A las 11:20 horas el termómetro junto a la pizarra marcaba 32,8 grados. Lucía, la profesora de quinto de Primaria, había abierto las ventanas, pero los ventiladores solo removían el aire caliente mientras veintisiete niños intentaban terminar un ejercicio.
-"Señorita, Pablo está raro", avisó una pequeña compañera.
Pablo, de 10 años, estaba inclinado sobre la mesa, con la camiseta empapada, la cara enrojecida y la respiración acelerada. “Me duele mucho la cabeza y tengo ganas de vomitar”.
Aquella mañana había hecho Educación Física en el patio y apenas había bebido. Lucía y Carmen, la directora, lo trasladaron a la biblioteca, la estancia más fresca del colegio. Le aflojaron la ropa, humedecieron su cara y su cuello y comenzaron a ofrecerle pequeños sorbos de agua.
Seguía consciente, pero estaba mareado y terminó vomitando.
En la consulta, Antonio, el pediatra, comprobó que tenía 38,6 grados, el pulso acelerado y signos leves de deshidratación. Comenzó a mejorar tras descansar, enfriarse y beber lentamente.
Ha sufrido un agotamiento por calor, explicó a Marta, su madre, No ha llegado a presentar un golpe de calor, pero ha estado demasiado cerca. El agotamiento térmico suele manifestarse con sed intensa, sudoración abundante, debilidad, cefalea, mareo, náuseas, vómitos, calambres y taquicardia.
El golpe de calor es mucho más grave: la temperatura corporal puede superar los 40 grados y aparecen confusión, comportamiento extraño, convulsiones o pérdida de conciencia. Es una emergencia médica que puede provocar insuficiencia renal, lesión hepática, trastornos de la coagulación, fallo multiorgánico e incluso la muerte.
Pero estaba dentro de clase, decía Marta. El peligro no está solo en una playa o en un coche cerrado. También aparece en un patio sin sombra, un gimnasio mal ventilado o un aula que permanece varias horas por encima de los treinta grados.
Los niños no son adultos pequeños frente al calor. Su sistema de termorregulación todavía está madurando, tienen una superficie corporal proporcionalmente mayor y dependen de los adultos para beber, descansar o interrumpir una actividad.
Los lactantes y menores de cuatro años son especialmente vulnerables, pero también los escolares que hacen ejercicio, los niños con obesidad o enfermedades crónicas y quienes toman determinados medicamentos. Además, pueden comenzar a deshidratarse antes de sentir sed.
El calor ha dejado de ser un visitante ocasional de la consulta pediátrica. Durante 2026, el Defensor del Pueblo recibió alrededor de 400 reclamaciones relacionadas con las altas temperaturas en los colegios españoles, unas trece veces más que el año anterior.
Las familias comunicaron aulas por encima de los 30 grados y episodios de cefalea, mareos, vómitos y sangrado nasal. La Asociación Española de Pediatría advierte de que, cuando un aula supera los 26 o 27 grados, comienzan a deteriorarse el bienestar, la atención, la memoria y la concentración.
Por encima de los 30 grados, el ambiente deja de ser adecuado para aprender y, a partir de 32 o 33 grados, aparece un riesgo sanitario claro.
El calor también dificulta el aprendizaje. Los estudios citados por la AEP indican que, en aulas situadas entre 20 y 25 grados, por cada grado que disminuye la temperatura pueden aumentar hasta un 10 % las respuestas correctas en matemáticas.
Por cada grado adicional, los resultados académicos descienden. Antonio mostró a Marta otro dato.
En mayo de 2026 se estimaron en España 101 defunciones atribuibles a las altas temperaturas, la cifra más elevada para ese mes desde 2015 y 3,6 veces superior a la media de la década anterior. Entre 2015 y 2025, el sistema de monitorización de la mortalidad estimó 27.564 fallecimientos relacionados con el calor.
La mayoría se produce entre personas mayores, pero la infancia tampoco está al margen. UNICEF calculó que, en 2021, aproximadamente 377 menores de veinte años murieron prematuramente por causas asociadas al estrés térmico en 23 países de Europa y Asia Central. Casi la mitad, un 48 %, falleció antes de cumplir su primer año de vida.
Las cifras parecen lejanas hasta que el niño mareado es el propio hijo.
Al día siguiente, el colegio adelantó las actividades físicas, estableció pausas obligatorias para beber, evitó el patio en las horas centrales y trasladó algunas clases a las zonas más frescas.
También informó a las familias y solicitó mejoras en el aislamiento, las persianas, las zonas de sombra y la climatización. Pablo regresó dos días después.
Durante demasiado tiempo hemos aceptado que pasar calor en junio forma parte natural de la escuela. Pero un aula no debería ser una prueba de resistencia ni un niño tendría que marearse para demostrar que la temperatura es peligrosa.
La moraleja es sencilla: el calor avisa antes de causar una tragedia. Escucharlo significa actuar antes del primer vómito, del primer desmayo o de la primera ambulancia. Los niños no deben convertirse en los termómetros del cambio climático, sino en la razón por la que aprendamos a anticiparnos.