La reacción de Sánchez y los suyos cargando contra Guardiola y Azcón por haber convocado elecciones anticipadas y propiciado así el auge de Vox recuerda a la de Trump ante los sondeos adversos.

"Cuando lo piensas, no deberíamos ni siquiera tener una elección", dijo el mes pasado al detectar sus malas perspectivas en las intermedias de noviembre.

"Habría que cancelar las elecciones por las noticias falsas que difunde esa gente", añadió refiriéndose a los demócratas.

Luego matizó que lo decía en broma, pero insistió en que si su política es la correcta, las urnas sólo deberían servir para validarla.

Parece que eso mismo está en la cabeza de Sánchez cuando su equipo pronostica que no sólo no adelantará las generales que deberían celebrarse en julio del 27, sino que las retrasará hasta septiembre, apurando todas las triquiñuelas legales.

O sea que el problema de estas autonómicas no es que se hayan anticipado, sino que se hayan celebrado. Que haya habido dirigentes que al no poder aprobar sus presupuestos hayan dado el 'mal ejemplo' de buscar en las urnas una mayoría que los respalde.

Y que eso haya permitido al PP y Vox 'manipular' a los extremeños y aragoneses, divulgando 'bulos' contra el colocador del hermano músico del presidente y contra su propia ex portavoz del Gobierno. Y encima desdeñando algo tan trascendental como que él mismo se comprometiera a obligar a los "tecnoligarcas" a "sacar sus sucias manos de los móviles de los chavales aragoneses".

A ver si va a resultar que el problema no es la extrema derecha, ni la derecha extrema, ni los señores de los puros, ni los bancos, ni las eléctricas, ni la sanidad privada, ni Trump, ni Milei, ni Elon Musk, ni Giorgia Meloni, sino la súbita credulidad y falta de valores 'progresistas' de los extremeños, aragoneses, castellanoleoneses y andaluces.

A ver si a este paso el verdadero problema de Sánchez vamos a ser los españoles.

A Sánchez siempre le quedará alguien como Rufián.

A Sánchez siempre le quedará alguien como Rufián. Javier Muñoz.

¿Desembocará todo esto en un cuestionamiento de la democracia formal como parte de la revisión del "régimen del 78", a la que tanto le instan sus compañeros de viaje de los últimos ocho años?

¿No supone acaso una befa implícita al principio de delegación parlamentaria, y por lo tanto al propio sufragio universal, que Gabriel Rufián diga que "representar a alguien de Algeciras no me hace menos independentista catalán"?

¿O es que ese pobre "alguien" no va a darse cuenta de que la brecha de renta per cápita efectiva entre los 16.500 euros de cada catalán y los 11.000 de cada algecireño se dispararía aun más, si Cataluña se separara de España o incluso si consiguiera el sistema de financiación arrancado a Sánchez por el jefe de Rufián?

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Desde que llegó al poder, Sánchez no ha dejado de bailar con lobos. Es más: se ha dedicado a adjudicar expendedurías de radicalismo, demagogia y bronca como si fueran estancos.

Y garantizando buenas rentas a los agraciados.

A lo largo de estos años ha inventado y perfeccionado la "máquina del fango", atribuyéndola a sus adversarios, pero subcontratándola a la vez entre sus amigos más salvajes.

La serie histórica los delata, pues todos responden al mismo patrón: Pablo Iglesias, Irene Montero, Ione Belarra, la propia Yolanda Díaz, Otegi, Mertxe Aizpurua, Óscar Puente, Óscar López y ahora Rufián.

Parece un mal sueño que Pablo Iglesias pasara de impulsar la cofradía del "jarabe democrático" en forma de escraches y promocionar la guillotina y las armas de fuego en una emisora sufragada por Irán, a ocupar la Vicepresidencia del Gobierno.

El presidente procuraba guardar las formas —sin conseguirlo siempre— y adoptar un cierto aire institucional, reforzado por sus continuos viajes al extranjero. Pero a la vez hacía suya la recomendación de Marco Antonio en el tercer acto de "Julio César": "Grita: '¡Devastación!' y da rienda suelta a los perros de la guerra".

Esos han sido, están siendo, sus 'perros de la guerra'. Radicales de taburete portátil, tribunos de plató de televisión, agitadores de barra de bar que han encontrado en las redes sociales el hábitat ideal para la bronca y la camorra.

Parece un mal sueño que Pablo Iglesias pasara de impulsar la cofradía del "jarabe democrático" en forma de escraches y promocionar la guillotina y las armas de fuego en una emisora sufragada por Irán, a ocupar la Vicepresidencia del Gobierno.

Pero así fue y con él elevó a la categoría de ministras a dos activistas atrabiliarias e incompetentes como Belarra y su propia pareja, Irene Montero. Dos gritonas profesionales que, tras dejar como legado el bumerán legislativo que no para de favorecer a los violadores, ahora promueven el reemplazo de los españoles que no chillan como ellas por inmigrantes de su misma laya.

Puestos a frotarnos los ojos, ahí están los pactos con Bildu que la madre del asesinado Pagaza profetizó hace veintiún años: "Haréis cosas que nos helarán la sangre".

Y, en efecto así está siendo. El infame Otegi aparenta ser el socio más incondicional de Sánchez, mientras una socialista, la consejera vasca de Justicia María Jesús San José —toda una sagrada familia al servicio de la peor causa— excarcela a un asesino etarra cada once días.

Nada tan coherente como que el último haya sido uno de los miembros del comando que mató vilmente a López de Lacalle, puesto que el hoy líder de Bildu se presentó ante la iglesia de Andoain para justificar aquel crimen como la forma de "poner encima de la mesa el papel de medios de comunicación que, a juicio de ETA, están planeando una estrategia informativa de manipulación".

Al menos Sánchez y los suyos se limitan de momento a robar la publicidad institucional que corresponde a nuestros lectores.

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Pero dime con quién andas y te diré quién eres. Muchos socialistas cabales escucharon esta semana la pregunta en voz alta que formuló Felipe González desde el Ateneo: "¿Es de verdad más legítimo pactar con Bildu que pactar con Vox?"

Y la gran mayoría no pudo por menos que agachar la cabeza y hacer suyo el "No lo veo" de su líder histórico.

¡Si Umbral levantara la cabeza y me viera coincidiendo tanto con aquel a quien él llamaba "Glez"! Pero, incluso encerrado en esa apócope, su talla política convierte en 'mindundis' a los ministrillos que le tiran canicas e incluso balbucean que se vaya del partido.

El día que los apeen del cargo, nadie se acordará de ellos, aunque sigan vivos, y la historia del PSOE seguirá tan pegada a la figura de González —también en su lado oscuro— como el gabán de Pablo Iglesias.

El periodo de Zapatero se percibirá como un intento fallido de reinventar el socialismo democrático y el de Sánchez como el apogeo del oportunismo, la corrupción y el caínismo.

Puestos a frotarnos los ojos, ahí están los pactos con Bildu que la madre del asesinado Pagaza profetizó hace veintiún años: "Haréis cosas que nos helarán la sangre".

Como dice Page, nunca se había vivido nada tan "miserable" como la profanación de la tumba de Lambán por Óscar López.

Y es que, incluso al margen de la truculencia de arremeter contra un difunto, parece inaudito que, quien llegó a respaldar al alcalde de Ponferrada tras el caso Nevenka, acuse de tibieza a Lambán frente a un gobernante eficaz y honorable como Azcón.

Pero por mucho que recurra a una fingida micropsia para mantener el ademán, el presidente no puede dejar de ser consciente del tamaño que van adquiriendo los escándalos que le rodean.

Mientras su ex número dos José Luis Ábalos iba camino del banquillo, esta semana el chofer de la empresaria Carmen Pano corroboraba ante el juez que vio como entró en Ferraz con una bolsa con "fajos de billetes" y salió sin ella.

Si su declaración ha sido remitida por el juzgado de los hidrocarburos al de la financiación irregular del PSOE, es porque la entrada de dinero en metálico sin control concuerda con la salida en metálico sin control. El mismo modus operandi de la Gürtel, cuyos atisbos dieron pie a la moción de censura de Sánchez.

¡Cómo ha cambiado la ética política! Cuando descubrimos en el 91 el caso Filesa, la reacción más o menos explícita fue que robar para el partido no era tan grave porque la financiación no era suficiente ni estaba bien regulada. Lo que sí sería un escándalo que requeriría dimisiones al más alto nivel, se decía, es que hubiera altos cargos que se lo hubieran llevado crudo.

Ahora que Ábalos, Santos Cerdán y ya veremos cuántos más han sido cogidos con las manos en la masa, se alega lo contrario. Que en toda organización puede haber manzanas podridas sin que el jefe se dé cuenta y que lo grave sería que hubieran robado para el partido.

Pero incluso en este marco de cinismo intelectual resulta chocante que quien más explícitamente dijo que "si estamos hablando de la Gürtel del PSOE, le pediremos al presidente que convoque elecciones", se haya convertido en el último guerrillero que ha dado un paso al frente dentro del Ejército de Pancho Villa del sanchismo.

Me refiero, claro, a Rufián, aclamado el miércoles por la bancada socialista tanto por su encendida defensa del indefendible Óscar Puente, como por sus desaforados ataques a Ayuso y Feijóo.

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Es lógico que, cuando Sánchez se va quedando sin paladines, bien porque estén en la cárcel o camino de ella, bien porque hayan sido arrasados en las urnas o lleven camino de serlo, bien porque sean ya carne de desguace o lleven camino de ello, emerja como última esperanza alguien como Rufián.

El perfil publicado ayer en EL ESPAÑOL por Julio César Ruiz Aguilar lo retrata a la perfección como el "matón verbal" —así lo definió Antonio Baños de la CUP— que pasó de estar en paro y al borde del desahucio a convertirse en agitador del hemiciclo y estrella de TikTok.

Su retahíla de provocaciones comenzó proclamándose "charnego independentista", llamando "traidores" a los diputados del PSOE que se abstuvieron en la investidura de Rajoy, llevando al escaño una impresora 'indepe' y amenazando con unas esposas al presidente del PP.

Entre tanto había lanzado contra Puigdemont la injuria de las "155 monedas de plata" al llamarle vendido por vacilar a la hora de declarar la independencia. Años después le tildaría de "tarado" en TV3. Y entremedias había calificado a Borrell de "fascista" y había pedido la voladura de la cruz del Valle de los Caídos.

Mientras su ex número dos José Luis Ábalos iba camino del banquillo, esta semana el chofer de la empresaria Carmen Pano corroboraba ante el juez que vio como entró en Ferraz con una bolsa con "fajos de billetes" y salió sin ella.

Por algo sus propios compañeros de Esquerra le bautizaron como "Catalan Psycho", asimilándole al desalmado protagonista de Easton Ellis, tras una trifulca violenta con otro miembro del grupo parlamentario.

Pues bien, este es el hombre en el que Sánchez ha depositado su confianza para reconstruir el espacio a la izquierda del PSOE, una vez que los restos de Yolanda Díaz sean trasladados al baúl de los juguetes rotos.

Estaríamos de nuevo ante una carambola catalana pues la jugada tendría como inicio el retorno de Puigdemont, favorecido por la sentencia del TJUE y el amparo que Bolaños ya le ha cocinado en el Constitucional a través de la Fiscalía y la Abogacía del Estado.

Sánchez terminaría la legislatura —incluso podría intentar aprobar un presupuesto— agarrado de un brazo de Puigdemont y del otro de Rufián. Esa sería otra vez su combinación electoral, engañando de nuevo al líder de Junts y embarcando a sus otros socios en una especie de "Operación Roca" de la extrema izquierda, salvando todas las distancias.

De mejunjes como estos se nutren los sueños de los gobernantes. También las peores pesadillas de los gobernados.

En su última crónica parlamentaria, nuestro flamante novelista Daniel Ramírez ironizaba con que Rufián debía haberse leído las Obras Completas de Ortega para vertebrar la izquierda invertebrada. Pero a juzgar por lo que vemos y oímos, está claro que se saltó el gran discurso sobre los "payasos" y los "jabalíes" en las Cortes Constituyentes de la Segunda República.