En 1696 se implantó en Inglaterra un impuesto sobre las ventanas que se mantendría vigente durante más de cien años. Al principio quedaron exentos de pago los hogares que contaran con menos de diez ventanas a la calle, pero con el tiempo este número se fue estrechando. Como reacción, muchos contribuyentes decidieron tapiarlas. Dicen que aún quedan casas cuyas aberturas obstruidas con ladrillo datan de ese periodo.

En España, como somos espabilados, no tenemos miedo a ese tipo de impuestos. Aquí se lo ponemos difícil al fisco, porque proliferan los pisos-zulo y esos ya de serie carecen normalmente de luz y ventilación adecuadas. Son los que de pronto te hacen dudar de si eso que leíste una vez sobre habitabilidad y metros cuadrados mínimos por persona es cierto o en realidad lo soñaste en un delirio rosa y purpurina.

Porque, digan lo que digan la normativa y el sentido común, no hay más que entrar en un portal inmobiliario para asistir a un aquelarre de madrigueras diseñadas pensando en un hámster especialmente austero (y pudiente).

Aunque viendo lo que viene, ese hámster de dos patas casi puede aferrarse a su bola de algodón y considerarse afortunado: me cuenta una amiga que se está popularizando en Málaga el modelo de habitaciones compartidas. O sea, que ya no solo es costoso conseguir un dormitorio propio para alquilar, sino que por el mismo precio tendrás que convivir en él con un desconocido. Y yo que me quejaba de dormir con mi hermana…

No falta quien destaca las ventajas del modelo. Conoces gente y socializas (quieras o no), apuntan. Lo de reducir gastos para ahorrar y optar en el futuro a un alquiler para ti solo o -quién sabe, pongámonos soñadores-, a tu propia vivienda, que era el motivo por el que compartíamos casa hace unos años, a los jóvenes de hoy les debe de sonar a chino. Mejor hablémosles de la siguiente solución, que también tiene su enjundia.

Es lo último en comodidad y estilo, ya lo advierto, y permite no solo ahorrar en euros sino en oxígeno, porque optimiza el espacio de tal modo que todo queda necesariamente a mano. Y además tiene sus propios adeptos.

Se trata de las caravanas y furgonetas camperizadas. Ojo, que he visto alguna que aventaja por goleada a los pisos zulo (nuestro arrendatario-hámster no sabría ni dónde esconder las pipas). Las hay con microondas, con ducha y fregadero, incluso con literas. Y con la ventaja adicional de la movilidad. Porque, si puedes pagar la gasolina, el estacionamiento, la electricidad, el suministro de agua y además tienes vacaciones en el trabajo y permiso de conducir, el mundo es tuyo. Al menos hasta donde lleguen las carreteras.

Sí, una camper es muy buena opción para unas maravillosas vacaciones. No tanto quizá como vivienda habitual, a pesar de que aumentan también las historias de personas que deciden “dejarlo todo”, coger su mochila y su taza serigrafiada con “Si quieres, puedes” y mudarse a vivir a uno de estos vehículos de alrededor de seis metros cuadrados, en los que no pagarán alquiler ni perderán horas en ordenar y limpiar.

Parece la solución definitiva. Porque, ¿quién querría ducharse de pie sin preocuparse de que el depósito de agua se vacíe y te deje a medias, especialmente en invierno? ¿A quién le importa estirarse en la cama, ver una película en el salón con amigos o simplemente cocinar sin tener que encoger los codos? Es más, ¿quién preferiría poder bajar a la farmacia o ir andando al trabajo cuando se puede disfrutar de la libertad en el campo de un primo o en un polígono industrial?

Como hay opiniones para todo, los detractores del modelo dicen que se romantiza la pobreza. Y el mercado inmobiliario no sería el único exponente: también crece, por ejemplo, esa saludable preferencia por quedarse en la ciudad durante el verano, disfrutar del calor del asfalto y descubrir los encantos del barrio propio en agosto. Una preferencia que, curiosamente, se vuelve mucho más popular cuando suben la inflación y los precios.

Será que, con el envoltorio adecuado, todo se vende como elección, como estilo de vida, aunque esté formulado en realidad para esconder graves carencias. Tal vez por eso cualquier espacio, por pequeño que sea, puede pasar por un hogar solo con poner unas luces en guirnalda y unas cajas de almacenamiento. Y no es así. En absoluto. Si no, que les pregunten a los hámsters. A los de dos patas, que cada vez tenemos más.