Un perro jugando en el agua.

Un perro jugando en el agua. Cristina Villarino

Mascotario

Los expertos coinciden: educar a un perro no es enseñarle trucos, sino aprender a ser su lugar seguro

El l educador canino Juan Manuel Liquindoli explica que forzar la obediencia en situaciones de inseguridad perjudica el bienestar del animal

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Angelica Rimini
Publicada

En el mundo del adiestramiento canino, existe una creencia arraigada de que un perro "educado" es aquel que responde mecánicamente a comandos de obediencia, como dar la pata o realizar piruetas.

Sin embargo, para el educador canino Juan Manuel Liquindoli, el enfoque tradicional de la enseñanza es secundario cuando se trata de abordar problemas de comportamiento.

Según explica el especialista, su trabajo no se centra en que los animales ejecuten trucos para entretener a sus dueños, sino en comprender profundamente la psicología y las necesidades emocionales del individuo.

Ante la curiosidad de quienes esperan ver una demostración de control absoluto sobre el animal, Liquindoli es tajante al afirmar que, bajo su metodología, prácticamente no le enseña ese tipo de conductas accesorias a sus perros.

Una filosofía de trabajo

Esta filosofía de trabajo se puso a prueba durante una reciente intervención en un entorno televisivo, donde la presencia de su perra generó expectativas sobre su capacidad para "quedarse quieta" bajo orden.

Ante la posibilidad de pedirle que permaneciera sentada mientras él se alejaba, el educador aprovechó para explicar la importancia de leer el contexto y el estado interno del animal antes de exigirle un comando.

Aunque el perro podría obedecer, Liquindoli señala que forzar una conducta de obediencia en un entorno desconocido y ruidoso puede resultar contraproducente y falto de empatía.

Para el educador, es fundamental reconocer cuándo un perro manifiesta señales de inseguridad. En un set de televisión, rodeado de personas extrañas y sonidos desconocidos, es natural que el animal no se dedique a recorrer el espacio con soltura, sino que busque la cercanía de su guía.

"Si yo me paro, ella quiera venir conmigo porque soy su lugar seguro", explica Liquindoli, subrayando que el vínculo de confianza es la base de cualquier intervención exitosa.

Un ancla emocional

En situaciones de estrés o incertidumbre, el guía se convierte en el ancla emocional del perro, y romper ese contacto para demostrar una habilidad de obediencia carece de valor educativo real. Juan Manuel Liquindoli invita a reflexionar sobre el sentido de la exposición al que sometemos a nuestras mascotas.

Aunque técnicamente podría pedirle a su perra que se quedara quieta en una situación comprometida, advierte que hacerlo sería "exponerla a algo que quizás no tiene sentido en este momento".

Este enfoque prioriza el respeto por el estado emocional del perro sobre el lucimiento del propietario o el adiestrador. En última instancia, una convivencia armoniosa no se mide por la cantidad de trucos que un perro sabe realizar, sino por la capacidad del guía para ofrecer seguridad y comprensión en los momentos en que el animal se siente más vulnerable.