Lazos amarillos en el parque de la Ciutadella de Barcelona.

Lazos amarillos en el parque de la Ciutadella de Barcelona. Efe

TRIBUNA

Salvar a los catalanes del catalanismo

El autor explica un modo de pensar propio de las pseudociencias, con su típico mecanismo autocorrector.

Decía Mallarmé que una tirada de dados jamás aboliría el azar. Lanzar los dados es un juego de azar y no podemos situarnos al mismo tiempo dentro y fuera de ese universo. El célebre poeta simbolizaba con su imagen la contingencia del ser, pero esa paradoja de quien pretende abolir los resultados de un juego sin cuestionarse sus reglas también podemos observarla cada día en otros ámbitos más prosaicos, como el de la política.

La política catalana, particularmente, lleva varias décadas jugando al mismo juego, en el mismo tablero y con las mismas reglas. Son el juego, el tablero y las reglas del catalanismo. Hasta fechas muy recientes ningún partido se ha aventurado más allá de los límites fijados por una determinada manera, considerada la única aceptable de hacer política en casa nostra, y cuando alguno lo ha hecho, ha sido tímidamente.

Que en Cataluña seguimos encerrados con un solo juguete lo demuestra el hecho de que incluso una de las voces más autorizadas, prestigiosas y carismáticas de la resistencia al nacionalismo, el catedrático Francesc de Carreras, haya jugado su cuarto a espadas, en un reciente artículo en El País que ha tenido muy notable repercusión, en el gran proyecto de salvar el catalanismo. El admirado profesor da ya la fórmula definitiva, radical et gauche, para redimir al catalanismo de cualquier culpa respecto a la situación que estamos padeciendo los catalanes: consiste en considerar que el catalanismo es algo inédito en Cataluña; o sea, que aquí nunca ha gobernado el catalanismo, que lo que ha habido ha sido pujolismo, y que cuando lo que ha habido no ha sido pujolismo, también lo ha sido.

Como el lector avisado habrá descubierto ya la inconsistencia, rayana en la agramaticalidad, del final de párrafo que acabo de escribir, me apresuro a advertir que el modo de pensar que lo sostiene no es nada inhabitual. De hecho está muy extendido.

Es el modo de pensar propio de las pseudociencias, con su típico mecanismo autocorrector: las interpretaciones de los adeptos de cada paradigma se consagran a confirmar los dogmas sobre los que éste se funda, y si algo falla… los adeptos se las ingenian para demostrar que nos hallamos ante la excepción que confirma la regla. El comportamiento es siempre el mismo, ya se trate del paradigma parapsicológico, del creacionista, del comunista, o del catalanista. Las fronteras que demarcan las respectivas bases ideológicas no pueden ser transgredidas, de tal modo que, si los resultados son catastróficos, la explicación es que esas bases ideológicas, que permanecen incuestionadas como dogmas que son, no se han realizado con la suficiente pericia o suerte.

Sólo desde una perspectiva semejante puede entenderse que a día de hoy todavía se defienda como axioma la bondad del “catalanismo histórico entendido como ideología transversal” -por transversal cabe entender aquí “de todos los ciudadanos de Cataluña que deseen hacer algo en nuestro país”-, y la bondad de algunas consecuencias de este axioma, entre ellas la de que la Generalitat deba tener en Cataluña “la competencia exclusiva en materia de cultura para proteger y desarrollar eficazmente su patrimonio”. 

La realidad, por el contrario, es que este “triunfo” del catalanismo en 1979, lejos de ser el final feliz de una tendencia positiva, fue el triste origen de la tendencia negativa que ha impedido que en Cataluña fraguase una sociedad auténticamente abierta que propiciase el entendimiento entre todos los catalanes sin pasar por el peaje de una previa profesión de fe catalanista, es decir, con igualdad de derechos y posibilidades para todos los catalanes, sin distinguir entre quienes decidiesen vivir bajo el techo de esa supuestamente acogedora “casa común” del catalanismo transversal, y quienes optasen por vivir a la intemperie, al aire libre.

Es eso, aire libre, lo que necesitamos muchos catalanes. Salir de esa habitación en la que permanecemos encerrados con un solo juguete, empeñados en contravenir aquella recomendación de Einstein que aconsejaba no hacer siempre lo mismo si buscamos resultados diferentes. Es el abecé del pensamiento creativo, lateral: pensar fuera de la jaula. 

Necesitamos nuevos esquemas, nuevos marcos de pensamiento, nuevas referencias para superar el catalanismo. Levantando esa losa surgirá en todo su esplendor y autenticidad la poderosa vitalidad de una sociedad con nuevos intereses, proyectos y ambiciones, una sociedad preparada para ganarse el futuro, que superará con creces los límites de una propuesta política, la catalanista, nacida para dar satisfacción a los intereses, proyectos y ambiciones de un puñado de señores acomodados del siglo XIX.

Ciertamente, como apuntaba el profesor De Carreras, al catalanismo no hay que salvarlo, lo que resulta ya urgente es salvar a los catalanes del catalanismo.

***Pedro Gómez Carrizo es editor

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