La guerra electrónica en la captura de Nicolás Maduro.

La guerra electrónica en la captura de Nicolás Maduro. Imagen generada por IA

Observatorio de la Defensa

La caída de Maduro como escaparate de la guerra electrónica

La caída del poder en Caracas se decidió en un frente invisible: la captura de Maduro confirmó que, en la guerra del siglo XXI, la tecnología define la fuerza militar.

Alfredo Estirado
Publicada

Caracas, Venezuela, 3 de enero de 2026. La Operación Resolución Absoluta se completa con éxito y Nicolás Maduro junto con su esposa son trasladados a un centro penitenciario de Nueva York. ¿El elemento decisivo? La tecnología.

Desde que se perpetrara dicha operación, han sido numerosos los análisis que se han llevado a cabo sobre el plan de acción que se siguió, pero hay que fijarse especialmente en una de las claves: la operación cibernética que logró desactivar la defensa aérea de la capital venezolana y bloquear su suministro eléctrico, dejando la ciudad a oscuras para facilitar la entrada de aviones, helicópteros y drones del ejército de Estados Unidos.

Este hecho ha dejado en evidencia que contar con un sistema de defensa cibernética robusto no es una opción, sino una obligación, y que la guerra moderna cuenta con armas y campos de batalla invisibles y cada vez más peligrosos.

Sistemas de misiles paralizados, aviones de guerra electrónica (EW) que emiten señales de interferencia (como los EA-18G Growler de Estados Unidos) que no solo ciegan radares, sino que son capaces de crear blancos falsos o manipular datos de sensores, son solo algunos ejemplos de lo que el uso de la tecnología de guerra electrónica puede conllevar.

Esta nueva modalidad de combate se ha convertido en un pilar esencial de cualquier fuerza armada contemporánea.El control del espectro electromagnético se ha convertido en una condición indispensable para alcanzar y mantener la superioridad operativa.

Contar con un sistema de defensa cibernética robusto no es una opción, sino una obligación.

Sin ese control, como hemos comprobado en el ejemplo de la captura de Maduro en Venezuela, el mando se diluye y las comunicaciones se vuelven vulnerables o directamente desaparecen, lo que sitúa a esta capacidad en el núcleo de las necesidades operativas de las Fuerzas Armadas.

En el escenario de combate actual, carecer de un sistema propio de guerra electrónica, plenamente operativo y tecnológicamente actualizado, equivale en la práctica a renunciar a desplegar y emplear tropas con eficacia.

La madrugada del 3 de enero marca un punto de inflexión en la geopolítica actual y lanza la pregunta de qué arquitectura militar está realmente preparada para resistir un escenario similar. El colapso del entramado defensivo venezolano no fue consecuencia de un fallo humano, sino del desfase entre generaciones tecnológicas.

Una brecha que puede explicarse a partir de tres elementos decisivos: la capacidad furtiva de los aviones de combate frente a los sistemas de detección tradicionales, la anulación de los radares mediante medios de guerra electrónica y el impacto —tanto operativo como estratégico— de las operaciones en el ciberespacio.

El colapso del entramado defensivo venezolano no fue consecuencia de un fallo humano, sino del desfase entre generaciones tecnológicas.

En el escenario estratégico actual, la supremacía militar ya no se mide solo en número de efectivos, plataformas o potencia de fuego convencional, sino en la habilidad para fusionar capacidades tecnológicas, gestión de la información y control de los dominios invisibles del conflicto.

Los países que no apuesten de manera continuada por la ciberseguridad, las operaciones electrónicas y el dominio del espectro electromagnético quedarán expuestos a debilidades sistémicas de difícil corrección.

Sin duda, en el contexto global actual, la tecnología ya no es un apoyo adicional, sino la base sobre la que se construyen una defensa eficaz y una capacidad real de disuasión.

Sin esa superioridad tecnológica, cualquier estrategia militar queda expuesta y pierde credibilidad frente a adversarios cada vez más sofisticados.

*** Alfredo Estirado, es CEO de TRC