Imagen de la adaptación de 'Orgullo y prejuicio' de Netflix.

Imagen de la adaptación de 'Orgullo y prejuicio' de Netflix. Netflix

Estilo de vida

La fiebre por Jane Austen en 2026: ¿por qué seguimos necesitando a las hermanas Bennet y a Mr. Darcy?

Este año llegan a las pantallas tres proyectos basados en las obras de esta escritora que dos siglos después está más viva que nunca.

Más información: La nueva mirada sobre Jane Austen de Cristina Oñoro y Ana Jaren: "El anonimato le dio libertad y desató su ingenio"

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Hay escritoras que envejecen, otras que se convierten en clásicos y algunas que, contra toda lógica, parecen empeñadas en volver a estrenarse cada pocos años.

Jane Austen pertenece a la tercera categoría. En 2026, dos siglos después de que Orgullo y prejuicio llegara a las librerías, seguimos poniendo vestidos de época a sus personajes, buscando un nuevo Mr. Darcy y discutiendo si Elizabeth Bennet se parece más a nosotras o a la mujer que nos gustaría ser.

Hagamos cuentas. Este año coinciden varias Austen en pantalla: Netflix prepara una nueva adaptación de la citada novela, con Emma Corrin como Elizabeth Bennet, Jack Lowden como Mr. Darcy y Olivia Colman como Mrs. Bennet. La otra hermana Bennet ha llevado a Mary, la hermana olvidada de la familia, al centro de su propia historia.

Y Daisy Edgar-Jones se pone en la piel de Elinor Dashwood en la nueva adaptación de Sentido y sensibilidad, que llega a los cines este otoño.

Tres regresos, dos siglos de distancia y una escritora que murió sin llegar a ver su nombre en la portada de ninguno de sus libros.

El renacimiento Austen

No es la primera vez que la industria audiovisual decide que necesita a Jane Austen con urgencia. Hubo un boom en los 90: Sentido y sensibilidad, de Ang Lee; el Orgullo y prejuicio de la BBC, con Colin Firth saliendo del lago; Emma, con Gwyneth Paltrow; otro repunte con la Keira Knightley de 2005, y ahora esto.

Una saturación tan evidente que ya no se puede llamar tendencia, sino síntoma.

Cuando tres producciones distintas vuelven a la escritora británica en el mismo año, resulta tentador pensar que no estamos ante una moda pasajera, sino ante algo que el público sigue buscando: mujeres inteligentes navegando sistemas que no fueron diseñados para ellas y, si puede ser, con corsé y sin wifi.

Lo interesante de esta hornada de 2026 es que llega envuelta en un discurso de fidelidad al texto. Netflix presenta su proyecto como una adaptación "fiel y clásica" de la novela. Llega, además, después de años en los que Austen ha demostrado ser un material extraordinariamente maleable.

Fire Island, Pride and Prejudice and Zombies o la propia Bridget Jones han llevado sus personajes y conflictos a terrenos cada vez más alejados de Longbourn.

Después de tanta reinvención, parece que el público —y las plataformas— han decidido que lo disruptivo es quedarse quietos y contar la historia tal cual la escribió ella.

Keira Knightley y Matthew Macfadyen, en el papel de Mr. Darzy, en la película de 2005.

Keira Knightley y Matthew Macfadyen, en el papel de Mr. Darzy, en la película de 2005. IMDb

Por qué volvemos

Hay una teoría que explica buena parte de la persistencia de Austen: que escribió novelas económicas disfrazadas de romance. Orgullo y prejuicio empieza, literalmente, hablando de dinero: "Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa".

No hay ni una frase sobre amor en las primeras líneas del libro más romántico de la lengua inglesa. Hay una sobre patrimonio.

Esa lucidez, esa capacidad de mirar el matrimonio como lo que era entonces, un contrato de supervivencia disfrazado de destino amoroso, es lo que hace que la autora no haya envejecido mal, a diferencia de tantas otras de su época que sí quedaron atrapadas en el sentimentalismo.

Ella nunca creyó del todo en el cuento de hadas que estaba contando, y esa ironía atraviesa cada página. Lo escribía Virginia Woolf hace un siglo: de todos los grandes escritores, Austen es la más difícil de sorprender en el acto de la grandeza. Nunca alza la voz. Y precisamente por eso, cuando dice algo demoledor, lo dice bajito, entre una taza de té y un comentario sobre el tiempo.

El mito Darcy

Convendría preguntarse por qué, entre todos los héroes de la ficción romántica, seguimos votándole a él como el ganador. No es simpático. Es arrogante los primeros dos tercios del libro. Insulta a Elizabeth en su cara la primera vez que la ve —"Es tolerable, pero no lo bastante hermosa como para tentarme"—.

Y, sin embargo, ahí sigue, generación tras generación, encabezando encuestas de 'hombre de ficción más deseado' por encima de tipos que sí son amables desde la primera página.

La clave no está en Darcy tal y como es al principio, sino en el hecho de que cambia a partir de algo muy concreto: una mujer le dice que no. Elizabeth rechaza su primera proposición de matrimonio, a pesar de que aceptar habría resuelto de un plumazo la precariedad económica de toda su familia, porque él la ha insultado a ella y ha hecho daño a su hermana.

Y él, en lugar de sentirse ofendido para siempre, se lo toma en serio. Reflexiona. Se corrige. Vuelve mejor.

Esa fantasía, la del hombre que escucha un "no" y, en vez de convertirse en un problema, se convierte en otra persona, sigue siendo, dos siglos y varias olas feministas después, sorprendentemente escasa en la vida real.

Elizabeth como espejo

Pero el verdadero motor de la novela nunca ha sido Darcy. Es ella. Y ahí está la razón de que, entrevista tras entrevista, actrices como Keira Knightley o ahora Emma Corrin hablen de este papel como el sueño de cualquier intérprete formada en literatura inglesa.

Lizzy Bennet es una de esas heroínas populares que se permiten tener razón y equivocarse a la vez, en la misma novela, sin que eso la convierta en un personaje castigado.

Se equivoca al juzgar a Darcy por las apariencias. Se equivoca al confiar en Wickham. Pero acierta al negarse a aceptar un matrimonio que considera intolerable, aunque la propuesta de Collins sea, desde el punto de vista económico y familiar, sensata.

También acierta al reírse de la ridiculez ajena y al hablarle de tú a tú a Lady Catherine de Bourgh cuando esta se presenta en su casa a amenazarla.

Es lista, es sarcástica, tiene una relación con su hermana que sostiene toda la novela y —esto es lo radical— tiene opiniones que expresa en voz alta en una época en la que a las mujeres de su clase se las educaba para ser cultas, agradables y casaderas, pero no necesariamente para decidir sobre su propio futuro.

200 años después seguimos necesitando ese espejo porque el terreno en el que se mueve Elizabeth —la presión de 'sentar la cabeza', la comparación constante con otras, la sensación de que tu valor se mide en función de a quién consigues gustarle— no ha desaparecido del todo. Ha cambiado de formato.

Antes era un baile en Netherfield, ahora es un perfil de citas con seis fotos y una biografía ingeniosa. La arquitectura emocional es idéntica: mujeres jóvenes intentando averiguar si pueden confiar en su propio juicio sobre un hombre que les ha causado una primera impresión pésima o excelente, sin saber todavía cuál de las dos está mal calculada.

Lo que incomoda

Ahora bien, celebrar a Austen sin matices sería hacerle un flaco favor, y ella habría sido la primera en detestar la falta de ironía. Conviene decir en voz alta lo que estas adaptaciones tienden a maquillar.

El mundo de las Bennet es profundamente restrictivo, y el final feliz de la protagonista consiste, en el fondo, en encontrar al hombre adecuado dentro de un sistema en el que las mujeres de su clase tenían un acceso muy limitado a la independencia económica, no podían heredar Longbourn y dependían en buena medida de la familia y del matrimonio para asegurar su futuro.

Charlotte Lucas, la mejor amiga de Elizabeth, se casa con el insufrible Mr. Collins no por amor sino por seguridad y cálculo social, y Austen no la juzga por ello, la entiende. Ese es uno de los motivos por los que las nuevas generaciones —criadas viendo Fleabag o Normal People— conectan con Austen de una manera distinta a como lo hicieron sus madres.

No la leen como un cuento de hadas de época, sino como una crítica social con final agridulce disfrazada de comedia de enredos. El 'ganan los buenos' de Orgullo y prejuicio convive, en la misma página, con la certeza incómoda de que ganar, para una mujer de 1813, tenía un techo muy bajo.

Austen en TikTok

Y luego está el fenómeno puramente cultural: BookTok ha contribuido a mantener a Jane Austen dentro de la conversación literaria de una generación que ha convertido los clásicos en objeto de recomendación, meme y debate.

Las nuevas ediciones, las adaptaciones y las discusiones en redes han vuelto a poner Orgullo y prejuicio en circulación para lectores que quizá llegaron a la británica antes por una pantalla que por una biblioteca.

Hay memes, hay rankings de team Darcy vs team Wickhamspoiler: nadie está en el último, o no debería—, hay cuentas enteras dedicadas a analizar el vestuario de cada adaptación como si fuera alta costura.

La ironía es deliciosa: una mujer que escribió en el anonimato, firmando sus primeras novelas como by a Lady, se ha convertido en una marca personal más reconocible que la de muchos autores contemporáneos con nombre y apellido en la portada.

El debate abierto

Queda la pregunta que probablemente más divida a las lectoras de Magas: ¿es sano seguir alimentando el mito de Darcy en 2026, o es momento de admitir que buena parte de su atractivo es, sencillamente, ficción de una época que no volverá?

¿Nos enseña Austen a exigir más —a no conformarnos, como Elizabeth, con la primera proposición que llega aunque resuelva todos nuestros problemas— o nos malacostumbra a esperar redenciones de hombres que en la vida real rara vez leen la crítica que les hacemos, y mucho menos la interiorizan?

No hay una respuesta única y probablemente esa sea la razón última por la que en 2026 seguimos volviendo a Austen. No cerró el debate sobre el amor, el dinero y la independencia femenina: lo dejó abierto, con una elegancia que todavía no hemos conseguido igualar.

Podemos cambiar los vestidos, los escenarios, el género, la plataforma o incluso convertir a los Bennet en protagonistas de otra historia. Lo que no cambia es la pregunta. Y esa, sospecho, es exactamente la gracia.