Volviendo de un agradable desayuno en el Café de la Abuela, me he topado en el portal con una señora canadiense que buscaba nuestras oficinas. Venía sin cita. Dudaba entre dos timbres cuando me ha preguntado si sabía dónde estaba el despacho. Nos hemos reído cuando le he dicho que sí, que lo sabía bien: que yo era la socia directora.

Hemos subido juntas en el ascensor y, mientras la acompañaba a la sala de juntas, me ha dicho algo que me ha hecho sonreír. “This is just Málaga”.

Tras un rato de charla, me ha confesado que sueña con envejecer aquí. Cuando sus amigos en Canadá le preguntan por qué decidió mudarse al otro lado del mundo, siempre responde lo mismo: porque ha encontrado “the smallest big city in the world”. La gran ciudad más pequeña del mundo.

He estado pensando durante todo el día en esta definición de Málaga.

Esa misma noche asistía al Festival de Danza Tip Toe en el Teatro Soho. Disfrutamos del talento de la Bavarian company, presentado por Antonio Banderas. A la salida, entre flashes, directores, actores y ese pequeño caos elegante que acompaña siempre al mundo del teatro, he vuelto a acordarme de las palabras de mi ya clienta. Y he pensado que quizá no exista una definición más precisa para describir esta ciudad.

Porque Málaga tiene algo difícil de explicar a quien no la ha vivido. Es lo suficientemente grande como para que aquí ocurran cosas importantes. Lo vemos con los continuos eventos, pero también con la llegada de empresas tecnológicas, con el talento internacional que decide instalarse aquí, con una agenda cultural que hace tiempo dejó de parecerse a la de una ciudad de provincias.

Y, sin embargo, sigue conservando un latido que muchas grandes ciudades perdieron hace décadas.

Aquí todavía es posible encontrarte por casualidad con alguien que venía a verte. Todavía puedes cruzarte con medio mundo caminando diez minutos por el centro. Todavía hay tiempo para que la vida profesional conviva con la personal sin que una devore a la otra.

Hay ciudades en las que se puede hacer de todo, menos vivir. Y hay otras donde la vida es cómoda, pero terriblemente aburrida.

Málaga, de alguna forma, ha conseguido situarse justo en medio.

Lo extraordinario no es asistir al estreno de una obra, aunque sea algo realmente excepcional en mi agenda. Lo verdaderamente único es que todo eso pueda ocurrir un martes a las siete y media de la tarde y aun así tener tiempo de volver a casa para cenar con tus hijas y acostarlas.

Muy pocas grandes ciudades del mundo pueden ofrecer tanto y mi clienta lo sabe bien.