Esta semana The Economist nos sacude con tres artículos consecutivos sobre China e Inteligencia Artificial que deberían ponernos en guardia a todos los que creemos que la competitividad no es un juego de palabras.

El primero detalla el 15º Plan Quinquenal: taxis voladores, reactores de fusión, ordenadores cuánticos, robots humanoides en las fábricas. La ambición tecnológica del Partido Comunista, descrita en la jerga de los tecnócratas chinos, se traduce, en lenguaje llano, en el sueño febril de Elon Musk elevado a política de Estado.

El segundo nos recuerda que el Estado chino es el mayor inversor en IA del mundo, con el 60% del gasto de capital, pero también el que frena cuando la tecnología amenaza la estabilidad.

El tercero, el más inquietante, cuantifica la carrera del talento: en 2025, por primera vez, más estudios presentados en la conferencia de IA más importante del mundo tenían como primer autor a alguien basado en China que en América o Europa.

China tiene ahora más investigadores activos en IA que América, Gran Bretaña y Europa juntas, y su cohorte es más joven: el 47% son estudiantes, frente al 30% en Occidente. Los chinos se quedan en casa porque sus universidades ya compiten con las mejores del mundo y porque programas como el Plan Qiming ofrecen sueldos de 100.000 dólares, becas generosas y ayuda para la vivienda.

Mientras tanto, en América, Purdue rescinde ofertas a cien estudiantes de posgrado chinos porque unos congresistas les piden que documenten sus vínculos con instituciones del país de origen. ¿Resultado? En 2019 solo el 12% de los investigadores chinos de NeurIPS que habían hecho el doctorado en el extranjero habían regresado a China. En 2025 esa cifra se ha más que duplicado, hasta el 28%.

Eso es lo que pasa en el mundo. ¿Y en España?

Aquí seguimos discutiendo si la innovación en procesos productivos merece o no el mismo tratamiento fiscal que la innovación en productos. Lo denuncié en estas páginas en mi artículo ¿Hacienda contra España?.

Francia deduce el I+D+I sin límite, incluyendo la innovación en procesos; Alemania hasta el 30% de la base; Estados Unidos articula el grueso de su política industrial a través de créditos fiscales, no de subvenciones que llegan tarde, mal y con formularios imposibles. España sigue exigiendo informes motivados especiales, viendo con sospecha a quien declara que innova, y dejando fuera del perímetro fiscal precisamente lo que más mejora la productividad de las pymes: mejorar cómo se hacen las cosas.

El cambio de gobierno trae dos responsables nuevos que me generan expectativas. Carlos Cuerpo, Vicepresidente Primero, ha demostrado rigor técnico y comprensión de los mecanismos de competitividad. Arcadi España en Hacienda llega con la oportunidad histórica de hacer lo que sus predecesores no consiguieron: entender que no se recauda más poniendo trabas a quien innova, sino exactamente lo contrario.

Los países que lideran el European Innovation Scoreboard no lo hacen a pesar de sus incentivos fiscales a la I+D+I. Lo hacen gracias a ellos. Entre los dos tienen en sus manos una palanca que ningún plan de gasto público puede sustituir: un sistema de incentivos fiscales a la innovación en productos y en procesos que coloque a las empresas españolas en igualdad de condiciones con sus competidoras alemanas, francesas, danesas, suizas o americanas.

Mientras eso se resuelve en Madrid, algo importante ocurre en nuestra ciudad. El Málaga Tech Park, la UMA con sus más de cien grupos de investigación en IA, los equipos de fotónica y de Quantum UMA, la llegada de IMEC y el Picasso, segundo superordenador más potente de España al que se sumará en breve un computador cuántico de más de 300 qubits de acoplamiento y más de 130 de computación, nos ponen en una posición que ninguna otra ciudad del sur de Europa puede presumir hoy.

Hay quien hace ciencia. Nosotros en Málaga podemos hacer también tecnología aplicada al mercado, que es exactamente para lo que ese ecosistema está diseñado: crear empresas, crear empleos bien remunerados, quedarnos con los talentos que formamos y atraer los que forman otros.

El Estado chino se sienta sobre un inmenso depósito de datos y puede otorgar acceso a las empresas de IA domésticas, dándoles una ventaja competitiva que ningún actor extranjero puede replicar fácilmente. Nosotros no tenemos eso. Pero tenemos infraestructura tecnológica de primer nivel, universidades con masa crítica investigadora, clima, conectividad y un ecosistema empresarial con ganas. Lo que nos falta no es capital humano ni equipos. Lo que nos falta es que Hacienda deje de ser el obstáculo y empiece a ser el instrumento.

Carlos, Arcadi: el tiempo corre. Y en China, literalmente, no paran.