Escena de 'Amélie' (Jean-Pierre Jeunet, 2001).

Escena de 'Amélie' (Jean-Pierre Jeunet, 2001). IMDb

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Abran paso a la revolución del carrete: ¿por qué los Gen Z y los 'millennials' se obsesionan con lo analógico?

Las cámaras clásicas y las digitales vuelven a la carga, al igual que la tendencia de los scrapbooks y el intercambio de cartas.

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En cierta línea de metro de Madrid, a la entrada, un fotomatón que anuncia fotos por 6 € acecha a los viajeros. Los que entran en la cabina no necesariamente van a darle al botón para pasar con éxito la cita de la renovación del carnet de identidad. Detrás de la cortina se esconde la revolución de lo analógico.

Las pistas están por todas partes. En los eventos familiares ya no sólo están presentes las cámaras de los móviles; las de carrete han vuelto. Tampoco faltan en esos viajes planeados no únicamente por la belleza del destino, sino por cómo quedarán los recuerdos en redes sociales cuando se suban las imágenes.

En las bodas, es habitual ver a una serie de invitados encargados de retratar los momentos memorables —más o menos impostados— con los mismos dispositivos que acompañaron la infancia y adolescencia de los millennials.

Otro elemento indispensable en la cultura pop de los Gen Z son las cámaras, pero en su formato digital. Esos aparatos que incrementaban su tamaño cuando se encendían ahora se cuelan en microbolsos que se pasean al hombro por los sitios de moda.

Y así, el listado de elementos podría continuar: hay gente que reclama el regreso de los móviles con tapa. De hecho, en redes se ha visto como algún que otro creador de contenido ha intentado resucitar una Blackberry; se han creado comunidades de intercambio de cartas; y regalar scrapbooks se ha convertido en lo más.

@carlospeguer

me he comprao una blackberry

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Ariadna Vilalta es ciberpsicóloga. A la vuelta de la esquina se encuentra el lanzamiento de su libro, Una vida siempre en línea (Destino, 2026), una publicación que define como "para entender qué nos está pasando psicológica y socialmente en la era digital".

La experta comenta que su campo de especialización sirve precisamente de puente entre el mundo analógico y el tecnológico. "Que lo analógico vuelva a ponerse de moda lo veo como un ajuste de la 'normalidad'. Nos pasamos de frenada sobre todo en lo que hace referencia a la incorporación de las redes sociales en nuestras vidas y ahora, hay un elemento de corrección", cuenta.

De acuerdo a la profesional, no se trata de algo contradictorio, sino de una respuesta psicológica al contexto actual. "La velocidad a la que vivimos ha producido también saturación, ansiedad atencional, sensación de irrealidad y una cierta pérdida de presencia", explica.

Escena de 'Amélie' (Jean-Pierre Jeunet, 2001) en la que la protagonista se encuentra en un fotomatón.

Escena de 'Amélie' (Jean-Pierre Jeunet, 2001) en la que la protagonista se encuentra en un fotomatón.

En ese contexto, Vilalta se define como una ferviente defensora de volver a escribir una carta, hacer un scrapbook o utilizar una cámara de carrete. "Es una forma de recuperar tiempo, cuerpo, espera y materialidad", apostilla.

Y es que, tal y como detalla, lo analógico introduce algo que hoy tiene un componente casi revolucionario: la lentitud. Esa pausa necesaria que invita a una reflexión temida, necesaria y cargada de oportunidades a partes iguales para quien la habita.

Cuando se escribe por WhatsApp es posible editar ese mensaje enviado por la noche, bañado en la vulnerabilidad del momento. Esa transformación también supone una desconexión emocional. Es sinónimo de un falso arrepentimiento de los sentidos. Borrar esa última línea antes del punto final es un acto de cobardía.

Las palabras que se plasman en el papel, que viajan kilómetros o apenas unos metros, con un sello que sabe a antaño contienen en ellas el futuro, porque de verdad se asume el presente.

La experiencia vuelve a la vida y desplaza el modo automático. Los miedos a responder a una llamada de teléfono se diluyen. La espera entonces, emociona.

"En el caso de los z, además, hay una paradoja interesante. Es una generación hiperconectada, pero también muy consciente de los costes psicológicos de eso. No necesariamente rechaza la tecnología, pero sí busca pequeños refugios frente a ella", explica Vilalta.

Es en este punto donde confiesa desde su experiencia que lo analógico funciona como una especie de pausa identitaria. "Se trata de un espacio donde no todo tiene que ser compartido, medido o convertido en contenido", añade.

La cuadratura del círculo

En el mar de opciones que ofrece el mundo tecnológico, hay alternativas que navegan a medio camino entre la innovación y lo que siempre ha funcionado. Al bucear en las tiendas de aplicaciones de los respectivos sistemas operativos, se puede encontrar por ejemplo una que lleva por nombre Dazz Cam. Ahora, filtros que simulan su estética también se alojan en Instagram.

¿Qué es lo que propone? Una vez que la app está instalada en el terminal, sólo hace falta acceder a ella para mirar el mundo de otro modo.

Uno que sabe a años 80 y 90. A infancia. A tardes de verano en la piscina del abuelo y mañanas de fin de semana en la salita de juegos. A los resúmenes de la Serie Naranja de El Barco de Vapor en la azotea, mientras tu madre tendía. Fray Perico y su borrico (Juan Muñoz Martín, 1980, El barco de vapor).

Pero, ¿qué sentido tiene que lo vintage se instale en lo inmediato? Vilalta enlaza su explicación con un arranque sencillo, el de que todo vuelve. Las tendencias, por definición, son cíclicas. El presente contiene al pasado. En el futuro, conviven los tres tiempos.

"Hay muchos estudios psicológicos sobre ese fenómeno. Se le puede atribuir una acción-reacción a lo que invade nuestro día a día o hablar de cómo romantizamos el pasado…", continúa.

"Si ponemos el foco en la ciberpsicología, parte de ese sentido se puede asociar a que vivimos en una cultura de la imagen digital perfecta, excesivamente nítida, corregida y optimizada. La estética vintage introduce una ficción de imperfección. Es una manera de darle vida real a lo que sucede delante de la cámara", detalla.

Los protagonistas de de 'Karate Kid' (John G. Avildsen, 1984) utilizando un fotomatón.

Los protagonistas de de 'Karate Kid' (John G. Avildsen, 1984) utilizando un fotomatón.

Psicológicamente, es muy interesante. No siempre estamos volviendo a lo analógico real, sino a su representación emocional. Utilizamos tecnología avanzada para producir nostalgia y esta no tiene que ver sólo con el pasado", explica.

"Muchas personas jóvenes tienen este sentimiento respecto a épocas que ni siquiera han vivido. Sucede, y funciona, como un lenguaje: sugiere autenticidad, intimidad, espontaneidad, una vida menos acelerada... Frente a la imagen hiperproducida, el filtro dice: 'esto no está tan calculado', aunque, paradójicamente, sí lo esté", añade a su discurso perfectamente orquestado.

María C.S. es una millennial que pasa más horas de las que le gustaría en redes sociales. Cuando su móvil le pide que libere memoria para seguir almacenando recuerdos que no volverá a visitar, nunca borra esta aplicación. "Siento que lo que fotografío a través de esta lente sí tiene sentido. Es más especial", cuenta.

"De hecho, no utilizo Dazz Cam en cualquier ocasión, sino en momentos determinados: una escapada, un trozo de naturaleza que se cuela en la ciudad o esos puestecitos de flores tan mainstream que te dan algo de ganas de vivir aunque estés lejos de pisar el campo", comenta.

He aquí una aclaración interesante de Ariadna Vilalta: en estos comportamientos también hay una dimensión identitaria. "En las plataformas no sólo mostramos lo que hacemos; enseñamos cómo queremos ser leídos", explica.

De acuerdo a su criterio, una foto con estética de carrete puede comunicar sensibilidad, gusto e incluso cierta distancia frente a la perfección digital. "Es una forma de construir una esencia más 'auténtica', más artística o más emocional dentro del propio ecosistema de visibilidad", añade.

No obstante, renegar de la contradicción que vive en esta anécdota sería absurdo. Se busca una desconexión que luego se vuelca en un espacio que es sinónimo de conexión permanente. "Es algo que define muy bien nuestra época. No estamos fuera de lo digital, intentamos humanizarlo", expresa la ciberpsicóloga.

En el cerebro

Es curioso cuanto menos ahondar en cómo este regreso de lo analógico puede afectar a nivel cerebral. Porque sí, tiene sentido hablar de ello. Así lo explica el catedrático de Psicobiología en la Universidad Complutense de Madrid, Manuel Martín-Loeches.

"Es interesante abordar esto en el plano de la escritura. Aquí aparece alguna modalidad de conocimiento más, porque entra en juego el tacto. Es diferente de una letra a otra, si se utiliza un boli, un lápiz o un teclado. La acción también es distinta, lo que ofrece una experiencia más completa, más integral", arranca.

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Esto mismo sucede también con la lectura en físico, según el experto. "No es lo mismo tocar una página que otra, que la vista vaya de izquierda a derecha, de los números impares a los pares. Aquí reflota la orientación espacial, que facilita la memoria", detalla.

Según Martín-Loeches, esto entronca con el hipocampo, que es la zona del cerebro que activa el recuerdo.

Vilalta completa la cuestión afirmando que el factor diferenciador a nivel del órgano entre estar constantemente pegados a la tecnología o a la IA y optar por lo analógico es básica: "El elemento distintivo está en el tipo de atención que movilizamos".

"Muchas prácticas analógicas activan una más sostenida, más manual y más encarnada. Escribir, ordenar fotografías, montar un álbum, revelar una imagen o esperar el resultado de un carrete implican procesos distintos: planificación, memoria, motricidad fina, paciencia, imaginación y elaboración emocional", explica, a la par que añade que no hay que demonizar lo digital.

No obstante, apunta que cuando delegamos demasiado en la tecnología "corremos el riesgo de reducir ciertos procesos internos: la espera, la duda, el ensayo, la frustración creativa, la memoria activa o la construcción personal de significado".

Y es que, como comenta la experta, el cerebro necesita eficiencia, pero también profundidad.

Como de costumbre, lo interesante de este tipo de cuestiones no está en la elección entre un mundo u otro. Lo que es cierto es que cuando el presente —y las agendas— se empeñan en pisar un acelerador que lleva al sujeto a marchas forzadas, hay determinados gestos que suponen una pequeña revolución.

Lo tangible y la nostalgia —en la que no conviene refugiarse en exceso— son una forma también de recordar de dónde venimos para no perder el rumbo en un presente en el que es fácil diluirse.