Paseando por las ruinas de Éfeso, me explicaron que en sus letrinas los esclavos romanos guardaban sitio para sus señores. Como los materiales de construcción eran fríos al contacto con la piel, había siervos encargados de sentarse en las letrinas públicas para templar el mármol hasta la llegada de los amos, quienes distaban ya mucho de los recios y sufridos granjeros que habían levantado Roma.

Para alivio de estas y otras criaturas de nalgas delicadas, en el siglo XX se inventaron los inodoros con luces, chorrito de agua incorporado y, sí, con opción a calentar el asiento. Como se han convertido para muchos en lugar de lectura e incluso en silla de pensar, no negaremos que la comodidad es importante. De lo que no podemos estar tan seguros es de que las ideas que surgen de ahí estén siempre en condiciones de enfrentarse a la realidad.

Es el caso de la propuesta que pretende convertir Gaza en un resort hotelero de lujo. Con un nombre sugerente todo entra mejor, así que la han llamado “Project Sunrise": proyecto amanecer.

La historia está llena de planes dibujados sobre mapas limpios para territorios cubiertos de escombros. Planes que se discutían -y a menudo se discuten- en lugares prosaicos, pues por mucho que queramos imaginar debates apasionados y discursos para la posteridad, en el fondo sabemos que, cuando se comparten en público, muchas decisiones vienen ya tomadas de antemano. Quizá convenidas en la sobremesa de un almuerzo, en un encuentro más o menos casual o incluso con mensajes de whatsapp... Hasta acomodados en sitios contiguos en las letrinas de Éfeso.

Es posible que por eso se gesten ideas semejantes. Quienes las imaginan llevan tiempo, a veces generaciones, sin vivir en el mundo real sobre el que deciden, y quienes van a cargar con ellas necesitan posaderas de hierro, porque con frecuencia no tienen ni dónde sentarse.

En el caso de los gazatíes, la propuesta no especifica cómo o dónde vivirán durante el desarrollo del proyecto, ni cuando esté finalizado. Desde un punto de vista práctico, es de suponer que contarán con ellos al menos para retirar los cascotes. Luego vendrán los hoteles de lujo, los centros comerciales y las playas fotogénicas, y la guerra, con sus miles de muertos, quedará en el olvido.

Ante un planteamiento tan optimista, cabe preguntarse si la destrucción ajena puede convertirse en oportunidad de negocio sin solución de continuidad, como si se hablara de solares vacíos, de tierras perezosas a las que sacar rendimiento, en vez de tratarse de lugares castigados en los que las personas llevan mucho tiempo sin poder decidir nada.

Ninguna reconstrucción empieza en las infraestructuras, por pragmático que pueda parecer. Hay que trabajar antes compromisos, buscar puntos donde la reparación, aunque dolorosa y difícil, sea posible, porque ese es el fundamento de la paz. Y aquí desbarran precisamente esos programas que proyectan aportar crecimiento económico sin especificar a qué precio o para quién.

Al final, detrás del lenguaje neutro y de los objetivos prometedores, se atisba en ellos una falta de voluntad para reconocer ese presente complejo e incómodo que se vive en tantos lugares en conflicto. Y se percibe también la abismal distancia que separa a los que planifican desde asientos cálidos de quienes padecen sus decisiones.

Project Sunrise promete un amanecer y, de ser puesto en marcha, sin duda lo traerá. Pero, como en la antigua Éfeso, a unos los encontrará durmiendo cómodamente en sus camas y a otros, menos afortunados, tiritando de frío sobre una losa de piedra ajena.