Neymar en la pretemporada con el PSG

Neymar en la pretemporada con el PSG

EL PASEÍLLO

Neymar, vente al Real Madrid

Un post de Hughes sobre Neymar le puso números a mi querencia por el brasileño. La estadística reducía las intuiciones a la cantidad de asistencias y goles del muchacho en Barcelona, París y la selección. Su liderazgo, eso que en la calle se llama "tirar del carro", tenía sentido en la hoja de excel volcada sobre el blog pero, como describía el periodista, no salía fuera, no era reconocible en la panadería.

La actividad puramente futbolística de Neymar es una marejada que choca contra el muro de la opinión pública fácilmente moldeable por los ronceros. Neymar es el enemigo a las puertas de cierta concepción del fútbol muy española, del deporte en general. “‘Es que se va a Brasil’. Hombre, ¡es que es de allí! Como si Brasil nos evocara al Dioni”, escribía Hughes, apiadándose de sus viajes para celebrar las fiestas familiares, ineludibles en la cultura carioca, parece.

Sobre Neymar cae la maldición del talento, el pozo negrísimo por el que desaparecen futbolistas sin dejar rastro. Es una combinación de calidad, estupidez, juventud, ego y malas compañías: nunca es bueno tener a un padre al lado tanto tiempo. Neymar no ha matado al padre, está dirigido por su padre, y eso se nota.

A sus 28 años, Neymar no ha conseguido prácticamente nada de lo que prometía su potencial de jugador descarado y flexible. Ahora, es un reloj enorme haciendo tic tac con altavoces, lo escucha el mundo, en vilo por si se detiene. Llegaron las prisas por demostrar algo, generando confusión, movimientos en falso, estrategias extrañas, lesiones. Carga hasta con Hacienda.

Sigo con tristeza la actualidad que genera, es un reality del deportista malogrado. Antes necesitábamos un documental como el de Allen Iverson para tomar perspectiva, con él asistimos en vivo al hundimiento del mejor jugador nacido en el planeta durante las últimas décadas, me refiero a talento parido, y está aún por liberar. Quizá se retire sin desprecintarse la placenta: eso sería dramático. Existe una oportunidad latente para que no ocurra. Debe ser durísimo alcanzar el cénit como deportista, siendo tan bueno, sin tener casi nada tangible en las manos.

A mí me gusta mucho su forma de moverse por el campo, saltando las líneas precocinadas, la maquinaria pesadísima del juego, un ajedrez sudoroso donde Neymar es la estela coloreada que provoca olas en el engranaje de la gris estrategia. Sonrío cuando lo veo vacilar, aplastar a esos profesionales que odian los regates, es decir, la vida. Y hasta sus quejas y sus teatros, la respuesta en la misma dimensión, con la misma idiotez, a las rabietas que generan sus filigranas.

Dicen que no es profesional, como si jugar al fútbol fuese una oposición de bomberos. Siento debilidad por los que dilapidan la fortuna de los genes por tres o cuatro fiestas. Como si volcara sobre ellos el ideal freudiano de una vida que jamás alcanzaré. Neymar necesita un cheque en blanco, el Bernabéu en el llavero y una pelota por delante.  

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