El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, durante una intervención en el Congreso. EFE
La República imaginaria de Rufián, el separatista patriótico
La propuesta de un gran frente de izquierdas contra la derecha no nace de una demanda social estructurada ni de un consenso entre fuerzas políticas. Nace del propio Rufián.
Gabriel Rufián lleva toda una década interpretando el mismo papel desde su atalaya parlamentaria. No ha cambiado de proyecto, ha cambiado de público.
Sigue siendo independentista, sigue defendiendo la ruptura del Estado, sigue sosteniendo que España es un problema estructural.
Lo único que ha variado, además del peinado y el vestuario, es el encuadre: ahora quiere presentarse como solución a los males de ese mismo país cuya continuidad política niega.
Quien fijara en dieciocho meses el tiempo máximo que quería estar como diputado fue primero el agitador de guardia del independentismo. Convirtió el Congreso en plató y la política en meme.
Después fue el negociador táctico del "diálogo".
Ahora ensaya un tercer acto, el de supuesto salvador de la izquierda española.
El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, atiende a los medios durante un pleno en el Congreso de los Diputados.
La pirueta es tan ambiciosa como contradictoria. Quiere romper España, pero dice temer por su destino. Se declara independentista sin matices, pero advierte del peligro que corre el país del que pretende separarse.
Es el único político que aspira a desmantelar la casa mientras alerta de que el tejado puede hundirse.
Su frase más reveladora es también la más involuntariamente cómica: independentista, pero preocupado como demócrata por España.
¿Cómo se come eso? Si el proyecto es la secesión, la quiebra del marco constitucional, la fractura territorial, ¿de dónde brota la angustia patriótica?
No es una evolución ideológica, es un reposicionamiento estratégico. Rufián ha detectado el agotamiento del procés, la irrelevancia parlamentaria del maximalismo y el desgaste de una izquierda fragmentada. Y ha decidido ocupar un espacio que no existe: el de líder plurinacional de la izquierda española desde el soberanismo catalán.
Una figura imposible que solo funciona en el terreno de la retórica.
Su propuesta de gran frente de izquierdas contra la derecha no nace de una demanda social estructurada ni de un consenso entre fuerzas políticas. Nace de él.
Afirma disponer de un apoyo popular que no sustenta ningún dato fiable. Es una construcción discursiva sostenida por ecos digitales y por la amplificación mediática de cada ocurrencia. Un one man panel donde el único demoscópico estable es su propia percepción.
Bebe de su timeline y lo presenta como termómetro social.
Pero la política no se mide en retuits. Lo que sí sabemos es que, cuando intentó medir ese respaldo en su propio municipio, la realidad fue mucho menos épica que su narrativa. Sólo obtuvo un puñado de votos frente a una mayoría aplastante del socialismo local.
El fenómeno Rufián es, sobre todo, un fenómeno de cámara y algoritmo. Domina el titular corto, la frase gruesa, el corte que incendia tertulias. Ha tejido afectos en el Congreso, en todas las bancadas (también los mantenía, inexplicablemente, el brutal Tardá), pero prevalece su reputación de actor más atento al foco que al fondo.
Oriol Junqueras y Gabriel Rufián en Valencia.
Ha pasado de llamar a la confrontación permanente con el Estado a defender con ardor a ministros del Gobierno central cuando le conviene. Puede denunciar que el sistema ferroviario es un desastre y, a la vez, blindar al responsable político si el adversario común es otro.
Su coherencia no es ideológica, es táctica. El enemigo del momento, junto a la pose chulesca, mano en el bolsillo, siempre han definido el grado de intensidad de su discurso.
Lo más llamativo no es su mutación, sino su pretensión de centralidad. Habla de unidad como si la encarnara. Invoca a territorios que no le han pedido representación. Se ofrece como puente entre periferias y centro sin haber consolidado ni una cosa ni la otra.
El independentista que despreciaba la política española como estructura ajena reclama ahora autoridad para salvarla de sí misma. El diputado que hizo carrera denunciando la ilegitimidad del marco estatal pretende liderar su defensa frente a la derecha.
Hay en todo ello una mezcla de audacia y narcisismo político. Audacia, porque intuye el vacío. Narcisismo, porque confunde su visibilidad con legitimidad.
El rearme de la izquierda que propone tiene algo de batallón zombi. Siglas exhaustas, liderazgos en declive, discursos reciclados, convocados alrededor de una alarma permanente: "o nos unimos o nos comen por los pies".
La apelación al miedo sustituye al proyecto, y él se coloca en el centro del escenario como el único capaz de entender la gravedad del momento. Es una escenografía eficaz, pero frágil, por dos motivos principales, paradójicos ambos.
1. Primero, que su propuesta no ha cuajado ni en EH Bildu ni en BNG ni en su propio partido. La dirección de ERC ha dejado claro que no quiere una coalición estatal y que su foco sigue siendo Cataluña, no España.
2. Y el otro, que no se puede pedir confianza nacional desde la voluntad declarada de desmembrar la nación.
Rufián no es irrelevante. Es hábil, intuitivo, resistente. Ha sobrevivido a la implosión del procés, al desgaste de su partido y a la volatilidad del ciclo político.
Pero su nueva ambición choca con el límite más elemental: la legitimidad no se autoproclama. Se construye y se valida.
Y hoy por hoy, más allá de la espuma digital y del ingenio parlamentario, no hay evidencia sólida de que exista una base social amplia que lo reconozca como líder de nada fuera de su nicho.
Sólo es posible convertir la incoherencia en virtud cuando se normaliza la disonancia. Y esta operación únicamente podría llegar a algo por el grado de erosión de los estándares públicos en que se encuentra España.