A la izquierda, un cartel electoral del socialdemócrata Olaf Scholz; a la derecha, otro del conservador Armin Laschet.

A la izquierda, un cartel electoral del socialdemócrata Olaf Scholz; a la derecha, otro del conservador Armin Laschet.

Europa ELECCIONES ALEMANIA

El triunfo alemán del socialdemócrata Scholz, amenazado por la volatilidad de los sondeos

Entre el continuismo de Armin Laschet, el delfín de Merkel, y la revolución de Los Verdes, con la joven Annalena Baerbock, no parecía haber sitio para Scholz, hasta que las encuestas empezaron a sonreírle.

25 septiembre, 2021 02:21

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Si le gustan los terremotos demoscópicos, Alemania es su país. No es poco elogio viniendo de una democracia como la española que, en cinco años, ha pasado de una mayoría suficiente del PP al liderazgo de Podemos y Ciudadanos en las encuestas al hundimiento parcial o total de estos últimos para aupar al PSOE al poder. Parece que, en breve, PP y Vox podrán formar un gobierno más o menos sólido y cerrar así el círculo. Todo esto, insisto, en cinco años.

Como los alemanes lo hacen todo más rápido y con mayor eficacia, sus terremotos no duran cinco años sino cinco meses. En abril, sin ir más lejos, todo apuntaba a un gobierno ecologista. Los Verdes estaban de vuelta. El partido encabezado por Annalena Baerbock lideraba las encuestas con un promedio superior a los tres puntos de ventaja sobre la CDU/CSU. Los socialistas, en su línea descendente de los últimos quince años, quedaban en un lejanísimo tercer puesto, a más de doce puntos (15,7%) de sus compañeros de gobierno durante buena parte de la era Schroeder, el último canciller del SPD.

La emergencia verde tenía sentido en un país donde las catástrofes naturales son abundantes y copan la atención de los medios. Alemania siempre ha estado a la vanguardia del ecologismo, ya desde los años sesenta y setenta, cuando el movimiento estaba en pañales en el resto del mundo. Ahora bien, Los Verdes no solo no han ganado nunca unas elecciones federales sino que ni siquiera han pasado del 10% de voto popular. De repente, los sondeos le daban un 28,1%, tres veces más de lo conseguido en 2017. Un éxito formidable.

Auge y caída de Laschet 

Ahora bien, el éxito, o su percepción, duró poco. La CDU, que ha gobernado en Alemania durante cincuenta de los últimos setenta años, pareció encontrar un candidato sólido en Armin Laschet. Ya presidente de la Democracia Cristiana, Laschet fue elegido como cabeza de lista en abril y los sondeos le acogieron con entusiasmo. De repente, la desahuciada CDU volvía por sus fueros: en mayo, ya era el candidato mejor valorado en las encuestas. En junio, no hizo más que consolidar su ventaja… y en julio, alcanzó su pico de popularidad: un 31,5% de media, más de diez puntos sobre Los Verdes y quince sobre los socialistas, que no terminaban de arrancar.

La Alemania ecologista, la Alemania preocupada por el cambio climático, había dado paso a la Alemania conservadora, la Alemania del “mejor dejarlo todo como está”, la continuista. Avalado por Angela Merkel y sus dieciséis años en el poder, a Laschet se le puso cara de canciller ante unas elecciones que solo podía perder: a su favor estaba la inercia y la tradición, una mezcla que rara vez se tuerce… pero que a Laschet se le torció. La semana del 15 de julio, una serie de lluvias torrenciales provocó el caos en Europa central y, especialmente, en determinadas zonas de Renania.

Carteles electorales en Alemania.

Carteles electorales en Alemania. Reuters

El balance fue devastador: solo en Alemania murieron 184 personas y pueblos enteros quedaron anegados por las inundaciones salvajes. El país entero mostró su conmoción, empezando por la propia Merkel, siguiendo por el presidente Steinmeier -miembro, por cierto, del SPD- y todas las autoridades federales y regionales. Todas salvo una: Armin Laschet. Por supuesto, ante las cámaras, Laschet se rasgó las vestiduras, prometió ayudas y lamentó muertes. No contaba con que un vídeo le mostraría riéndose a carcajadas en medio del discurso de condolencia del presidente de la República. Unas risas que pueden costarle las elecciones.

Baerbock y las acusaciones de plagio

Aquello fue un ejercicio de torpeza y demagogia combinadas. El personaje público ha de saber que entre sus responsabilidades está la de la buena imagen constante. No se admiten despistes. Ahora bien, fuera cual fuera la circunstancia que motivó la distensión de Laschet en aquel momento, obviamente, no podía tener nada que ver con la tragedia en sí. En pocos sitios se ríe tanto como en los funerales, por motivos de lo más disparatados. La oposición fue a degüello: Laschet se ríe de las víctimas, a Laschet los muertos le parecen una broma… y así sucesivamente.

Funcionó. En el siguiente mes y medio, la CDU/CSU perdió diez puntos en las encuestas. Algo más de los seis y medio que había ganado en los dos meses anteriores. Lo lógico sería pensar que los grandes beneficiados serían Los Verdes de Baerbock. Al fin y al cabo, todo esto venía provocado por una tragedia natural y el fantasma del cambio climático sobrevolaba todos los discursos. Sin embargo, Baerbock había caído también en desgracia: aunque su partido seguía en unos números excelentes (rondando el 15% en las encuestas), la acusación de plagio a la que tuvo que hacer frente durante estos meses la perseguía por todas partes.

El 21 de junio, la candidata había publicado un libro llamado Ahora. Cómo renovamos nuestro país, que a los pocos días se descubrió que estaba trufado de datos y análisis publicados anteriormente en distintos informes sin la correspondiente cita ni referencia. La reacción de Baerbock y Los Verdes fue la habitual: negarlo todo y apelar a la coincidencia. Al fin y al cabo, los comentarios a datos que son públicos pueden coincidir, ¿no? No lo pensó así el electorado alemán, siempre puntilloso con estos asuntos. Baerbock había perdido la confianza de millones de votantes potenciales y no la consiguió recuperar. ¿Quién se benefició de todo ese río revuelto? El candidato socialista, Olaf Scholz.

Scholz, el hombre que siempre estuvo ahí

Puede que Olaf Scholz sea un desconocido en España, pero desde luego no lo es en Alemania, donde lleva más de veinte años en primera línea política. Secretario general del SPD ya en tiempos de Schroeder, Scholz se convirtió en una de las caras visibles de los distintos “gobiernos de concentración” de Angela Merkel. Proscrito para determinados sectores radicales de la izquierda, que le ven como un “vendido” al neoliberalismo, un arribista que solo entiende del poder, Scholz ha sido ministro en distintos gobiernos de Merkel y es en la actualidad ni más ni menos que el vicecanciller, además de ministro de Finanzas, después de unos cuantos años ejerciendo de alcalde en Hamburgo.

Cuando el 20 de agosto de 2020, el SPD decidió nombrarle candidato, lo que hacía era apuntalar la posibilidad de un nuevo entendimiento con la CDU en el caso de que esta no consiguiera la mayoría absoluta. Scholz en ningún caso se vio como canciller, mucho menos cuando Los Verdes empezaron a despegar en las encuestas con tal virulencia. La sensación era que, a la Tayllerand, podía pasar de ser vicecanciller de Merkel a ser vicecanciller de Baerbock sin torcer el gesto. Su partido, que venía de los peores resultados de su historia en las elecciones de 2017 (un 20,51% de los votos), apenas superaba el 15% en las encuestas.

Entre el continuismo de Laschet y la revolución de Baerbock no parecía haber sitio para Scholz… hasta que el destino y la torpeza ajena le pusieron ante una oportunidad única. En medio de la zozobra, Scholz se presentó como el candidato gubernamental, como el verdadero sucesor de Merkel. ¿Acaso no eran suyas buena parte de las políticas puestas en marcha en los últimos dieciséis años? ¿Acaso su relación con la canciller no era magnífica? La nostalgia se apoderó del votante y, de repente, los partidarios de Scholz salieron de entre las piedras.

Una ventaja demasiado corta

El 28 de junio, justo antes de las acusaciones de plagio a Baerbock y unas dos semanas antes de las inundaciones en Renania, Scholz y el SPD rondaban el 16% en las encuestas y parecía que su único papel en estas elecciones sería elegir a qué socio apoyar. Menos de tres meses después, a escasos diez días de los comicios, lideraban la media de sondeos con un 28% de intención de voto, cinco puntos por encima de la CDU y diez por encima de Los Verdes. La tortilla se había dado la vuelta por completo en un solo verano.

¿Quiere eso decir que Scholz va a ganar mañana las elecciones? Ni mucho menos. Quiere decir que es el favorito en un escenario demasiado voluble. Hay demasiada gente que ha cambiado demasiado de opinión en demasiado poco tiempo. Eso hace que las encuestas sean muy poco fiables. No hay continuidad, no hay tendencias que se mantengan. Es todo un arriba y abajo sospechoso. Aparte, por supuesto, está el reparto de escaños -en ese sentido, el sistema electoral alemán es uno de los más proporcionales de las democracias occidentales- y la negociación de mayorías en el Bundestag.

Si Scholz gana, tendrá dos vías: recordarle a la CDU los dieciséis largos años de apoyos directos e indirectos a Merkel y exigir compensación… u optar por un giro claro a la izquierda, dependiendo de los resultados de Los Verdes y reeditando así el acuerdo Schroeder-Fischer de 1998. Parece la opción más probable, pues los excomunistas de Die Linke, raro sería que apoyaran el gobierno del vicecanciller de Angela Merkel. Laschet lo tiene más complicado: necesita ganar las elecciones y que la mayoría rojiverde no dé para formar gobierno. Incluso en ese caso, tendría que apoyarse en los liberales y, tal vez, en la AfD, el partido de extrema derecha del que tanto ha renegado Merkel desde su fundación en 2010 y que ahora puede ser clave en la gobernabilidad del país.

Las últimas encuestas hablan de un margen que se estrecha de nuevo. El sondeo publicado este mismo viernes por la cadena de televisión RTL coloca a los tres principales candidatos en ocho puntos. Scholz sigue por delante (25%), pero tiene a Laschet a tres puntos, es decir, dentro del margen de error. ¿Asistiremos al enésimo terremoto coincidiendo con la jornada electoral? Imposible descartarlo. Lo que parece claro es que cada voto y cada escaño contarán en las elecciones más apretadas desde 2002, curiosamente las últimas en las que Angela Merkel no se presentó como candidata.