Miguel, en una fotografía tomada tras la entrevista.

Miguel, en una fotografía tomada tras la entrevista.

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Miguel inspira en redes tras sufrir una lesión medular: "No puedo desaprovechar esta segunda oportunidad de la vida"

A los 23 años, una grave lesión medular le obligó a reenfocar su vida desde una silla de ruedas, aunque sin olvidar de dónde viene ni su pasión por el deporte.

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Las claves

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Miguel Galera, de 24 años, sufrió una lesión medular y ha transformado su vida enfocándose en la superación personal y la gratitud por lo que conserva.

Gracias al apoyo de su familia, amigos, profesionales de la sanidad pública y la terapia psicológica, logró salir de una profunda depresión tras el accidente.

Miguel mantiene una rutina activa con rehabilitación, piscina y gimnasio, compartiendo sus logros en redes sociales para inspirar y ayudar a otras personas en situaciones similares.

Su labor divulgativa en redes y charlas con jóvenes le ha permitido conectar con personas de todo el mundo, promoviendo la importancia de la salud mental y el apoyo social.

Dijo un día uno de sus artistas favoritos, Robe, que "si fuera mi vida una escalera, me la he pasado entera buscando el siguiente escalón". Una frase que bien podría resumir el estilo de vida de Miguel Galera, un joven de apenas 24 años que hace algo más de uno tuvo que volver a aprender a vivir tras sufrir una grave lesión medular a raíz de un accidente.

Lejos de quedarse en la superficie, no ha dudado en trabajar mental y físicamente para salir adelante y seguir buscando nuevos logros y objetivos.

Desde aquel día, su vida es exactamente eso: un escalón detrás de otro. Miguel se define como un chaval al que le gusta mucho estar con su familia y amigos, que daría "todo por ellos" y al que el año pasado, dice, le cambió la vida.

Aun así, intenta seguir haciendo "en un altísimo porcentaje" lo que hacía antes, aunque a veces cueste y parezca imposible. Ese matiz, el del porcentaje, es la primera pista de cómo ha evolucionado su mentalidad: ha aprendido a no quedarse en todo lo que ha perdido, sino a agradecer todo lo que conserva.

Llegar hasta ello, sin embargo, no ha sido algo sencillo e inmediato. Durante meses, Miguel no fue del todo consciente de que su vida había cambiado y de que tendría que verla, a partir de entonces, desde una silla de ruedas.

Fue, dice, algo "paulatino". Recuerda un golpe que le dejó fuera de combate mentalmente, un bajón que duró unos seis meses y que dio paso a una "profunda depresión".

"Me pasó porque tardé en darme cuenta de todo lo que conllevaba esa lesión medular y en entender qué me estaba pasando", declara

Salir de una situación tan complicada fue un proceso lento, pero contó con el mejor cóctel posible: la terapia psicológica, una familia, unos amigos que no fallan y un impresionante equipo de profesionales de la sanidad pública.

Eso, sumado a su fuerza de voluntad, logró sacarle del 'pozo' en el que se ahogaba. "El trato del personal de la sanidad pública es impresionante, no puedo estar más agradecido", relata el joven, que pasó ocho meses ingresado entre Málaga y Sevilla.

De aquella etapa, Galera reconoce que no solo recibió atención médica, sino que se sintió acompañado y querido. "Las enfermeras no solo vienen a curarte; hacen de tía, de madre, de amiga, de psicóloga", sostiene.

Aun así, darlo todo para aprovechar la segunda oportunidad que le ha dado la vida no fue, en su caso, una decisión de un día para otro. Lo que le llevó realmente a seguir adelante fue no fallarle a un amigo al que le había hecho una promesa y al que no quería defraudar por nada del mundo. "Yo siempre veía la luz al final del túnel. Es verdad que con el tiempo esa luz se oscureció bastante, pero nunca dejé de verla", cuenta.

En ese camino, su paso por el Hospital Militar Doctor Muñoz Cariñanos fue el que le abrió los ojos a la nueva vida que le esperaba al salir. Compartía espacio con pacientes que tenían el mismo tipo de lesión y encontró apoyo en ellos: eran los únicos que podían comprender realmente cómo se sentía.

A partir de aquellas conversaciones empezó a darse cuenta de algo. Una de las trampas habituales del discurso de la superación es despreciar los problemas ajenos por pequeños después de vivir algo tan grave.

Miguel se ha cuidado de no caer ahí, sobre todo gracias a un consejo de su padre durante los primeros permisos para visitar a sus amigos: "Me decía: 'Tú ahora vas a relativizar más, y lo que antes era un problema ya no lo va a ser. Pero que no se te olvide que el problema de uno siempre es el problema de uno'".

Lo cuenta con un ejemplo. Igual ahora puede tener un amigo agobiado con un examen u otro porque no tiene dinero para arreglar el coche, problemáticas que para él pueden parecer una tontería. Pero ha aprendido que para sus amigos pueden ser un mundo, y que ahí debe estar.

En realidad, esa es una de las pocas certezas que ha sacado en limpio de todo lo vivido. Aunque parezca complicado encontrar algo positivo en una desgracia como un accidente, reconoce que tras un episodio tan complicado se ha dado cuenta de cuánta gente le quiere y ha aprendido a vivir más en el presente que en el futuro. Ya no le gustan los planes a largo plazo: prefiere lo que tiene delante.

Un escalón detrás de otro

Si hubiera que traducir en imágenes el verso de Robe sobre buscar el siguiente escalón, basta con asomarse a su semana. Antes de la lesión, Miguel ya era un deportista constante: jugó al fútbol de niño, le dio fuerte al pádel, era asiduo del gimnasio y echaba canastas con los amigos.

Hoy, lejos de haber soltado ese hábito, lo ha redoblado. Sumando rehabilitación, piscina y gimnasio, ronda los seis o siete días de actividad física semanales. Tres días en la asociación Aspaym de rehabilitación, dos de piscina con ellos mismos, tres o cuatro de gimnasio. Y, a eso, añade ocio activo: bolos, algo de boxeo o baloncesto.

Llegar a esa rutina, eso sí, no ha sido inmediato. "Al principio es complicado, sobre todo porque no sabes si vas a poder practicarlo". Cuando descubre que sí, llega el segundo choque: ya no es el mismo deporte. "Sí, a lo mejor jugar al baloncesto sigue siendo tirar a canasta, pero los movimientos, el correr, cambia. Tienes que reaprender a jugar, pero lo importante es intentarlo para poder seguir jugando".

Esa misma lógica del esfuerzo se traslada al gimnasio. Aun moviéndose en silla, hace dominadas en barra, algo con lo que muchos internautas, cuando comparte vídeos en redes, se quedan boquiabiertos. Y es que, cuando uno se mueve en silla, los brazos no solo empujan: "lo son todo". Hacen las transferencias a la cama, a la ducha, al coche. "Estás continuamente fortaleciendo", dice. Para subir a la barra le ayudan uno o dos amigos, pero lo demás corre por su cuenta.

Las redes

Esos vídeos no llegan a las redes por casualidad. Miguel trabaja en marketing, sobre todo en creación de contenido y campañas publicitarias, y eso explica que su perfil de TikTok, pero también el de Instagram, tenga un acabado profesional.

Antes del accidente subía vídeos y fotos a una cuenta privada de Instagram: viajes, amigos, lo de cualquier veinteañero. Después decidió darle una vuelta a su contenido para aportar al mundo con su experiencia y ayudar a quien se viera en su situación.

El paso de lo privado a lo público no fue idea suya. Cuando la cuenta era privada, había seguidores del barrio o conocidos lejanos que le escribían diciéndole lo mucho que les inspiraba. Unos amigos le animaron a abrirla. "Si te dedicas a crear contenido y esto inspira, ¿por qué no la compartes?".

Desde que lo hizo, acumula, semana tras semana, cada vez más seguidores, y le escriben de todos los rincones de España y hasta de Latinoamérica. Personas con su misma lesión que llevan diez años en silla y le cuentan que les motiva ver a alguien que empieza.

Familiares de heridos, como una chica argentina cuyo novio sufrió un accidente de moto, que le piden orientación durante los primeros meses de hospital. Y también gente que atraviesa duelos de otro tipo: una ruptura, una pérdida, una depresión, que ven en él un ejemplo de aquello en lo que quieren convertirse.

Lejos de pesarle, ese contacto le sostiene. "No sé si puede sonar un poco egoísta por mi parte, pero todo esto lo hago porque disfruto viendo cómo ayudo a la gente; me llena. Se retroalimenta todo, es recíproco", dice.

Esa vocación de ayudar ha trascendido la pantalla. Varias asociaciones le han llamado para dar charlas, especialmente a adolescentes. Una de ellas trabaja con menores de entre 12 y 16 años que vienen de familias desestructuradas o que arrastran problemas que les han llevado a expulsiones temporales del instituto. En ese centro siguen estudiando y haciendo exámenes, pero en grupos pequeños y con un mayor seguimiento.

En esas charlas, Miguel suele preguntarles lo mismo a los chavales que están a punto de reincorporarse a su instituto: si tienen ganas de volver. La mayoría dice que no. La razón le sorprendió. "Me decían: 'Aquí me siento escuchado, somos menos y los profesores comprenden cuáles son mis debilidades'", relata.

No culpa a los docentes, ya que "estar en una clase con 30 alumnos no te puedes centrar uno a uno", pero le impactó la lucidez de unos niños capaces de explicar por qué no quieren volver y lo importante que es para ellos sentirse escuchados. "He aprendido yo mucho más de ellos que ellos de mí; fue una respuesta muy madura", resume.

Salud mental

Esa misma idea, la de pedir ayuda y dejarse ayudar, la lleva aplicando él desde mucho antes de sufrir su lesión. Ya había hecho cuatro sesiones con un psicólogo, no porque estuviera mal, sino porque entendía la importancia de cuidarse: "Si un tío que juega en primera división, que cobra millones, que ha llegado a su sueño, tiene un psicólogo casi todos los días en su club, ¿por qué yo no?".

Aquella decisión previa cobró sentido más tarde. Cuando llegó la depresión, esa figura, junto con la del psiquiatra, fue determinante. Asegura que con su gestión, le estaban salvando "literalmente salvando la vida". Ahora, cuenta, valora ese trabajo, que con tanto prejuicio se mira desde fuera, "muchísimo más". "Es como hasta que no pasa, no sabes al cien por cien el potencial que tienen".

Miguel, en una fotografía tomada tras la entrevista.

Miguel, en una fotografía tomada tras la entrevista.

Pero no toda la red de apoyo fue profesional. Hay un cliché cuando ocurren las desgracias; estas revelan quién es amigo de verdad, quién se queda y quién huye. "Yo puedo dar gracias de que no solo se han quedado los de siempre, sino que se ha unido mucha más gente". Habla de conocidos a los que apenas saludaba, vecinos, gente que ni siquiera había tratado y que, a partir de su lesión, está y sigue estando.

Y esa respuesta, dice, no es lo más habitual en los tiempos que corren. "En España es más difícil estar en las buenas que en las malas", asevera. Pero a él, las vivencias malas le han traído más apoyo del esperado desde el inicio.

No hay dos lesiones iguales

Llegados a este punto, hay una idea que Miguel quiere subrayar, sobre todo para quienes no están familiarizados con el tema: la lesión medular no es una realidad única, sino un universo enormemente variado. Lo que le ocurre a una persona puede no parecerse en nada a lo que le ocurre a otra, aunque sobre el papel compartan el mismo diagnóstico.

Para empezar, una lesión puede ser completa, cuando se interrumpe por completo la transmisión de señales por debajo del punto afectado, o incompleta, cuando se conserva cierta sensibilidad o capacidad de movimiento. Después está la cuestión del nivel: si la lesión se sitúa por encima de cierta altura cervical, se habla de tetraplejia, que afecta a las cuatro extremidades; si está más abajo, de paraplejia, que compromete sobre todo las piernas y el tronco, como en su caso.

Y aún ahí no acaba la cosa. Incluso dos personas con una lesión casi idéntica, en la misma vértebra y con el mismo grado de afectación, pueden vivirla de formas radicalmente distintas. Uno puede convivir con dolores neuropáticos intensos y constantes; otro, no sentir prácticamente nada. Uno puede notar las piernas permanentemente frías; otro, una sensación de calor o de ardor que no se corresponde con la temperatura real. A esto se suman diferencias en la espasticidad, en el control de esfínteres, en la fatiga o en la manera en que el cuerpo responde al esfuerzo. Por eso, insiste Miguel, generalizar no solo es impreciso: a menudo es injusto con quien está al otro lado.

Él lo resume con una imagen sencilla. "Como son los nervios, y los nervios son millones, no hay una lesión medular igual. Cada uno tiene una vivencia y una historia distinta", dice. En su caso, por ejemplo, convive con un dolor que podría ser crónico —están tratando de saberlo—, algo que le limita.

Expectativas, no planes

Quizá por eso, Miguel reconoce que más que planes de futuro tiene "expectativas". Su objetivo a medio plazo es seguir trabajando para reducir ese dolor crónico, o hacerlo desaparecer. Otro proyecto en el horizonte, más lúdico: completar una carrera Hyrox, una disciplina que combina kilómetros recorridos con estaciones donde se realizan ejercicios como los temidos burpees.

En el plano emocional, las expectativas también son cortas, pero firmes. Tiene una ahijada "que me da la vida con estar un rato con ella" y se imagina en su graduación, dentro de unos años. Eso lo da por hecho. Pero, de momento, prefiere quedarse con el presente, disfrutar de lo que tiene y jugar a lo que ella le apetezca en cada momento. "Yo estoy más que dispuesto a aprovechar esta segunda oportunidad de la vida", declara.

Si pudiera mandarle un mensaje al Miguel de los primeros días de hospital, dice que sería corto: "Paciencia. Tiempo al tiempo. Vas bien con ese pensamiento". Sus amigos le dicen, desde hace tiempo, que es un "viejoven", por lo maduro que es pese a que apenas cumplirá 25 años el próximo día 18.

Tras apenas media hora de conversación, cuesta no darles la razón. Su fortaleza asombra a cualquiera. Y mientras él sigue logrando objetivos, escalón tras escalón, la canción de Robe se le va quedando pequeña: cuando menos se lo espere ya no buscará el siguiente, sino que los estará devorando de dos en dos.