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LA TRIBUNA

¿Estamos seguros de que nos conviene seguir usando el euro?

El autor cuestiona la idea de que haya que mantener el euro a cualquier precio, y asegura que si España tuviera su propia política monetaria podría hacer mucho más por corregir los problemas estructurales que arrastra.

Los paradigmas son algo así como premisas que asume la gente y que no se cuestionan porque se supone que aquellos que son más inteligentes que nosotros los han acuñado y han decidido que el funcionamiento de nuestra sociedad debe seguir unas determinadas pautas regidas por esos paradigmas. Hace algo más de dos décadas, se decidió que lo que más le convenía a Europa era tener una moneda única, una política monetaria única y unas instituciones europeas que rigieran nuestra vida, al menos en el terreno económico-financiero.

Durante más de quince años, el modelo pareció funcionar… hasta que llegó la crisis, y se pudo comprobar que lo que llamábamos Europa no era algo sólido y compacto, sino una amalgama de países muy distintos, con claras diferencias entre los países del norte y los del arco mediterráneo o los de la Europa del Este. Es muy difícil que una política monetaria única pueda atender las necesidades de países con muy diferentes niveles de desarrollo y con problemas económicos, muchas veces estructurales, que forman una especie de bucle del que no se puede salir, salvo que, precisamente, se utilicen políticas monetarias específicas para esos países.

Pues bien, el euro no es otra cosa que un paradigma, y tiene un apóstol que se llama Mario Draghi. Hace ocho años, el flamante presidente del Banco Central Europeo entró por la puerta grande de la institución financiera europea con un solo mensaje: "voy a mantener el euro cueste lo que cueste". Desde entonces, Draghi se ha convertido en el apóstol del intervencionismo, algo así como un anticristo del liberalismo económico.

La teoría económica clásica indica que los tipos de interés son una variable intermedia, y que se deben formar en el mercado por la interacción entre la oferta y la demanda de dinero. Draghi ha dinamitado esa teoría, y lleva cinco años forzando a que los tipos de interés sean negativos (tomando como base los fondos que los bancos del eurosistema han de mantener en el BCE en cumplimiento de sus obligaciones legales, pero que inevitablemente arrastran el precio del dinero en los demás instrumentos financieros); y, es más, hace unos días, los ha bajado del -0,40% al -0,50%.

Ya no es que el dinero no valga nada (en contra de la ortodoxia que dice que los tipos de interés deben retribuir la renuncia a la liquidez que hace el prestamista al prestatario para que este último utilice un dinero que no es suyo en su beneficio), es que si prestas tienes que pagar por ello, y al final vamos a acabar los depositantes teniendo que pagar a los bancos simplemente porque tengan y utilicen nuestro dinero. Ello además tiene un efecto muy nocivo sobre la tasa de ahorro de los españoles, que se encuentra en mínimos históricos y a la cola de los países europeos, y un país que no ahorra se encuentra vendido ante las cada vez más intensas crisis financieras.

El paro estructural endémico que tenemos en España tiene mucho que ver con la fortaleza del euro

Pero no se ha quedado ahí nuestro flamante presidente del BCE. Durante estos años estuvo comprando 2,6 billones de euros en deuda pública europea con un dinero que se inventaba, y con la excusa de que era para sostener el euro. La verdad es que, si Draghi no hubiera comprado la deuda, probablemente nadie la habría comprado, al menos en el caso de España, y a ver cómo hubiéramos financiado nuestro permanente exceso de gasto. En diciembre pasado dijo que ya había pasado lo peor, y que ya sólo compraría deuda para renovar la que venciese, manteniendo el saldo de 2,6 billones. Pues bien, acaba de desdecirse y a partir del mes que viene vuelve a comprar 20.000 millones de euros de deuda europea cada mes, en principio, sine die.

Por tanto, el señor Draghi, no sólo interviene los tipos de interés, sino también los mercados de renta fija, forzando una financiación incluso negativa para estados y empresas (que se alinean con la deuda pública con una prima de riesgo). Esto provoca unas distorsiones económicas de primera magnitud en el funcionamiento de los agentes económicos europeos, entre otras cosas, porque la Unión Europea y Monetaria es la única gran potencia económica que está actuando de esta manera… con el único objetivo de sostener el euro.

Países como Suecia o Dinamarca dijeron no al euro en su momento, conservaron sus monedas, y siguieron formando parte de la Unión Europea (también Gran Bretaña y otras seis repúblicas del Este). Las economías sueca y danesa van estupendamente y el estándar de vida de sus ciudadanos es envidiable para la mayoría de los que vivimos en el arco mediterráneo. Por tanto, el euro no es necesario, no es inevitable, y sería necesario explorar otras posibilidades.

El paro estructural endémico que tenemos en España tiene mucho que ver con la fortaleza del euro. Si España volviera a la peseta, habría una fuerte devaluación, probablemente del 25% o el 30% y, en el contexto internacional, los activos españoles valdrían menos, pero los costes laborales de las empresas serían muy bajos en relación con la media europea, lo que nos permitiría incrementar notablemente las exportaciones y con ello las empresas tendrían que contratar muchos más empleados.

El aumento de ventas y de contratación incrementaría tanto la recaudación del IRPF, como las cotizaciones sociales, como el IVA, y con ello se corregiría el déficit público, parte del déficit de la Seguridad Social, y parte del desempleo estructural (los problemas de España no se centran sólo en el euro; habría también que incrementar la productividad, cambiar el modelo educativo poniendo el énfasis en la formación profesional, reformar el sistema tributario, cambiar el formato de cotizaciones, etc.).

Si seguimos al ritmo del señor Draghi acabaremos en un rescate, cuando no podamos hacer frente al déficit público

En el lado opuesto, las importaciones se encarecerían, y por citar una de ellas, el petróleo sería temporalmente un quebradero de cabeza para el país; pero estamos diciendo que no queremos vehículos de combustión y que en unos años queremos que los coches sean eléctricos, por lo que parece razonable considerar que el problema se solucionaría con el tiempo (aunque en una etapa inicial, probablemente diez o quince años, supondría un claro inconveniente).

Es evidente que el encarecimiento del precio de las importaciones provocaría inflación, pero ¿no lleva Draghi diciendo que el problema de Europa es que por más estímulos monetarios que introduce no consigue que se incremente la inflación? Y, en cualquier caso, estudiemos las economías danesa y sueca antes de tomar una decisión, porque estos países no son potencias mundiales y, sin embargo, viven dentro de Europa perfectamente y sin usar el euro.

Si nosotros tuviéramos nuestra propia política monetaria podríamos hacer mucho más por corregir los problemas estructurales que nos acosan. Si seguimos al ritmo del señor Draghi y lo que venga, acabaremos en un rescate, cuando no podamos hacer frente al creciente déficit público y al agujero de las pensiones. O ponemos a los parados a trabajar y a cotizar, o no tenemos futuro, y con las políticas del señor Draghi hemos entrado en un círculo vicioso del que no vamos a salir bien parados.

Los paradigmas nacen, viven, no se reproducen y mueren, siendo sustituidos por nuevos paradigmas. Creo que es el momento en el que nos deberíamos plantear cuál debe ser el nuevo paradigma de nuestro futuro, primero como españoles y después como europeos.

** Miguel Córdoba es profesor de Economía Financiera de la Universidad San Pablo CEU.

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