Un hombre sostiene una bandera con una imagen del fallecido líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Ruhollah Jomeini, del fallecido ayatolá Ali Jamenei, y del nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei.

Un hombre sostiene una bandera con una imagen del fallecido líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Ruhollah Jomeini, del fallecido ayatolá Ali Jamenei, y del nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei. Majid Asgaripour Reuters

Oriente Próximo

El líder supremo de Irán trata de unificar a las facciones y enfría las prisas de Trump por alcanzar un acuerdo rápido

Mientras Jamenei intenta unir a moderados y halcones en un solo frente, Estados Unidos y sus aliados siguen sin entenderse del todo tras el fallido 'Proyecto Libertad', que ha dejado más dudas que certezas en la región.

Más información: Estados Unidos e Irán acercan posturas para un acuerdo de 14 puntos que reabriría el estrecho de Ormuz "gradualmente"

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Las claves

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El líder supremo de Irán, Mojtaba Jamenei, reaparece tras meses de ausencia y busca unificar las distintas facciones del régimen frente a las negociaciones con Estados Unidos.

El presidente iraní, Masud Pezeshkian, destaca la actitud dialogante de Jamenei y condiciona el retorno a las negociaciones al levantamiento del bloqueo naval estadounidense.

Las negociaciones actuales giran en torno a un acuerdo similar al JCPOA de 2015, pero existen grandes diferencias sobre las exigencias nucleares y el levantamiento de sanciones.

Arabia Saudí y otros países del Golfo prefieren una solución que debilite militarmente a Irán, mientras que la presión interna y externa complica que Trump logre un acuerdo rápido.

El líder supremo de Irán, Mojtaba Jamenei, lleva más de dos meses sin aparecer en público. Exactamente desde que fue elegido para suceder a su padre. Herido en los primeros bombardeos, el nuevo jefe de los ayatolás ha gobernado todo este tiempo —presuntamente— desde la clandestinidad: solo comunicados escritos, sin imagen ni voz.

Por eso, cuando el presidente Masud Pezeshkian reveló este jueves, en una reunión con representantes sindicales y gremiales, que había tenido un encuentro "completamente sin mediadores" con Jamenei de dos horas y media, la noticia sacudió los tableros mediáticos.

"Lo que más me llamó la atención fue su perspectiva y su conducta profundamente sincera y humilde, un enfoque que transformó el ambiente en uno de confianza, calma, empatía y diálogo directo", afirmó Pezeshkian tras el encuentro.

Cualquier analista puede leer ese tono en clave política: el líder supremo está vivo, funcional y, sobre todo, en contacto con el ala moderada del régimen.

Que Pezeshkian haya revelado el encuentro en un acto público —no en un comunicado oficial— tiene una lógica interna precisa. El presidente lleva semanas intentando tender puentes entre el sector civil del Gobierno y la Guardia Revolucionaria, que ha humillado en varias ocasiones al ministro de Exteriores, Abás Araqchi, cuando este ha intentado mostrar flexibilidad negociadora.

Mohammad Baqer Qalibaf, el presidente del Parlamento y antiguo comandante de los Guardianes de la Revolución, actúa como la otra bisagra entre los dos mundos.

Ahora bien, según el portal de noticias Axios, Qalibaf "amenazó con dimitir como negociador jefe" tras las divisiones internas en la primera ronda celebrada en Islamabad.

Si Jamenei ha recibido a Pezeshkian, la lectura más razonable es que el líder supremo está tratando de hacer lo que muchos dudan que sea posible: unificar las facciones en torno a una posición común para responder con una sola voz a las distintas ofertas de paz que van llegando desde Washington. Todas ellas, con un innegable aire de familia.

Una propuesta a la Obama

La advertencia que Pezeshkian lanzó en su discurso no dejó margen para la ambigüedad: Teherán no volverá a la mesa mientras siga el bloqueo naval.

Dicho de otra manera: mientras Trump celebraba en Truth Social que las conversaciones con Irán eran "las mejores y más productivas" que había tenido en semanas, el presidente iraní ponía sobre la mesa una condición que Washington ha rechazado públicamente de forma reiterada.

Lo cierto es que la propuesta que está ahora mismo sobre la mesa se parece demasiado al Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés) que Trump dinamitó en 2018.

Axios reveló el miércoles los puntos básicos del memorándum de una página que los negociadores están intentando acordar: Irán se comprometería a una moratoria sobre el enriquecimiento de uranio, Estados Unidos levantaría las sanciones y liberaría los miles de millones en fondos iraníes congelados, y ambas partes eliminarían las restricciones sobre el tránsito por el estrecho de Ormuz.

El Wall Street Journal detalló que los negociadores habrían acordado suspender el enriquecimiento durante 12 a 15 años para luego permitir a Irán enriquecer hasta el 3,67% —exactamente el límite del JCPOA de 2015—, con inspecciones de la ONU y una inyección monetaria vinculada a la implementación del acuerdo, no a su firma.

El mismo WSJ recogía también la versión maximalista de Washington, es decir, la que Irán lleva rechazando cinco semanas: desmantelamiento completo de las instalaciones nucleares de Fordow, Natanz e Isfahan, prohibición de actividad nuclear subterránea y moratoria de veinte años del enriquecimiento.

El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio.

El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio.

El secretario de Estado, Marco Rubio, quiso matizar públicamente estos requisitos: "Podrían tener un programa nuclear civil si eso es lo que quieren… pero no están actuando como si fuera eso lo que quieren".

Israel, Emiratos y Arabia Saudí prefieren la guerra

Lo que no puede disimular la Administración Trump es la sensación de urgencia. El reloj constitucional sigue corriendo, el coste de la guerra supera cualquier cifra que el Pentágono quiera admitir en público y las encuestas no mejoran.

Pakistán confirmó que "la perspectiva de una propuesta es muy probable en los próximos días". Si se firma ese memorándum, Trump podrá venderlo como victoria. Si la comparación con el JCPOA emerge con fuerza, tendrá un problema político de primera magnitud.

Ahora bien, para entender por qué Trump no puede firmar lo primero que le presenten, basta con mirar lo que pasó esta semana.

Los ataques iraníes sobre los Emiratos demostraron que cualquier acuerdo que deje a Irán con capacidad militar operativa convierte indefinidamente a los países del Golfo en rehenes de Teherán.

Lo que quieren Emiratos, Arabia Saudí, Baréin y Qatar, según cuatro altos cargos citados por The Times of Israel, es que Irán salga de esta guerra "militarmente degradado hasta el punto de dejar de suponer una amenaza".

Nadie tiene más peso en esta ecuación que el príncipe heredero saudí Mohamed bin Salmán. Arabia Saudí puede exportar cinco millones de barriles diarios a través del gasoducto Este-Oeste, que evita el estrecho, lo que le da una autonomía negociadora que convierte a Riad en el árbitro definitivo de cualquier solución.

Sin su espacio aéreo y sus bases, Estados Unidos no puede operar en la región con la eficacia que necesita. Se demostró con el Proyecto Libertad: cuando Arabia Saudí cerró el acceso a la base del Príncipe Sultán —CBS lo reveló primero; NBC lo confirmó citando a dos altos cargos estadounidenses—, la operación colapsó en menos de 36 horas.

El 'Proyecto Libertad'

Trump anunció el 'Proyecto Libertad' el domingo por la tarde en redes sociales sin consultar a sus aliados del Golfo. De hecho, Catar se enteró cuando la operación ya había comenzado.

Como respuesta, Arabia Saudí y Kuwait cerraron sus bases y su espacio aéreo a los bombarderos estadounidenses. La operación se saldó con dos barcos escoltados en dos días, frente a los más de 100 que transitaban el estrecho diariamente antes de la guerra.

El primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, agradeció públicamente a Trump su decisión de pausar el proyecto, una nueva señal de que Islamabad gana peso como mediador a costa de Washington.

Con la operación suspendida, Arabia Saudí y Kuwait reabrieron su espacio aéreo. Las llamadas que siguieron —Trump con MBS, Rubio con los ministros de asuntos exteriores de los países del Golfo— no han trascendido en detalle, aunque la posición saudí es conocida: valora los esfuerzos de Pakistán, pero quiere ser consultada antes de cualquier movimiento militar.

La conclusión de esta novena semana de enfrentamientos es que EEUU ha mostrado indecisión, imprevisibilidad y miedo a continuar la guerra.

Los mercados han respondido con volatilidad extrema; una volatilidad, por cierto, de la que algunos han sacado partido con una precisión que apesta a información privilegiada.

El Departamento de Justicia, junto a la Comisión de Comercio de Futuros, investiga al menos cuatro operaciones bursátiles en las que distintos traders apostaron más de 2.600 millones de dólares a la caída del petróleo justo antes de anuncios decisivos de Trump.

De 90 a 120 días sin crisis económica

En definitiva, Irán parece haberle tomado la medida a Trump. Sabe que no tiene dinero para continuar la guerra indefinidamente, que el Congreso le pisa los talones, que sus aliados del Golfo necesitan ser consultados antes de cada movimiento y que cada declaración en Truth Social puede mover miles de millones en los mercados de materias primas.

Si Jamenei logra unificar las facciones —que es exactamente lo que la reunión del jueves sugiere que se está intentando—, Trump se encontrará negociando con un interlocutor más sólido, en peores condiciones que las de hace un mes y con menos tiempo del que le gustaría admitir.

Un interlocutor que, además, según la propia inteligencia estadounidense, no teme al caos económico que el presidente norteamericano lleva tiempo presagiando: según el Washington Post, la CIA estima que Irán puede sobrevivir al bloqueo estadounidense de 90 a 120 día más, antes de enfrentarse a dificultades económicas realmente graves. Un motivo más para evitar un mal acuerdo y seguir jugando con la paciencia de Occidente.