba hinchando las gónadas de Dios, porque justo detrás de Tipo Normal estaba Héroe Gitano esperando su turno. Había respirado profundo. El caballero lo había intentado por las buenas, pero es que la gente a veces te busca y te encuentra.
Llevaba el uniforme propio para poner los puntitos sobre las íes. Llevaba su gorra negra de Nike, equivalente a la máscara de Batman diurna. Llevaba una chaqueta acolchada impermeable a los gilipollas patrios, entre el plumífero y el forro polar, con capucha por si en un momento dado había que ejercer la semiclandestinidad fuera del barrio.
Le reconocimos enseguida. Sólo él podía ponerle freno al esperpento. Tenía la fuerza de los hombres que están hasta las pelotas de todo. Del precio del gasoil, de la gentrificación, de la diplomacia, de los chivatos, de las actrices wannabe y hasta del sistema judicial español, que, por lo que sea, también le tiene ataíto en corto. La tiene tomada con él.
Quién sabe si venía de comerse una multa desproporcionada o una condena injusta.
Ese tío no entiende el orden chalado del mundo. Ese tío no entiende por qué el infortunio se está cebando con él. Ese tío (nuestro mejor amigo en estos momentos, quizás el único) no soporta este auge desvergonzado del payismo: no soporta a Elisa Mouliáa, que es más paya que un Danacol, no soporta el sistema penitenciario, mucho más payo que Urdangarín en Brieva.
Me echo unas risas en Instagram porque ahora los gitanos parodian furibundamente a los payos, y con razón. Nos hacen canciones con la guitarrilla retratándonos en nuestra pequeñez, en nuestra mojigatería urbanita. Su comedia nos tumba.
Ahora ser "payo" no es una cuestión racial, es algo más profundo e incómodo. Es ser una persona sin calle, un pusilánime, un sinsangre, un pejigueras. Es vivir una vida descafeinada, sin rap, sin actitud, sin gracia, sin lealtades mafiosas, sin diversiones prohibidas.
Ser payo es llevar tupperware al trabajo. Ser payo es haber renunciado al temperamento.
Es ser pitiminí, es ser institucional. Es ser aburrido, es ser templado, obediente y apocado, y, en definitiva, es ver cómo la vida pasa de largo sin que tus pasiones intervengan en ella y la modifiquen.
Ya lo escribió Lorca: "En el café de Chinitas / le dijo Paquiro a su hermano: Soy más valiente que tú, / más torero y más gitano".
Por eso nos alegró tanto ver a Héroe Gitano, porque necesitábamos su antídoto frente a nuestro insoportable payismo. A ver si habrá algo más hipócritamente payo que haber llegado a la parodia con un tema tan grave como una presunta agresión sexual (haber hecho de esto una comedia de enredo o un Gran Hermano sonrojante), y, desde luego, no hay nada más absolutamente payo que el hecho de que el acusado fuese el líder de un partido de izquierdas que se dice feminista y que tiene problemas con la ficción a la hora de distinguir entre persona y personaje.
"Echarse pallá. Dejadnos salir. Qué culpa tengo yo (...) Me dejáis o sus arrollo pallá".
Diáfano. Lomo curtido. Gramática parda. Nervio. La lucha contra La Tontería™ no descansa.
A veces tiene que venir un gitano a espabilar a los payitos.
A veces alguien tiene que venir a hacer país.
Me reconcilié con España.
Encontré en él a España.
España es el Héroe Gitano que arrolla la estupidez. Es la España que se revuelve contra su propio circo, contra su propio show, contra su propia mugre. Es la España ingobernable. Todo el mundo lo sabe: él a veces perderá las formas, pero nunca la razón.
No hay nada más payo que no mandar al carajo alguna vez los modos.