José Jiménez, en el patio de los Naranjos, junto a una Catedral que sueña con ver terminada.

José Jiménez, en el patio de los Naranjos, junto a una Catedral que sueña con ver terminada. Álvaro Cabrera

Cofradías

"Se van a cumplir 100 años de la Quema de conventos y se debería resarcir a Málaga reconstruyendo el retablo de Santo Domingo"

A título personal | José Jiménez Guerrero, historiador y autor del libro El Cristo de Mena. Historia de un símbolo de la Semana Santa de Málaga.

24 marzo, 2024 05:00

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Reza el dicho taurino que son muchos los espadas que acaban tomando la alternativa, pero muy pocos los que llegan a la categoría de maestro. Bien serviría este refrán a la hora de hablar de José Jiménez Guerrero. Aunque sus avíos anden más cerca de las bibliotecas y los archivos, el conocimiento acumulado a lo largo de las décadas lo han convertido en uno de los historiadores de referencia de la ciudad de Málaga. 

"Muchos tienen el graduado de historia, pero pocos la categoría de José", se podría decir. El mérito, en este caso, viene por partida doble. Durante toda su vida ha deambulado por los años más oscuros de una ciudad que vio como de pronto, de la noche a la mañana (y entiéndase esto último de manera literal), la práctica totalidad de su patrimonio religioso desaparecía para siempre.

Allí quedaron los Cristos, las Vírgenes y las parroquias en las que los padres, madres, abuelos, bisabuelos (y siga usted la saga) de los asaltantes habían rezado años ha. La conocida Quema de conventos fue un ejercicio de canibalismo para con un pueblo que encontró su legado reducido a cenizas. 

Pero no solo hubo un ave Fénix que resurgió, sino que también hubo alguien que se preocupara de contarlo en un ejercicio de deuda para con la memoria. Por eso, José Jiménez Guerrero publica ahora El Cristo de Mena. Historia de un símbolo de la Semana Santa de Málaga (Arguval, 2024), con el que completa la secuencia de obras que tienen como punto de partida los sucesos de mayo del 1931. 

En esta entrevista con EL ESPAÑOL de Málaga, Jiménez habla de cómo esta talla (La flor de los Cristos) se acabó convirtiendo en un mito para la tierra; de cómo la ciudad está a las puertas de conmemorar el centenario de estos trágicos hechos mientras el altar mayor de Santo Domingo sigue huérfano de retablo; de cómo las catedrales están para ser terminadas y de cómo huelen las calles del Centro en Cuaresma después de cuatro años sin poder pisarlas. 

Toda esta conversación está aliñada con la pasión con la que este historiador y comunicador siente lo que hace. Por Málaga y su Semana Santa

Han pasado más de 90 años desde que se produjo la Quema de conventos. Tanto tiempo después, la imagen del Cristo de Mena sigue despertando pasiones, consolidada como el gran mito de la Semana Santa de Málaga. ¿Qué tenía esta talla para que, aún sin estar, no haya desaparecido de la memoria de Málaga?

93 años, para ser exactos. La primera de las razones tiene que ver con la personalidad de su autor. Fue en el siglo XIX cuando se catalogó como una talla realizada por Pedro de Mena. La cofradía de la Buena Muerte cambió su imagen titular por esta, que se encontraba en el altar mayor. Este dato sobre la ubicación es importante porque Pedro de Mena hizo esa escultura para colocarla en la sala de Profundis del convento dominico, lo cual explica por qué tenía los brazos más cortos cuando se veía desde una perspectiva frontal. 

Cuando esa imagen se baja, Antonio Gutiérrez de León se lo lleva al taller y se produce una especie de polémica que en mi libro se detalla, ya que no sabían si querían restaurarla o simplemente limpiarla. Afortunadamente se opta por la segunda opción y luego Juan Bautista, el sacerdote, corrobora lo que se sospechaba, que era de Pedro de Mena. Esto fue un hallazgo sorprendente para la ciudad de Málaga. 

Las características iconográficas de uno de los mejores crucificados de España, como fue catalogado, y la adopción por parte de la Congregación son otras causas que explican este idilio con la talla. Fue a partir de 1915 cuando se une con la Cofradía de la Soledad, comenzando a procesionar en el año siguiente. 

La guinda, entre comillas, llega cuando el cuerpo de la Legión lo asume como su protector, comenzando así toda esa aura que se crea. El remate fue la propia destrucción de la imagen. El asalto a Santo Domingo y la leyenda que se creó en torno a su propia salvación ha creado al símbolo de la Semana Santa de Málaga, como afirma el subtítulo de mi libro. 

Similar a lo que hemos visto con iconos pop que murieron jóvenes y pasaron de ser artistas a ser verdaderos mitos. 

Bueno (ríe). Con mucha distancia, casi insalvable, pero sí. Toda esa serie de características son las que generaron que esa imagen fuera un emblema. Da la casualidad de que las dos grandes devociones de Málaga estaban en Santo Domingo. Por un lado, el crucificado de Mena y por otro, la Virgen de la Esperanza. Es decir, eran los modelos a imitar en la década de los años 20 y la mayoría de cofradías aspiraban a parecer a ellas. 

Jiménez Guerrero, junto a la puerta por la que se accede a la iglesia del Sagrario.

Jiménez Guerrero, junto a la puerta por la que se accede a la iglesia del Sagrario. Álvaro Cabrera

Aunque los historiadores no hablen en condicional, me gustaría saber qué hubiera podido pasar si la imagen se hubiera salvado. ¿Estaríamos hablando de una talla con una fuerza similar al Medinaceli de Madrid o al Gran Poder de Sevilla? 

Evidentemente. Hubiese tenido una repercusión… Ya la tuvo, pero a día de hoy hubiese sido portentosa. Algunos autores lo catalogaron como La flor de los Cristos. Ricardo de Orueta hablaba de la belleza casi pagana y esa forma apolínea… Todas esas expresiones están recogidas en los textos de la década de los años 10 del siglo XX, justo cuando se empieza a forjar el peso de la imagen. 

Existe un deseo de pervivencia con el Cristo de Mena. Una esperanza, quizá irreal, de que por algún extraño motivo no se quemara, sino que estuviera salvado en casa de un particular. ¿Cuánto hay de romanticismo, cuánto de mito y cuánto de posibilidad real? 

Toda esta idea va a surgir a partir del año siguiente con la llegada de dos novelas: Las vestiduras recamadas, de González Anaya y Ha llegado el día, de Alberto Insúa. La primera decía que el Cristo se había salvado, o se había podido salvar y la segunda decía que el Cristo había desaparecido. A partir de ahí se van a abrir dos vías en la ciudad. Asimismo, empiezan a aparecer personas que dicen haber visto la talla y que saben dónde está. Lo que fue definitivo fue que el 13 de diciembre del 32, el diario El Cronista publicó una carta extensísima de una de las personas que estuvo allí, Ricardo Fernández de la Torre. Este ciudadano acreditaba que el crucificado no se había quedado en la capilla escondido, sino que fue llevado a una sala contigua donde estaban alojados algunos enseres y, cito textualmente, las túnicas de la pasada Semana Santa las cuales estaban impregnadas de cera. Cuando empezó el incendio, aquello fue un polvorín. A todo esto hay que sumar que hubo un derrumbe. 

También se ha repetido esa frase de que “nunca apareció el Cristo”. Sobre este extremo tengo que remitirme a una cuestión que publiqué hace unos años y que ahora se corrobora en el libro. Narciso Díaz de Escovar le escribió a su amigo Miguel Borrego en Madrid y le dijo: “El Cristo, nuestro Cristo, el Cristo de Mena, que se creía salvado, no ha sido tal. Han aparecido los carbones”.  Y los carbones aparecieron. También decía: “Queda una pierna que la tiene el escultor Palma y un pie quemado con el clavo que se le ven dos dedos, que lo tiene mi sobrino Joaquín”. Joaquín era Joaquín Díaz Serrano, el cronista de la agrupación. Eso se llevó a la Congregación, donde actualmente reside esta pierna, con ese pie y con ese clavo, en una urna de la sala de los columbarios. 

En el libro se da a conocer también una noticia y es que una familia de Madrid tiene un mechón del cabello. Precisamente, en el escrito, cuando se habla de cómo asaltaron Santo Domingo, se dice que un individuo con un palo le había dado al Cristo, le había hecho saltar la pierna, le había roto un pie y un trozo del mechón del cabello. Ese trozo se desprendió y esa persona que estaba allí lo recogió. Lo ha ido pasando de familia en familia y parece que lo van a devolver a la Congregación.

Ante esta situación, yo tengo una reivindicación: creo que es una ocasión magnífica, cuando esto suceda, para que el pueblo de Málaga tenga una memoria visual de lo que pasó. Esos restos no deben estar escondidos, sino que, en mi opinión, deberían de estar todos en la propia capilla y hacer allí una especie de hornacina en la pared protegida con un cristal lógicamente y volver al sitio de donde salieron. 

¿Se ha hecho justicia con la memoria del 31?

Modestamente hice lo que pude. Ha habido pequeños artículos, pero a este nivel es cierto que no. Lo que pasó fue tremendo. Todos los casos fueron prácticamente sobreseídos y los únicos culpables fueron, podemos decir, amnistiados por un decreto publicado por la República en diciembre de 1931. Las pérdidas fueron incalculables, y no solo a nivel de la Semana Santa. Fue una pérdida para Málaga porque los edificios se quedaron destrozados y el patrimonio sufrió enormemente.

De hecho, tengo otra reivindicación que estoy defendiendo y que vosotros habéis publicado en EL ESPAÑOL de Málaga argumentando la necesidad de restaurar la iglesia de Santo Domingo. Sin embargo, yo voy más allá: habría que resarcir a Málaga. ¿Cómo? Reconstruyendo el retablo del altar mayor de la iglesia de Santo Domingo. Esa es la gran deuda para mí. No nos olvidemos de que quedan 7 años para que se cumpla el centenario de estos sucesos, por lo que sería el momento idóneo para acometer estos trabajos y reparar el daño que se le hizo a Málaga. Los restos y el retablo. 

El historiador defiende la culminación del retablo de Santo Domingo.

El historiador defiende la culminación del retablo de Santo Domingo. Álvaro Cabrera

Pese a las evidencias de la destrucción del 31, parece haber ciertos movimientos que ponen el foco de atención en las expropiaciones posteriores de familias que, aprovechando el descontrol, se quedaron con muchas piezas. 

Son ideas que se lanzan, pero yo lo que quiero son pruebas. La documentación que he manejado, los informes, los cuales son muy válidos, muy variados e incumben al clero, particulares y gobierno civil, acreditan la destrucción que se produjo. ¿Puede haber cosas en manos de algunos individuos? Indudablemente, pero los grandes iconos fueron quemados y destruidos en el lugar en el que se encontraban o a las puertas de los templos. Ahí tenemos los ejemplos del antiguo Jesús del Santo Suplicio y la Amargura, que se arrojaron a una pira en mitad de la calle Mármoles.

¿Hasta qué punto hay una responsabilidad a posteriori de la sociedad civil que quiso pasar página pronto sin detenerse a reparar los daños? Estoy pensando, por ejemplo, en la iglesia de la Merced, que en vez de ser recuperada se demolió muchos años después del 31.

Sí, en la década de los 60. Sobre este asunto tengo mi propia teoría, y es que aquello fue una memoria visual de lo que había pasado. Me explico, no se reconstruyó para que todo el mundo viera, durante 30 años, lo que había sucedido. 

¿Similar al caso del Mutilado? 

No diría que no es el mismo caso. El Mutilado representaba lo que representaba, pero la iglesia de la Merced tenía otro componente. Allí se hacían incluso funciones. En el libro La destrucción del patrimonio eclesiástico en la Guerra Civil. Málaga y su provincia hablo de este hecho que incluye una especie de polémica. Desde el Obispado se argumentaba que la cuestión devocional o litúrgica estaba perfectamente preparada en Santiago y en San Lázaro, por lo que el dinero hacía falta para crear las nuevas iglesias que se estaban edificando en los barrios obreros del extrarradio de Málaga. Esa fue la excusa que se dio; sin embargo, para la iglesia de San José de calle Granada, por poner un ejemplo, no hubo ningún tipo de reparo ante una situación similar.

Conociendo en profundidad la historia que hay detrás de estos lugares perdidos, ¿en qué piensa cuando pasa por alguno de ellos?

Desde pequeño me ha llamado la atención la iglesia de la Merced. Cada vez que pasaba por ahí preguntaba que qué había pasado y la respuesta nunca cambiaba: “De eso no se habla”, me decían. Conforme fui creciendo, estudié historia y me hice con los medios para mi trabajo, empecé a investigar lo que había sucedido y a entenderlo todo. ¿Qué siento? Pues una gran rabia, impotencia… 

Frustración.

Esa es la palabra. No solo es una iglesia, sino que también es un monumento que identifica una parcela muy concreta de la historia de la ciudad de Málaga que se ha perdido. Todo ello sin contar con el estado en el que se encuentran otras como Santo Domingo, la cual está en unas condiciones lastimosas y repleta de humedades. Sobrevive gracias a las cofradías. 

Momento detalle de la entrevista.

Momento detalle de la entrevista. Álvaro Cabrera

Esta obra viene a completar una serie en la que ha analizado el patrimonio destruido, reconstruidos, las bandas, los militares, las capillas… ¿Qué pasado queda por escribir? 

Soy de los que piensan que reconstruir la historia es como hacer un muro: siempre faltan ladrillos. Es muy fácil la crítica una vez que has hecho algo. Yo escribí una trilogía sobre la quema de conventos (31), destrucción del patrimonio (36) y construcción y reconstrucción de la Semana Santa de Málaga (31-39), que no ha tenido tanto auge pero que es crucial. Estas tres obras cierran los años dramáticos de las cofradías de Málaga y la ciudad. 

Después de cuatro años, José Jiménez vuelve a la calle. ¿Con qué Málaga se ha encontrado?

Con una Málaga repleta de ilusión. Por motivos particulares he estado bastante alejado físicamente, pero los medios de comunicación siempre me habéis acercado todo y he podido estar al tanto. Veo que la Semana Santa de Málaga está en un momento espléndido. 

Esta idea es importante porque, como expliqué en la presentación de mi libro, los asaltantes a la iglesia de Málaga tenían como objetivo, más allá de acabar con el Cristo de Mena, destruir la Semana Santa, pero lograron justo lo contrario. 

Es cierto que iban a atacar una serie de perfiles, vinculados a las clases más pudientes. De hecho, hablaban del “Cristo de los ricos”, de la presencia militar focalizada en un cuerpo que estaba destacando en las guerras africanas. Lo mismo pasó en la Esperanza, donde algunos cofrades estaban muy significados políticamente con posturas conservadoras. Pero como digo, el gran objetivo era acabar con todo, aunque consiguieron todo lo contrario: revitalizarla y que tengamos la espléndida realidad de la que disfrutamos actualmente.  

Ahora que hemos caminado por calle Císter, a las faldas de la Catedral, ¿qué haría con la basílica? 

De joven decía que el hecho de estar inacabada era algo que identificada a Málaga, pero ahora he cambiado de opinión. Uno madura los temas y se da cuenta de que no se acabó por motivos económicos. ¿Se imagina a alguien diciendo que su casa es muy bonita porque le falta una ventana? 

Como el que se mete en las obras del cuarto de baño y lo deja sin alicatar…

Claro, claro (ríe). Es que eso no es identidad. En todo caso, identidad negativa. A mis años, soy totalmente partidario de acabarla.

Con 71 años sigue trabajando, vinculado a los medios de comunicación desde hace tres décadas… ¿Dónde está el secreto?

En el amor. Enrique Romero me preguntaba en la presentación del libro que a quién está dedicado, cosa que casi nunca hago. Sin embargo, este libro ha sido muy especial por lo que en la página de los créditos pedí incorporar una frase que identifica mis dos pasiones: Málaga, mi ciudad y su Semana Santa. Esas son las dos grandes pasiones que me llevan a seguir escribiendo. 

Imagen detalle de un momento de la entrevista.

Imagen detalle de un momento de la entrevista. Álvaro Cabrera

Usted es el ejemplo de que para ser cofrade y vivir su Semana Santa no hace falta ser directivo.

Nunca. He estado de cronista en la Agrupación durante la etapa de Clemente Solo de Zaldívar al que no le puedo negar nada por lo buena persona que es y el respeto que le tengo. Sin embargo, yo tenía voz aunque no voto. 

Pero se puede hacer Semana Santa sin un puesto de dirección.

Sí, porque cada persona tiene que saber cuáles son sus aptitudes y para qué sirve. Creo que puedo hacer más, modestamente, con mi trabajo. Jamás he tenido un cargo en mi cofradía de Zamarrilla, pero ellos saben que si me llaman, me tienen allí para lo que quieran. Y respeto mucho a las personas que están porque lo que hacen es trabajar. 

¿Es agradecida la Semana Santa con alguien que ha dado su vida a ella? 

No lo sé. Enrique Romero me decía que no se me había reconocido, pero creo que no se trata de eso. Yo soy feliz con lo que hago y con lo que modestamente he aportado. Solo con eso ya estoy pagado; no necesito honores ninguno. Lo que me gusta es trabajar en mi despacho e ir a los archivos… También le digo, he sido pregonero y 33 años hombre de trono del Cristo de los Milagros, que no hay mayor puesto que ese. De hecho, me retiré antes de tiempo porque pienso que hay que saber irse de los sitios para dejar paso al resto. 

Si alguien lee esta entrevista, por ejemplo, a las 12 de la mañana, ¿dónde estará José Jiménez?

No lo sé. Posiblemente todavía en casa, porque bajaré por la tarde. Me unen muchos lazos con la hermandad de la Salud porque, más allá de las maravillosas personas que están ahí, en un momento complicado de mi vida hice junto a Dolores Vargas el escrito Salus Infirmorum. Todos los sábados voy a dos iglesias: la ermita de Zamarrilla, y San Pablo. Allí están mis otras dos grandes devociones, la Salud y el Cautivo.

Estoy muy vinculado a la cofradía del Lunes Santo. No solo porque dirigí los dos volúmenes de su historia, sino que además tuve el honor de ser la primera persona que le desató las manos a Jesús Cautivo sin ser José Luis Palomo. 

En 1997 presenté la revista Estandarte y conté que de niño soñaba con quitarle de las manos las cuerdas al Cristo. A los días me llamaron José Luis Palomo y Pepe París para decirme que aquello se iba a cumplir. 

¿Qué se siente en un momento así? 

Increíble. Fíjese, cuando presenté la revista Estandarte, que antecede a este hecho, llegué con la sensación de que algo grande iba a pasar en mi vida. No sospechaba lo que iba a pasar… Hasta que ocurrió. Allí estaban varias personas cofrades, mi hermano mayor, Hilario Caro, que para mí es mi hermano, y Clemente Solo de Zaldívar, entre otros. Total, que a los dos o tres días me llamó Hilario y me dijo: “Clemente me ha comentado que si algún día él fuera presidente de la Agrupación, tú serías su primer pregonero”. Ese verano lo nombraron presidente y el 4 de octubre de 1997 me estaba encargando el pregón. Esa fue la intrahistoria.