Una mujer sentada en el suelo cubierta con mantas frente a un edificio destruido por un ataque ruso.

Una mujer sentada en el suelo cubierta con mantas frente a un edificio destruido por un ataque ruso. Reuters

Columnas BLOC DE NOTES

Hace frío en Ucrania

Lo que hace Putin en este cuarto invierno de guerra, su política de muerte lenta, no es una astucia improvisada. Es una doctrina premeditada, probada y antigua.

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Camus decía, en Reflexiones sobre la guillotina, que una de las grandes desgracias de la humanidad era su falta de imaginación.

Pues bien, ha llegado el momento de ejercerla, de imaginar, ahora que Ucrania se hunde en su cuarto invierno de guerra.

Que cualquier habitante de una de nuestras ciudades haga el esfuerzo de imaginar sus centrales térmicas destruidas, misiles cayendo día y noche sobre todo aquello que nos permite calentarnos, lavarnos, alimentarnos, comunicarnos.

Que imagine a un general enemigo que, cuando los bombardeos no bastan y los técnicos acuden a reparar, decide lanzar otro misil (aquel día, el noventa y dos) que fulmina su autobús y los mata.

Y que imagine noches a veinte grados bajo cero, el frío que paraliza, los ancianos que se congelan en sus camas, la vajilla que se acumula porque no hay agua, los niños que ya no pueden asearse, los edificios de treinta plantas que hay que subir a pie, a oscuras y entre el hielo.

Eso es Kyiv, Dnipró, Járkov, mientras escribo estas líneas.

Un soldado ucraniano en el frente de Pokrovsk, uno de los puntos más calientes de la guerra.

Un soldado ucraniano en el frente de Pokrovsk, uno de los puntos más calientes de la guerra. Reuters

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Sé que, frente a una atrocidad así, queda bien elogiar la "resiliencia" de los ucranianos: son tan valientes, ¿verdad? Resistieron a las legiones de Putin, ¿cómo no iban a vencer al general Invierno?

Es cierto.

Pero no debería ocurrir que esta legítima admiración por el heroísmo ucraniano nos sirva de coartada y nos dispense de llamar a las cosas por su nombre.

Sería lamentable que nos impidiera ver que se trata de otra forma (aún más temible, porque con la ayuda occidental actual no hay una defensa real posible) de hacer la guerra y de matar.

Hay que imaginar, pero también comprender, que cortar la electricidad, sumir a un pueblo en la oscuridad y el frío, apostar por la fragilidad de los cuerpos que, por debajo de cierta temperatura, ceden y se apagan, es también una manera de destruir una nación.

La guerra por el fuego y por el hielo.

La destrucción mediante lluvias de drones y la multiplicación de apagones.

Una guerra indigna, infame… Una guerra reducida a crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad… pero guerra, más que nunca.

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Es el tipo de guerra en el que pensaba Michel Foucault cuando describía el paso de la política a la biopolítica y, luego, de la biopolítica a la tanatopolítica: ese momento en que el poder ya no gobierna la vida, sino que administra la lentitud de la muerte, calcula el desgaste de los cuerpos, organiza el descenso hacia el agotamiento y gestiona fríamente el umbral de supervivencia de los seres humanos.

Fue la guerra de Hitler cuando decidió no tomar Leningrado, sino rodearla, asfixiarla y esperar a que el frío y el hambre hicieran su trabajo.

Una estrategia de asedio que, como la de Stalin durante el Holodomor, organizando una hambruna genocida, busca crear las condiciones en las que vivir se vuelve biológicamente imposible y en las que la guerra se convierte en administración de agonías.

Fue también la de Julio César, narrada en La guerra de las Galias, donde los estudiantes de antaño aprendían latín sin ver siempre la lección de crueldad que contenía: la abominación del asedio de Alesia, donde las legiones romanas preferían dejar morir antes que asaltar, rebajar la temperatura moral de los valientes galos antes que enfrentarlos.

Y, al final, humillarlos si no los habían matado.

Y es lo que contaba Jenofonte en la Anábasis, con la que aprendíamos griego, cuando se veía al ejército del rey de Persia hostigar a los diez mil hoplitas llegados de las ciudades helenas, cortarles los víveres, inmovilizarlos, hasta que la nieve y la altura hicieran el resto.

El recuerdo de esos soldados congelados, con los miembros ennegrecidos, muriendo de frío dentro de sus armaduras y quedándose dormidos para no sufrir, me ronda la cabeza cuando hablo por teléfono, estos días, con mis amigos de Kupiansk o de Zaporiyia.

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De todo esto pueden extraerse, según el estado de ánimo de cada cual, dos lecciones, complementarias y ambas verdaderas.

Lo que hace Putin en este cuarto invierno, su política de la muerte lenta, su manera de agotar los cuerpos por los nervios, no es una astucia improvisada ni un recurso coyuntural del campo de batalla.

Es una doctrina premeditada, probada y antigua.

Pero, al mismo tiempo, estancarse durante un año a las puertas de Pokrovsk y de Sumy, ver el frente congelarse y vengarse entonces de los bebés, los ancianos, los enfermos y todos los vulnerables, es una confesión de debilidad. Y la prueba de un régimen que ha comprendido que ya no tiene ni las armas, ni los recursos humanos, ni, sobre todo, la energía y la moral necesarias para ganar de otro modo.

Por eso, es imprescindible que el resto de Europa se mantenga firme.

Esta guerra es también su guerra, y debe seguir proporcionando a Ucrania lo que necesita. No sólo para defender sus ciudades, sino para golpear aún con más dureza al agresor.

En esa condición, creo hoy más que nunca en la derrota de Rusia.