Muere el boxeador Maxim Dadashev por las lesiones tras un combate

Muere el boxeador Maxim Dadashev por las lesiones tras un combate

EL PASEÍLLO

Los boxeadores muertos no tienen quien les escriba

Murió Alcántara y murieron los golpes de las teclas en el ring del folio en blanco. La metáfora es un lugar común como el que viene ahora: ya nadie quiere ponerle adjetivos a “la dulce ciencia” (Egan). Faltan frases que resuelvan el nudo ancestral de los que se pegan por el gusto de pegarse.

Por la molienda pasan generaciones de chavales buscándose una salida, en paralelo recorrían el mismo camino los escritores de periódicos que seguían el rastro de sudor del que extraer la pepita de oro de una comparación exacta. Explicar la nariz quebrada esquivando la imagen flagrante del tabique torcido es más suculento que describir un gol, esa avalancha de maniáticos.

Gistau suele explicar que la socialdemocracia decidió soltar lastre en un momento determinado, y entre las pesadas cargas del siglo pasado que no permitían avanzar con la suficiente ligereza estaba el boxeo. Es un deporte criminal porque emite destellos de grandeza verdadera. Las líneas editoriales contemporáneas lo enterraron, perdiéndose la referencia de los triunfos espinosos, dolorosos como derrotas, que sólo he visto sufrir a los toreros y ciclistas.

Los reporteros se acercan al Poli Díaz por el folclore que tiene el pobre torpe que ha dilapidado algún dinero. Las chabolas quedan muy bien en las fotografías, algunas frases de analfabeto con carisma aumentan las reproducciones de vídeo. La droga marcada en las ojeras. ¿Quién quiere ser un mendigo?

Otro lugar común es enumerar las cosas deshechas en esta época prendida de hashtags. La fama está en el humo de los seguidores digitales. Ser influencer es más tranquilo que saltar la comba diariamente. Puede conseguirse algo presuntamente importante sin exponer nada, sentado, en casa. El tacto de la mano del árbitro lanzando el brazo no es reconocible en ninguna esquina informativa. Zambullirse en los puños de otros no tiene mucha explicación. Sólo eso debería poner a los periodistas en las esquinas de los gimnasios, vigilando al último chavalín elástico. Leer el don de esquivar y golpear puede servirle de ayuda a muchos adultos perdidos en la llanura adolescente. Los veinteañeros que apuestan la cara por una porción de leyenda podrían explicar la vida a la tercera edad que se viene.

Murieron dos boxeadores esta semana. Nadie quiere mirar a los ojos a alguien que puede estar dando sus últimos pasos. Es cruel, dicen, asomarse al balcón de la lona. Por las cuerdas, reprochan, gotea el morbo de la sangre. Un puñetazo directo a la sien tiene una belleza que encaja en la prosa. Las muertes no son espectaculares, no se paran los corazones en vivo. Desaparecen los muchachos envueltos en toallas, disueltos en las camas de hospital. Del boxeo se aprovecha el cardio, imprescindible para pasar los afterworks, la vida triste aferrada a los fines de semana. Una lastimosa existencia a miles de kilómetros de los jóvenes que buscan la gloria a pesar de haberse quedado sin épica.    

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