Una escena de la película Hokum.

Una escena de la película Hokum.

Cultura CRITICA DE CINE

Hokum: anatomía espectral del duelo en el horror folk irlandés

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Las claves

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Hokum, dirigida por Damian McCarthy, destaca por su atmósfera opresiva, ritmo pausado y homenaje al terror clásico, sin recurrir a grandes artificios.

La película narra la historia de un escritor que, al llegar a un hotel rural irlandés para esparcir las cenizas de sus padres, se ve envuelto en una pesadilla marcada por el duelo y las supersticiones locales.

Hokum explora la mitología irlandesa y el folk horror, evocando títulos como The Wicker Man y The Witch, pero con una identidad propia y sin caer en la nostalgia vacía.

Adam Scott destaca con una interpretación contenida y efectiva, mientras McCarthy reafirma su talento para crear terror sugestivo y atmosférico con pocos recursos.

Con apenas un puñado de elementos, una atmósfera enfermiza, un ritmo que se toma su tiempo (como Dios manda) y una reverencia evidente por el terror clásico, Hokum confirma que Damian McCarthy sigue siendo uno de los nombres más estimulantes del terror contemporáneo.

Tras la notable Oddity, el realizador irlandés vuelve a demostrar que no necesita grandes artificios ni recursos fáciles para construir imágenes perturbadoras y un relato con (buen) olor a clásico.

La premisa es sencilla en el papel: un escritor llega a un apartado hotel irlandés para esparcir las cenizas de sus padres y encontrar tranquilidad para dar forma a un nuevo libro. Pero, como mandan los cánones del mejor folk horror, el pasado, la tierra y las supersticiones locales comienzan a mezclarse hasta convertir el duelo en una imprevisible pesadilla. Y ahí es donde McCarthy encuentra la verdadera fuerza de la película.

Porque Hokum bebe claramente de referentes como The Wicker Man, The Witch o incluso de la inquietante austeridad de Kill List, pero sin sentirse nunca un mero ejercicio de nostalgia o un homenaje.

El director entiende perfectamente algo que mucho cine de terror moderno parece haber olvidado: el miedo no necesita ruido constante ni sobresaltos cada cinco minutos. Necesita sugestión, silencios incómodos y la sensación de que algo ancestral observa desde las sombras.

Resulta imposible no apreciar cómo la película se sumerge en la mitología irlandesa para construir un universo malsano y profundamente melancólico. Hay ecos de viejas leyendas, de maldiciones rurales y de esa relación casi espiritual entre la naturaleza y la muerte que tan bien funciona dentro del folk horror contemporáneo, probablemente el subgénero más interesante que ha dado el terror en la última década.

Mención especial merece Adam Scott, que sostiene buena parte del peso emocional del filme con una interpretación contenida pero efectiva y absolutamente convincente. McCarthy, una vez más, demuestra que sabe decir mucho con muy poco. Y eso, en el terror actual (lleno de ruido, sobresaltos e innecesaria contaminación), vale oro.