El presidente del BCE, Mario Draghi, durante su última visita a la Eurocámara el 23 de septiembre

El presidente del BCE, Mario Draghi, durante su última visita a la Eurocámara el 23 de septiembre

Europa Política monetaria

"Haremos lo que sea necesario": los 8 años de Draghi en el BCE en cinco escenas

El banquero italiano deja a su sucesora, Christine Lagarde, una institución dividida y con el arsenal anticrisis prácticamente agotado.

Bruselas

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Aclamado en círculos económicos y políticos como el héroe que salvó al euro en su peor crisis, Mario Draghi (Roma, 72 años) preside este jueves en Fráncfort su última reunión del consejo de gobierno del Banco Central Europeo (BCE). Su mandato expira el próximo 31 de octubre, fecha en que será sustituido por la francesa Christine Lagarde. En sus ocho años en el cargo, el banquero italiano ha orquestado una metamorfosis radical del BCE.

Lo que era un organismo conservador modelado a imagen y semejanza del Bundesbank alemán y centrada en combatir la inflación se ha transformado en una institución innovadora y potente, capaz de crear un arsenal anticrisis reforzado. Ante la incapacidad de tomar decisiones de los Gobiernos europeos -divididos entre norte y sur, entre acreedores y deudores-, a Draghi le ha tocado ejercer de líder en lo peor de la crisis de deuda: el BCE era el único que actuaba para frenar el estallido de la eurozona.

La gran paradoja es que le deja a su sucesora un legado envenenado. Tras todas las rondas de estímulos monetarios de los últimos años, el BCE se ha quedado prácticamente sin munición en el peor momento: justo cuando acecha una nueva recesión provocada por las guerras comerciales de Donald Trump y la incertidumbre geopolítica. Además, el activismo de Draghi para sostener la economía de la eurozona ha provocado una fractura sin precedentes dentro del BCE.

1.- Un presidente por descarte que llega en plena crisis

A Mario Draghi le eligen presidente del BCE en junio de 2011 por descarte. El cargo estaba reservado al presidente del Bundesbank, Axel Weber, que era el candidato de Angela Merkel y contaba también con el apoyo de Francia. En un giro inesperado, Weber renuncia a principios de ese mismo año en protesta por la compra de deuda púbica durante la primera fase de la crisis del euro. Draghi es visto con desconfianza en los países nórdicos. "Para los italianos, la inflación es una forma de vida, como la pasta con salsa de tomate", se burla el diario sensacionalista alemán Bild.

Lejos de amilanarse, el banquero italiano emprende una campaña intensiva de relaciones públicas. En una serie de entrevistas en la prensa alemana y los diarios económicos anglosajones, se presenta como adalid de la estabilidad y la disciplina. Una puesta en escena que convence incluso al Bild. "Es bastante alemán, incluso prusiano", proclama el diario.

El primer día de Draghi en la oficina, el 1 de noviembre de 2011, coincide con un nuevo estallido de la crisis griega. El primer ministro griego, Yorgos Papandréu, acaba de anunciar un referéndum sobre el plan de rescate de su país. Merkel y el presidente francés, Nicolas Sarkozy, le avisan de que si el resultado es negativo, Grecia saldrá del euro. Las turbulencias se extienden. Los mercados financieros se ensañan con Italia por la falta de credibilidad de Silvio Berlusconi. La deuda española es la siguiente en la línea de fuego.

La primera decisión del banquero italiano es recortar los tipos de interés un cuarto de punto, hasta el 1,25%. En diciembre aprueba una segunda bajada. Corrige así de inmediato las subidas que había decretado su antecesor, Jean-Claude Trichet, a principios de año y que agravaron la crisis. Además, pone en marcha su primera medida innovadora: una ronda de préstamos baratos y de larga duración (3 años) para los bancos. Una barra de liquidez ilimitada cuyo objetivo inconfesable es que las entidades usen el dinero para comprar deuda pública y alivien así la presión en particular de Italia y España.

2.- "España actuó de la peor manera posible con Bankia"

El alivio del primer paquete de estímulos de Draghi dura muy poco. En primavera de 2012, la eurozona está en caída libre. Grecia vuelve al ojo del huracán por la repetición de las elecciones, que disparan de nuevo el riesgo de una salida caótica del euro. Pero la crisis se ha contagiado totalmente a Italia y sobre todo a España, cuya prima de riesgo no para de subir. Tanto el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, como el ministro de Economía, Luis de Guindos, le suplican a Draghi que proteja a España de los ataques de los especuladores reactivando la compra de deuda. Pero el banquero italiano todavía no sabe cómo apagar el incendio.

Durante esos meses, cada vez que Draghi comparece ante la comisión de Asuntos Económicos de la Eurocámara, el eurodiputado del PP Pablo Zalba le pide que salga al rescate de España. "Los mercados están castigando exageradamente y de manera injustificada a algunos países que son solventes", alega. El banquero italiano le contesta siempre lo mismo: el BCE no puede intervenir para suplir la inacción de los Gobiernos en materia de ajustes y reformas.

Hasta que un día estalla y critica abiertamente la actuación del Gobierno de Rajoy en el caso de Bankia: "Lo que muestran los casos de Dexia y Bankia es que, cuando nos enfrentamos con dramáticas necesidades de recapitalización, la reacción de los Gobiernos o de los supervisores nacionales es subestimar la importancia del problema (...) Ésa es la peor manera posible de hacer las cosas porque al final todo el mundo acaba haciendo lo correcto, pero al coste más alto posible", dice Draghi en la Eurocámara. El eurodiputado del PP ya no vuelve a pedirle nunca que compre deuda de España.

3.- "Haremos todo lo que sea necesario. Y créanme: será suficiente"

Nadie espera gran cosa del discurso que tiene previsto dar Draghi en Londres el 26 de julio de 2012. Y eso que la situación de la eurozona es desesperada. Pese a que la UE acaba de conceder a España un rescate de hasta 100.000 millones de euros para el sector financiero, la prima de riesgo sigue subiendo. En la última cumbre de junio, los jefes de Estado y de Gobierno aprobaron poner en marcha una unión bancaria tras la amenaza de veto de Rajoy y del primer ministro italiano, Mario Monti. Pero tampoco esta decisión logra calmar las turbulencias en los mercados financieros. Las dudas sobre la supervivencia del euro alcanzan cotas máximas.

"Hay otro mensaje que quiero trasladarles hoy. Dentro de nuestro mandato, el BCE está dispuesto a hacer todo lo que sea necesario para preservar el euro. Y créanme: será suficiente", asegura Draghi a una audiencia plagada de inversores y dirigentes políticos y económicos. Whatever it takes. Son las tres palabras más eficaces en la historia de los bancos centrales. En el momento de pronunciar estas "palabras mágicas", ni siquiera el banquero italiano tenía claro cuál era el plan. Pero al día siguiente, la canciller alemana y el presidente francés hacen público un comunicado de apoyo. Los mercados le creen y la tempestad empieza a amainar. 

En septiembre de 2012, Draghi concreta el funcionamiento del programa: compra ilimitada de deuda pública de los países que sufran el ataque de los especuladores. Los Gobiernos que quieran beneficiarse deberán pedir ayuda al fondo de rescate de la UE (MEDE) y someterse a un estricto plan de ajuste. El presidente del Bundesbank, Jens Weidmann, es el único que vota en contra. Se convierte en el archienemigo del banquero italiano: se opondrá sistemáticamente a casi todas sus propuestas para combatir la crisis. Tras sopesarlo algunas semanas, el Gobierno de Rajoy decide no pedir el rescate. Ya no es necesario. El plan de Draghi ha salvado al euro y a España sin necesidad siquiera de activarse.

4.- El refuerzo del arsenal del BCE: tipos negativos y compra de deuda

A partir de 2013, la eurozona recupera la estabilidad. Pero el crecimiento es muy débil y la inflación se sitúa en niveles persistentemente bajos, muy lejos del objetivo del 2% del BCE. El riesgo ahora es un largo periodo de estancamiento o incluso de deflación, una espiral descendente de precios y salarios de la que es muy difícil salir. Una vez más, los Gobiernos de la UE son incapaces de ponerse de acuerdo sobre qué hacer. Y los tipos de interés están ya en el 0%, por lo que en teoría no hay margen para nuevas rebajas.

En ese periodo, Draghi pone en marcha todo un catálogo de soluciones innovadoras para sostener la economía de la eurozona. Una serie de nuevas herramientas que Fráncfort nunca había usado antes y que gracias al banquero italiano ahora forman parte de su arsenal. La primera es la menos controvertida: desde julio de 2013, el BCE empieza a dar indicaciones sobre la orientación futura de su política monetaria (forward guidance). Se trata de que los mercados no se lleven sorpresas desagradables que se traduzcan en turbulencias.

En junio de 2014, el BCE aprueba por primera vez tipos negativos para la facilidad de depósito. Es decir, empieza a cobrar a los bancos que aparcan su exceso de liquidez en Fráncfort. El objetivo de esta penalización es alentar a las entidades a prestar este dinero a particulares y empresas, aunque el sector financiero se queja desde el principio de que hunden su rentabilidad. Finalmente, en enero de 2015 Draghi consigue sacar adelante un programa masivo de compra de deuda pública, cuyo objetivo es reducir los costes de financiación de los Estados. Weidmann vota en contra. Pero Merkel nunca le desautoriza.

En sus cuatro años de duración (hasta diciembre de 2018), el BCE adquiere 2,6 billones de euros en bonos. El programa de compra de deuda pública logra atenuar el contagio del nuevo estallido de la crisis griega en julio de 2015. La recuperación se consolida y el crecimiento mejora, pero la inflación sigue muy lejos del 2%. Es el principal fracaso de la era Draghi: la tasa de inflación media durante su mandato se ha situado en el 1,2%.

5.- Una traca final con sabor amargo

Durante los meses finales del mandato de Draghi, la inflación sigue sin remontar y la economía se enfría. Las guerras comerciales de Donald Trump, la incertidumbre del brexit y los problemas en la industria alemana disparan el riesgo de una nueva recesión. El banquero italiano decide que es mejor anticiparse y enciende una traca final. En septiembre de 2019, el BCE aprueba otra ronda de estímulos que incluye una nueva bajada de los tipos de interés (la facilidad de depósito cae al -0,5%) y la reactivación de la compra de deuda (20.000 millones al mes a partir de noviembre y sin fecha final).

Pero el activismo de Draghi genera una revuelta sin precedentes dentro del BCE. Ya no es sólo Weidmann, el Señor No. El gobernador del Banco de Holanda, Klaas Knot, hace público un comunicado acusatorio en el que sostiene que la situación de la eurozona no es tan desesperada como para justificar la nueva ronda de estímulos y avisa del riesgo de burbujas financieras o inmobiliarias. La representante alemana en el directorio del BCE, Sabine Lautenschläger, dimite en señal de protesta. Y cada vez son más los economistas que creen que las medidas del banquero italiano tienen más contraindicaciones que efectos positivos.

Este es el panorama con el que se va a encontrar Christine Lagarde cuando tome posesión como presidenta el 1 de noviembre. Un BCE muy dividido sobre el papel de la política monetaria en el actual contexto de tipos muy bajos y amenaza de recesión. La francesa ha prometido mantener el legado de Draghi, pero a la vez insiste en que Alemania debe asumir el relevo en la lucha anticrisis aumentando el gasto público. Merkel acaba de hacer un gesto de buena voluntad designando como sucesora de Lautenschläger a la economista Isabel Schnabel, gran defensora de las políticas del BCE. ¿Será posible la reconciliación?