El 'show' de Carolina Herrera en Nueva York.

El 'show' de Carolina Herrera en Nueva York. Ángel Colmenares

Moda

Carolina Herrera ilumina Nueva York con flores, leopardo y 'tweed' en un desfile donde el invierno se vuelve poesía

En el Meatpacking District, Wes Gordon firma para la maison una colección marcada por calas doradas, el rojo intenso y siluetas arquitectónicas.

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Matéo Dutfoy
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La Gran Manzana inauguró ayer, 11 de febrero, la 86ª edición de la Fashion Week de Nueva York. Hasta el día 16, Manhattan se convierte en un teatro mundial donde diseñadores, celebridades y profesionales del sector se cruzan al ritmo de pasarelas y presentaciones.

La ciudad estadounidense vuelve a marcar el primer compás del calendario internacional de la moda.

A las 10:00 horas, en el Meatpacking District, la maison Carolina Herrera ha mostrado su nueva colección otoño-invierno 2026-2027: una declaración de elegancia serena orquestada bajo la dirección artística de Wes Gordon.

Fundada en 1981 en Nueva York por la creadora venezolana homónima, la firma se ha impuesto como encarnación de un chic neoyorquino atemporal.

La camisa blanca estructurada, los volúmenes arquitectónicos, el rojo emblemático de la casa y el amor por las flores, a menudo escultóricas, componen desde hace más de cuatro décadas su gramática estilística, reconocible y siempre renovada. El escenario del desfile acompaña además la sensación de atemporalidad de una narrativa propia.

En un antiguo taller neoyorquino, con las paredes bañadas en tonos pastel, bancos escolares blancos y sillas desparejadas se han dispuesto como en un decorado suspendido en las manecillas de los relojes, listo para acoger a invitados, creadores y las nuevas siluetas. Una suerte de conversación entre pasado y presente, que conviven. Uno no tiene sentido sin el otro.

Carolina Herrera en una imagen durante la presentación.

Carolina Herrera en una imagen durante la presentación. Ángel Colmenares

Todo parece preparado para un instante, pero cuidadosamente construido, como la escena de cine, perfectamente medida, en pausa, antes de hacer sonar la claqueta.

La madera, el acero inoxidable, el hierro e incluso el plástico forman un desorden delicadamente organizado. Los materiales se entrecruzan así con el tul, las lentejuelas y el encaje. Una suerte de caos perfecto.

A medida que el show ha empezado y se ha ido desarrollando, la luz se ha ido templando poco a poco, dando lugar a paredes cálidas. Estos mismos muros han terminado teñidos de rosa por la iluminación, que ha logrado envolver la sala en una suavidad casi primaveral. Con este ambiente, parecía que el invierno dudaba en instalarse, pero cuando ha llegado, lo ha hecho con fuerza.

Los primeros modelos han hecho acto de presencia en la pasarela de la mano de motivos de leopardo, volantes negros y lazos delicados sobre los zapatos de tacón: desde el inicio, la casa ha impuesto su lenguaje.

En los bolsos o en forma de broche, las calas doradas florecen en forma de pequeños detalles que han logrado capturar la mirada de los asistentes y que han marcado el tono de la colección.

A estas propuestas le han seguido el ritmo varios conjuntos que juegan con el estampado del felino ya mencionado en blanco y negro, rompiendo el juego tonal habitual.

El patrón se despliega por todas partes: en un simple cuello, un clutch, un abrigo, un traje sastre, tops arquitectónicos y tacones vertiginosos. En Herrera, el detalle se convierte en manifiesto, y la repetición construye una identidad visual poderosa

'Print' de leopardo en 'black and white'.

'Print' de leopardo en 'black and white'. Ángel Colmenares

El relevo lo ha tomado una oda al rojo y al negro, donde la cala —una vez más— ha realzado e insuflado movimiento y vida a los colores emblemáticos de la firma.

El rojo, uno de los colores fetiche de la casa.

El rojo, uno de los colores fetiche de la casa. Ángel Colmenares

Las flores, a veces doradas, han hecho acto de presencia adornando conjuntos oscuros, un vestido o un mono: como un destello de luz en pleno invierno, una promesa de calor que rompe la sobriedad.

Y de pronto, ha aparecido el tweed. En este caso, mezclado con flores de colores tejidas. Una especie de metáfora que habla del ímpetu de la primavera por no soltar de la mano al invierno.

Un look de 'tweed' con flores.

Un look de 'tweed' con flores. Ángel Colmenares

Esta textura aporta densidad, pero también nostalgia. Es una especie de puente entre tradición y modernidad. Otro emblema imprescindible de Carolina Herrera ha sido omnipresente en esta última apuesta de Gordon: el tacón.

En este punto, ya ha sido el verano el que no ha querido ceder su lugar al otoño, como si la colección jugara con el tiempo y con la idea misma de transición estacional.

Sin embargo, el protagonista que arranca en septiembre ha terminado imponiéndose. De nuevo, ha regresado a la pasarela el leopardo, en marrón coñac y negro. En esta ocasión, en una evolución en forma de vestidos arquitectónicos, encaje y siluetas esculpidas. Las líneas se vuelven más profundas, más nocturnas, más invernales.

Sin embargo, de su mano, en una especie de galimatías visual, florece la amapola. En concreto, lo ha hecho en un encaje sobre fondo ciruela. Esta propuesta ha abierto el camino a una serie de creaciones intensas, en tejidos variados, incluidas las lentejuelas.

Modelos ceñidos, faldas y tops estructurados y estampados en relieve negro mate: un nuevo chic, más gráfico, más firme, donde la feminidad se vuelve casi escultórica.

Composición a partir de tres looks del desfile.

Composición a partir de tres looks del desfile. Ángel Colmenares

El dúo por excelencia del black and white junto al dorado se ha presentado como un tríptico atemporal. Los vestidos de noche iluminan el taller en este segmento.

Un diseño de encaje irrumpe entre los motivos de leopardo. A este color, le echa un pulso el rojo, una especie de latido que atraviesa y define toda la propuesta.

Encajes, capas, blusas de tul, las calas —lo floral en general— o el tweed recuerdan que en Herrera la flor no es ornamento, sino símbolo.

Wes Gordon, actual director creativo de la casa, saludando a Carolina Herrera, la fundadora.

Wes Gordon, actual director creativo de la casa, saludando a Carolina Herrera, la fundadora. Ángel Colmenares

La colección parece conversar con cierta memoria de la alta costura: de la vegetación de Oscar de la Renta a la tensión del rojo y el negro, en clave de Yves Saint Laurent; los volúmenes esculpidos evocan a Balenciaga. Referencias discretas fundidas en la gramática propia de Carolina Herrera.

Por último, el cierre: un vestido de gala suntuoso en el que destaca el encaje. Carolina Herrera —de la mano de Wes Gordon— firma aquí una colección donde el invierno se viste de luz, y donde la elegancia sigue siendo una forma de poesía.