Donald Trump, a su llegada al Jardín Sur de la Casa Blanca en Washington.

Donald Trump, a su llegada al Jardín Sur de la Casa Blanca en Washington. Annabelle Gordon Reuters

Oriente Próximo

Trump ultima una ofensiva contra Irán sin el respaldo de sus aliados en el Golfo: "El tiempo se está acabando"

Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos prohíben sobrevolar su espacio aéreo para lanzar una ofensiva contra la República Islámica, pero Estados Unidos ve abierta una ventana de oportunidad para debilitar el régimen.

Más información: EEUU despliega "más fuerzas que en Venezuela" para atacar Irán pero Trump no descarta negociar con los ayatolás

Estambul
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Las claves

Donald Trump prepara una ofensiva contra Irán sin el apoyo político ni logístico de sus aliados del Golfo, quienes temen represalias y desestabilización regional.

Turquía se opone a una intervención extranjera en Irán por miedo a una mayor inestabilidad en su frontera y posibles flujos migratorios, mientras que Israel apoya una acción que degrade el programa nuclear iraní.

La estrategia estadounidense contempla ataques limitados para presionar a Irán, pero el riesgo de represalias asimétricas y desestabilización regional es alto, especialmente para Irak, el Golfo y Europa.

Irán mantiene un fuerte aparato represivo y militar, lo que dificulta una transición interna y podría provocar un ciclo de protestas y represión tras una ofensiva externa.

Todas las señales hacen presagiar que el ataque de Donald Trump en Irán es inminente. El mandatario republicano está acelerando los preparativos para una ofensiva contra Irán en un contexto paradójico: dispone de una arquitectura militar suficiente para golpear, pero carece —por ahora— del respaldo político y logístico que normalmente aportan los socios del Golfo.

"El tiempo se está acabando", escribió Trump, acentuando la urgencia, al pedir a Teherán que acepte un acuerdo "sin armas nucleares", mientras advertía de que "el próximo ataque será mucho peor".

La Administración Trump, además, intenta cimentar la narrativa de "oportunidad": Marco Rubio declaró este miércoles ante el Senado que el Gobierno iraní está "probablemente más débil que nunca", con la economía "en colapso", y estimó que en las protestas han muerto "miles, seguro", pronosticando que los estallidos volverán.

Ese marco es funcional para justificar presión máxima: Irán estaría debilitado fuera —tras golpes previos— y tensionado dentro, lo que, en teoría, reduciría el coste de forzar concesiones.

Sería un ataque limitado y diseñado para coaccionar, castigar y forzar cambios de conducta, más que para abrir una guerra total. Se atisban ciertos paralelismos con Venezuela, pero la República Islámica presenta una mayor complejidad y retos gigantescos.

Para empezar, las potencias regionales, como sus aliados del Golfo, han anunciado que no participarán. Turquía, miembro de la OTAN, se muestra temerosa y teme una escalada regional. Israel está encantado.

La negativa del Golfo no es por simpatía por Teherán, sino que responde a un cálculo frío: en 2019 Irán golpeó instalaciones petroleras saudíes, y Riad y Abu Dabi han sido objetivos recurrentes de ataques de Irán o de sus aliados.

En palabras de Karim Sadjadpour, analista del Carnegie Endowment for International Peace, un prestigioso think tank con sede en Washington, ambos preferirían un Irán "degradado y menos amenazante", pero temen la represalia y la desestabilización regional y no quieren ser "la punta de lanza" de Estados Unidos.

La negativa saudí-emiratí no hace imposible una acción estadounidense, pero la "americaniza". Ex altos mandos citados por The Wall Street Journal advierten de que complica la planificación, obligando a depender más de aviación embarcada y de activos de largo alcance —incluida la opción de bombarderos desde fuera del Golfo, o bases como Diego Garcia—, además de despliegues en Jordania.

Turquía dice no

El otro actor regional que está jugando a frenar —por motivos distintos— es Turquía.

Un análisis de Iran International describe cómo Ankara ve el actual ciclo de protestas y represión no como una "lucha por la libertad", sino como un riesgo geopolítico: Irán funciona como "Estado tapón" que ha contribuido a estabilizar su frontera oriental durante décadas, y su debilitamiento podría abrir la puerta a militancia (PKK/PJAK, considerados grupos terroristas por Ankara) y a nuevos flujos de refugiados, con el precedente sirio como trauma estratégico.

El presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, trasladó a su homólogo iraní, Masud Pezeshkian, su oposición a cualquier intervención extranjera, y que el reflejo turco es preservar el statu quo por miedo a lo que venga después: vacío de poder, enclaves armados y una carga de seguridad prolongada.

En este tablero, Israel aparece como la excepción más probable: es el socio regional con mayor interés en un golpe que degrade de forma duradera el programa nuclear y la capacidad misilística iraní.

Pero incluso ahí hay margen para la ambigüedad táctica: apoyo político y de inteligencia no equivale necesariamente a una operación conjunta visible, sobre todo si Washington pretende mantener el control del ritmo de escalada.

Erdogan, a la izquierda, en una foto compartida con otros participantes de la cumbre,

Erdogan, a la izquierda, en una foto compartida con otros participantes de la cumbre, Suzanne Plunkett Reuters

Rusia y China no parecen demasiado vitaminados para actuar, y la Unión Europea emite comunicados rotundos contra la represión civil por parte de los ayatolás, que acumula ya miles de muertos. Comunicados europeos rotundos, muy rotundos, pero inanes. Bruselas también cree que la intervención de Estados Unidos es inminente, con una ventana de días.

Washington intenta imponer costes y disuasión contra la represión de la población civil y contra el programa nuclear iraní. Teherán busca resistir sin ceder ante las amenazas. El teatro operativo de esta posible escalada son las bases, milicias y los espacios aéreos y marítimos del Golfo Pérsico, Irak y Siria, con efectos colaterales inmediatos sobre las rutas energéticas de Hormuz y, por extensión, Europa.

Las señales están ahí. Trump ha verbalizado uno de esos ultimátum que preceden sus intervenciones relámpago, con su lógica de "o acuerdo o castigo", mientras despliega el portaaviones USS Abraham Lincoln en la región, lo que le da capacidad de golpear sin depender de los corredores aéreos del Golfo.

Mientras tanto, se incrementa el riesgo de represalia asimétrica, que suele preceder los golpes punitivos trumpianos. Las milicias alineadas con Irán en Iraq y en Yemen están amenazando con intervenir con despliegue naval.

Irán no es Venezuela

Pero Irán no es Venezuela. Para empezar, la Guardia Revolucionaria, el IRGC, es muy potente y todopoderoso: de los casi 800.000 efectivos de seguridad y militares de la República Islámica, el IRGC controla casi la mitad, y sus tentáculos se extienden por la economía, la industria y el aparato coercitivo.

Una eliminación quirúrgica del líder supremo Alí Jamenei no desmantelaría la estructura del régimen.

Kaveh Nematipour, un activista iraní exiliado, agrega además los retos internos en caso de una intervención de la Casa Blanca: la ventana es corta pero el desenlace es incierto. Subraya dos indicadores que combinados suelen anticipar la acción: señales contradictorias de Washington —amenazas y contención—, que mantienen al régimen iraní en cautela, y la evidencia de que el mayor portaaviones estadounidense se desplaza hacia las aguas del Golfo.

Nematipour sostiene que la aparente debilidad estratégica no implica fragilidad del poder coercitivo: describe un sistema convertido en una "clase" oligárquica armada y organizada, anclada en instituciones bajo el líder supremo, con el IRGC como columna vertebral económica y represiva.

Su tesis central es que, sin deserciones significativas y sin una oposición interna articulada, el país puede caer en un ciclo de protestas-apagón-represión-ejecuciones selectivas-nuevo estallido; y que los factores externos —señales mixtas de Washington, cautela de vecinos— pueden empujar hacia inestabilidad violenta más que hacia una transición limpia.

Esa advertencia encaja con la académica iraní Fatemeh Shams, quien describe estas protestas como una revuelta de supervivencia económica: caída de moneda, inflación, escasez y cierre de negocios, con huelgas y extensión social mayor que en rondas anteriores; además, sitúa el desgaste del régimen en el debilitamiento de su red regional y en la percepción de humillación por la guerra previa.

Para Washington, ese deterioro puede parecer una ventana; para los vecinos, es una amenaza de desbordamiento.

Riesgos

El riesgo inmediato, si Trump golpea sin paraguas regional amplio, es que Irán responda asimétricamente donde más duele y donde menos cuesta.

Al-Monitor cita una advertencia del IRGC naval: si el suelo, el cielo o las aguas de países vecinos se usan contra Irán, serán considerados "hostiles".

Esa frase explica por qué el Golfo se aparta: no quieren convertirse en objetivos por delegación. Y explica también por qué una operación "sin aliados" puede resultar más peligrosa para los aliados, precisamente porque reduce su capacidad de influir en el diseño y contención del ataque.

"¿Qué tipo de ataque barrunta Trump? Tres hipótesis dominan, y las tres dependen de la misma restricción: hacerlo viable sin el Golfo.

La primera es un golpe coercitivo y breve, pensado para obligar a negociar bajo presión, con objetivos militares y de mando.

La segunda es una campaña más amplia de degradación (defensas, misiles, nodos del IRGC), que aumenta mucho el riesgo de respuesta regional sostenida.

La tercera, intermedia, son ataques de precisión sobre figuras o nodos de alto valor.

En todos los casos, la advertencia de Nematipour —"una clase social no se bombardea con cazas"— sirve como correctivo: destruir capacidad no equivale a producir transición.

La comparación con Venezuela, que Trump ha agitado en declaraciones —"más grande que Venezuela"—, es tentadora como propaganda, pero engañosa como análisis.

Irán tiene capacidad de represalia regional y marítima, una profundidad estratégica y una red de actores armados que multiplica puntos de fricción. Además, un ataque puede ofrecer al régimen una coartada para nacionalizar el conflicto y justificar una represión todavía más dura, reencuadrando las protestas como "injerencia extranjera".

Los países más afectados negativamente serían, por orden de exposición: Irak, las petromonarquías del Golfo, y el eje marítimo Hormuz–mar Rojo.

Turquía estaría en la primera línea de los efectos de "post-ataque" si el régimen se debilita sin colapsar: presión migratoria, reactivación de militancias kurdas y una nueva frontera inestable, justo cuando Ankara busca consolidar su propio proceso interno con el PKK.

Europa, aunque no sea objetivo militar, pagaría parte de la factura vía energía, inflación importada y disrupción logística.

La conclusión es menos épica de lo que sugiere el lenguaje de ultimátum. Trump está construyendo el marco político para golpear y dispone de músculo militar para hacerlo. Pero el Golfo y Turquía, cada uno por sus miedos, se están desmarcando para no ser coprotagonistas ni rehenes de la represalia iraní.

Una ofensiva militar sin aliados es factible, pero políticamente más peligrosa y estratégicamente menos controlable.