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EL PASEÍLLO

Aznar no sabe quién es su hijo

Aznar apareció en Valencia madrugándole el verano por las ojeras. Levemente bronceado, agarraba muy fuerte el atril y hablaba enfadado pero alrededor de la sombra del bigote había un Aznar playero representando lo bien que le sienta al partido esa comunidad: dejan atrás el olor a conservador que hay por los callejones de Madrid y se les pone cara de liberales de terraza y camisa blanca. El PP se transforma con la brisa mediterránea, en la ciudad donde arrancaron los tanques el 23-F. Por mucho que haya cambiado cualquiera, siempre hay vestigios que reconfortan un poco. La huella popular en la ciudad se nota: cosmopolita con el rumor de fondo hortera que da la cercanía de un puerto. Hubo un estilo definitivo en sus dirigentes, Camps o Rita Barberá, el Mad max del barrio de Salamanca.

El enfado de Aznar se debía al bullying alt right que Abascal aplica a Casado como si fuera un viejo saco colgado en un gimnasio. El líder de Vox ha conseguido marcarle la agenda a la derecha tradicional moliéndola a base de propuestas verdaderamente ridículas. Casado tiene que contraatacar buscando toros y militares por España o haciendo hablar al falso Adolfo Suárez para que exponga la teoría de que es posible abortar a alguien que acaba de nacer, la mejor defensa que jamás hizo un abogado de José Bretón. El PP suda valores y banderas en los balcones para seguir ese ritmo trepidante de los que no tienen nada que perder.

Aznar observa desde la distancia que -creo- da la paternidad. Los padres siempre tienen una perspectiva diferente, un poco amurallada. Jabois escribió sobre el momento en el que moría su abuelo y nacía su hijo que sintió moverse la rueda de la vida colocándolo a él en el lugar de su padre. Supongo que la muerte de Rajoy hizo que Aznar ocupara el lugar de Fraga. Debe ser complicado ver a tu proyecto de partido llorar porque le roban votos en el recreo. Por eso, la reserva espiritual del PP estalló sin remedio: nadie llama "derechita cobarde" a quien fue las dos derechas tantos años en España, la cobarde y la otra, utilizándolas según convenía. Y porque en el fondo Abascal dice las cosillas que le fliparía decir a Aznar. 

Aznar quizá no sabía, como suele pasar con el amor, que ofenderse le da validez al insulto. Si la expresión derechita cobarde se había institucionalizado gracias a los carriles secundarios que tiene el mainstream en las redes sociales, escuchada de boca del sistema coge velocidad de crucero. Suena bien en sus labios. Al pobre Casado le va a venir regular que sean los mayores quienes salgan a defenderlo mientras trata de definirse con las encuestas ensayando un drama.

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