Donald Trump durante la visita un centro de producción de Ford en Dearborn, Míchigan.

Donald Trump durante la visita un centro de producción de Ford en Dearborn, Míchigan. Evelyn Hockstein Reuters

EEUU

Trump sigue obsesionado con el Nobel: lo pidió por Ucrania y justifica 'olvidarse' de la paz en Groenlandia por no ganarlo

Desde que Barack Obama lo consiguiera en 2009, el premio se ha convertido en una obsesión personal para Trump, que cree haber hecho méritos más que suficientes para recibir el galardón.

Más información: Dinamarca despliega más militares en Groenlandia y propone a Mark Rutte una misión de la OTAN en el Ártico

Publicada

Las claves

Donald Trump envió una carta al primer ministro noruego quejándose de no haber recibido el Premio Nobel de la Paz y justificando su desinterés en la paz por ello.

Trump ha mencionado en varias ocasiones que sus logros diplomáticos, como los Acuerdos de Abraham y sus intentos de mediación en Ucrania, merecían el Nobel.

El expresidente ha llegado a amenazar con la anexión de Groenlandia, relacionando su frustración por no recibir el Nobel con posturas más agresivas.

Trump ha mostrado desdén hacia figuras como María Corina Machado, ganadora del Nobel, y ha utilizado el premio como elemento personal en sus relaciones diplomáticas.

La estrambótica carta que Donald Trump envió al primer ministro noruego, Jonas Gahr Støre, advirtiéndole de que ya no está tan interesado en la paz porque no le han dado el Premio Nobel ha sido el último episodio de una obsesión que dura ya casi veinte años.

El presidente estadounidense vuelve a amenazar con una intervención militar sobre Groenlandia… pero se lo dice a Noruega, que nada tiene que ver con la isla y que, de hecho, sólo entrega el Premio Nobel de la Paz. El resto corren a cargo de Suecia.

Todo empezó cuando, en 2009, al poco de empezar su mandato, la Academia decidió darle el galardón a Barack Obama. Trump, que hasta entonces se había manifestado más bien como un demócrata dentro de la amalgama de extrañas ideas que siempre han rondado su cabeza, fue muy crítico al respecto.

El nuevo presidente apenas llevaba unos meses en el cargo y Trump intuía que el color de su piel había influido demasiado en la concesión del premio. Tal vez por ello, se inventó que Obama había nacido en Kenia.

En cualquier caso, el multimillonario neoyorquino entendió que se fijaba un precedente y que, a partir de ese momento, cualquier presidente estadounidense que llegara a la Casa Blanca podría optar a ese premio a poco que se esforzara diplomáticamente.

Y el caso es que Trump se esforzó en su primera legislatura o al menos supo calmar sus instintos. Durante cuatro años, mantuvo las alianzas con Europa, aunque fuera a regañadientes, y acercó su país a los estados más autocráticos, llegando a reunirse en un par de ocasiones con el dictador norcoreano Kim Jong-un.

La guinda del pastel fueron los Acuerdos de Abraham, firmados a finales de verano de 2020, poco antes de las elecciones presidenciales.

En los mismos, los Emiratos Árabes Unidos y Baréin reconocían por primera vez al Estado de Israel y se normalizaban las relaciones diplomáticas. Posteriormente, se unirían Marruecos —que ya había reconocido a Israel, pero había suspendido todo contacto desde la Segunda Intifada— y Sudán.

La espina clavada de Ucrania

Todo eso le parecía a Trump suficiente para llevarse el premio, pero, si alguna vez tuvo verdaderas opciones, la derrota ante Joe Biden y el posterior intento de golpe de estado por parte de sus seguidores las echaron a perder.

Por ello, comenzó su segundo mandato con un discurso inaugural en el que se presentaba ante el mundo como "el gran pacificador" y proponía la doctrina de "la paz mediante la fuerza", obligando a Israel a aceptar un alto el fuego justo dos días antes de su toma de posesión.

Desde entonces, no ha cejado en su empeño, hasta puntos grotescos. Dice haber acabado con ocho guerras, pero ahí incluye las habituales refriegas entre Kosovo y Serbia, el conflicto entre Congo y Ruanda, que está lejos de terminarse, el alto el fuego en Gaza, o el interminable tira y afloja en la frontera entre India y Pakistán.

Fuerza, desde luego, no ha faltado. Lo de la paz ya es otra cosa: el chavismo sigue en Venezuela pese a la detención de Nicolás Maduro, Alí Jamenei ya ha matado a 4.000 protestantes pese a los avisos de que no lo toleraría y Vladímir Putin, por supuesto, sigue matando de frío a millones de civiles en Ucrania.

Precisamente, la guerra en Europa oriental es la gran espina clavada para el presidente norteamericano, que no dejó de repetir desde el mismo 24 de febrero de 2022 que él sería capaz de conseguir un alto el fuego "en 24 horas".

Probablemente, pensaba que eso sería lo que tardaría en rendirse Volodímir Zelenski, pues su estrategia en las negociaciones siempre ha sido presionar a la parte supuestamente más débil. Sin embargo, Ucrania se ha mantenido de pie y lo mismo ha hecho la Unión Europea en su apoyo.

De hecho, ha sido Rusia la que ha rechazado todas las propuestas estadounidenses.

En el tráiler del documental La guerra. Trump y nosotros, que se estrenará en breve en Francia, se ve cómo, el 10 de mayo del año pasado, Macron llama a la Casa Blanca para despertar al presidente norteamericano y comunicarle que Zelenski ha aceptado los treinta días de alto el fuego.

La reacción adormilada de Trump es significativa: "Oh, bien, eso me da el Premio Nobel". La cosa, como se sabe, acabó con el no del Kremlin.

Machado paga los platos

Como le sucede siempre, Trump ha llevado la cuestión del galardón a un punto personal propio de un niño pequeño y eso se ha visto en Venezuela.

Aunque es cierto que hay razones objetivas para mantener a Delcy Rodríguez en el poder —mientras el ejército siga controlado por el chavismo, resulta impensable un cambio total de régimen sin derramamiento de sangre—, el trato que Estados Unidos ha dado a María Corina Machado es impropio de una gran democracia… y sólo se puede explicar desde el plano de la envidia.

Machado ganó el premio que Trump consideraba suyo y no se lo ha perdonado. Tardó diez días en recibirla, insistió en que no tenía apoyos suficientes dentro de Venezuela y volvió a elogiar a Delcy.

Todo esto mientras la líder de la oposición, sonrisa congelada en el rostro, le regalaba la medalla de su Premio Nobel, sólo para agradarlo. Una humillación que ha causado un verdadero desagrado en la Academia.

¿Será suficiente este supuesto agravio para invadir Groenlandia y acabar con la amistad de 250 años con el continente europeo? Desgraciadamente, nadie lo sabe.

Stephen Miller, segundo del gabinete presidencial, insistió este lunes en que Groenlandia debía ser estadounidense o la seguridad del mundo, incluida obviamente la europea, estaría en peligro.

Lo considera algo así como un premio a toda la ayuda que Estados Unidos ha brindado a sus aliados a lo largo de los años y que supuestamente nunca hemos agradecido.

Sin embargo, el presidente finlandés, Alexander Stubb, con quien Trump mantiene una excelente relación y con quien juega a menudo al golf, afirmó que "no cree" que Estados Unidos dé el paso.

Hay que recordar que, por mucho que se insista ahora en la urgencia de la anexión de Groenlandia, la isla ni se mencionaba en el documento de seguridad nacional publicado el pasado mes. Tan urgente, por lo tanto, no sería. Salvo que haya una necesidad puramente personal de recordar al mundo quién manda aquí. Ese parece el caso.