Como se presumía, la cumbre del G7 celebrada en Biarritz ha servido para bien poco. Concretamente para evidenciar que el mundo carece, a día de hoy, de un mínimo entendimiento para abordar los grandes desafíos de nuestro tiempo. Que no haya un texto conjunto rubricado por los grandes mandatarios tras la cita es la muestra de que las cumbres de este tipo se han vuelto estériles.

Y se han vuelto estériles por varios motivos que hay que consignar. Porque si algo ha dejado claro el encuentro de Biarritz es que el mundo asiste a la consolidación de hiperliderazgos populistas, como el que encarnan tanto el presidente Donald Trump como el premier Boris Johnson. En realidad, la cumbre francesa ha sido un mero escenario para mostrar la sintonía entre Estados Unidos y el Reino Unido en su desprecio a Europa. También para que Trump presione para que la Rusia de Vladimir Putin forme parte del selecto club de las economías más pudientes del planeta.

Consenso

En Biarritz no se han llegado a consensos sobre temas capitales que afectan directamente a la vida de los ciudadanos como el desafío nuclear de Irán, la guerra comercial de los Estados Unidos con China, las consecuencias perversas del 'brexit' que defiende Boris Johnson o las revueltas en Hong Kong frente al régimen de Pekín. También se ha orillado, por ejemplo, el drama ecológico que suponen los pavorosos incendios en la Amazonia brasileña.

Biarritz nos muestra que los grandes líderes son incapaces de institucionalizar un protocolo de acuerdos mínimos para que el mundo afronte coordinado los desafíos globales. Además, la cita en la localidad vascofrancesa ha escenificado el crepúsculo de liderazgos como el del presidente francés Emmanuel Macron o su homóloga germana, Angela Merkel.

Ironía

Con su declive, -Macron cuestionado por la opinión pública francesa por su conflicto con los llamados chalecos amarillos y Merkel viviendo los últimos momentos de su carrera- asistimos al fin de un ciclo y de unos políticos que defendieron la necesidad de que el mundo estuviera regido por una cierta gobernanza que la ONU, por ejemplo, es incapaz de garantizar hoy día. Y todo esto cuando perfiles como el de Matteo Salvini o Jair Bolsonaro se empiezan a afianzar peligrosamente.

Cabe preguntarse en manos de quiénes estamos para abordar tragedias globales como el cambio climático o desafíos como los síntomas de recesión que atenazan a la economía mundial. Es irónico asistir a esta desunión de los principales líderes, a la muerte del multilateralismo en Biarritz, cuando conmemoramos el 80 aniversario del inicio de la II Guerra Mundial, un conflicto sangriento que nos alertó del peligro que encierra un mundo incapaz de entenderse.