Miguel Ángel López y Juan Rueda, empleados de Casa Aranda.

Miguel Ángel López y Juan Rueda, empleados de Casa Aranda. Samuel Baeza

Gastronomía

Juan, camarero de la churrería más antigua de Málaga: "Mantenemos la misma receta desde 1932"

Casa Aranda sigue siendo un referente de la ciudad gracias a su fidelidad a una tradición centenaria.

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Samuel Baeza
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Las claves

Casa Aranda, la churrería más antigua de Málaga, mantiene la misma receta de churros desde 1932.

El local original fue fundado por Antonio Aranda y hoy cuenta con dos sucursales más en la ciudad.

Durante la pandemia, preservaron la masa madre original llevándola a casa para no perder el sabor tradicional.

El turismo ha sido fundamental para mantener los 45 empleos actuales, aunque el cliente tradicional sigue acudiendo.

Ha sobrevivido a una Guerra Civil, a una dictadura, a una transición, a una pandemia y a un apagón. Casa Aranda, la churrería más emblemática de Málaga, sigue siendo un referente de la ciudad gracias a su fidelidad a una tradición centenaria. Juan Rueda, su encargado desde hace 22 años, asegura que la clave está en la materia prima: “Usamos los mismos ingredientes que en los años 30. Eso hace que al morder cada churro la clientela recuerde su infancia”.

Fundada por Antonio Aranda en 1932, Casa Aranda nació de la necesidad de Málaga en tiempos de carestía. Su objetivo era sencillo: aportar a la ciudad un lugar donde la comida básica no solo estuviera disponible, sino que se convirtiera en un símbolo de comunidad. Hoy, el local original se mantiene, acompañado de dos nuevos en calle Alhóndiga y calle Santos.

El trabajo detrás de los churros no es improvisado. Cada semana se hace inventario de café, harina y azúcar. Rueda explica que “el pedido incluye desde sacos de harina y azúcar hasta doce cajas de descafeinado y 40 kilos de café en grano. Mantener este volumen requiere un control muy riguroso”.

La pandemia puso a prueba este legado. Para preservar la masa madre de 1932, un churrero se la llevó a casa junto con los ingredientes esenciales. “Así, al volver a abrir, los malagueños seguían conectados con el sabor original”, recuerda Rueda.

No solo los malagueños han sido testigos de la tradición: turistas de todo el mundo han llegado para aprender y disfrutar. “Unos coreanos vinieron un día porque querían aprender a hacer churros. Incluso trajeron regalos. El jefe se mostró reacio porque aquello no era tan fácil: para ponerlos a hacer churros había que contratarlos primero y luego enseñarles a hacer la masa", cuenta Rueda.

El turismo, reconoce, ha sido clave para mantener los 45 empleos actuales: “El cliente tradicional sigue viniendo, pero no tanto como antes. Las tertulias en el centro se hacen menos; si no hubiera turistas, no seríamos 45 empleados, sino 10”.

A pesar de los cambios en el consumo y la demanda de nuevas bebidas como el latte macchiato o el capuchino, Casa Aranda mantiene su esencia. La receta de 1932 sigue siendo el hilo conductor que une generaciones y épocas, demostrando que en Málaga, algunos sabores son verdaderamente eternos.