Madre e hijo posan en una fotografía.

Madre e hijo posan en una fotografía. Cedida

Málaga 10 de septiembre - Día Mundial para la Prevención del Suicidio

La última misión de Cristina: convertir el dolor por el suicidio de su hijo en esperanza para otras familias

La malagueña se encuentra en cuidados paliativos y forma parte de la Fundación Alhelí, que la ayudó a ella en los peores momentos de su vida.

Critica que los sanitarios no reciban formación adecuada para tratar a personas con adicciones o en depresión, algo que considera "fundamental".

Más información: Cuando nadie más escucha: 15.373 personas acudieron al Teléfono de la Esperanza en Málaga en 2025

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Las claves

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Cristina Rueda perdió a su hijo Manolito por suicidio en 2023 y, pese al dolor, ayuda a otros padres desde la fundación Alhelí en Málaga.

Critica la falta de formación del sistema sanitario en temas de suicidio, depresión y soledad, y pide unidades especializadas para jóvenes con patología dual.

Cristina, en cuidados paliativos por un cáncer avanzado, mantiene una actitud positiva y busca dejar un legado de esperanza y memoria para otras familias.

Dedica sus últimos esfuerzos a recopilar la historia de su familia en un álbum, eligiendo quedarse con los recuerdos felices y constructivos.

A Cristina Rueda la vida se le quebró en dos el 6 de enero de 2023. Mientras la mayoría de los hogares celebraban la ilusión del Día de Reyes, estrenando regalos, esta malagueña recibía la noticia que ningún progenitor está preparado para escuchar: su hijo Manolito, de 32 años, se había suicidado.

Tres años y medio después, Cristina ha sabido sacar su mejor versión de un suceso tan trágico. Médico de familia jubilada, desde que se fue su hijo para siempre, echa un cable a todos los supervivientes que han pasado por una situación similar a la suya.

Lo hace en la fundación malagueña Alhelí, la "única", en sus propias palabras, que encontró en Málaga y que la ayudó en el peor momento de su vida.

Hasta ahí podía tratarse de la historia habitual de una voluntaria que sale a la luz cada 10 de septiembre con motivo del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, pero la suya tiene un giro muy complicado. Un giro que deja un nudo en la garganta y estremece en cuanto conoces la situación.

Cristina padece un cáncer de pulmón muy avanzado, se encuentra en cuidados paliativos y es consciente de que su tiempo se agota. Sin embargo, lejos de hundirse, la malagueña irradia una serenidad, una paz y una gratitud que desarman cuando habla de la recta final de su vida, marcada por el duelo.

Afrontar el suicidio de un hijo implica lidiar no solo con la pérdida, sino con un entorno que a menudo se vuelve helador. Cristina denuncia el gran aislamiento al que la sociedad condena a las familias supervivientes por "puro pánico" o falta de herramientas emocionales.

"No te puedes ni imaginar la de gente que mira para otro lado. Amigos íntimos de toda la vida a los que he perdido porque no me han dado el pésame; sencillamente porque no se ven capacitados para sentarse conmigo y decirme que lo sienten. Eso duele un montón", confiesa.

Para ella, ese temor es el reflejo de una sociedad infantilizada e individualista, incapaz de mirar al dolor de frente. Ante esa soledad, la Fundación Alhelí supuso su tabla de salvación a los quince días de la tragedia: "Allí puedes decir una barbaridad y nadie te juzga, porque el de al lado está pensando exactamente lo mismo. La encontró mi hija buscando y rebuscando y, sin duda, fueron un regalo".

Cristina posa con su hijo.

Cristina posa con su hijo. Cedida

Como médica de familia durante tres décadas, Cristina conoce al detalle las costuras del sistema de salud. Sus virtudes, pero también sus taras. Asegura que la falta de formación en el abordaje del suicidio, la depresión y la soledad es una "vergüenza" estructural que urge subsanar.

"Yo he sido 30 años médico, a mí no me han formado jamás para los temas de suicidio, para los temas depresivos, problemas de soledad, nunca. No es igual tratar a un paciente depresivo que a otro que no. No se ha preocupado nadie por ello, ¿quién te forma a ti si no hay gente que forme?", denuncia.

Si tuviera a los responsables políticos enfrente, su mensaje sería claro y directo: "Les diría que la situación del suicidio, sobre todo joven, tiene que estar en su programa de vida, en su orden del día. Que no es una cosa casual. Hacen falta medios económicos y estructurales para que sanitarios y educadores estén formadísimos y sepan captar las señales de alarma", explica.

Su gran reivindicación es la creación de unidades hospitalarias especializadas para jóvenes con patología dual —enfermedad mental combinada con adicciones—, una asignatura pendiente que le costó la vida a su propio hijo. "Los sanitarios no tratan drogadictos, solo la patología mental; si le das cuatro pastillas a un niño, lo dejas dormido, pero sigue queriendo consumir, no has hecho nada".

Manolito padecía una enfermedad mental y una cromosomopatía (una alteración genética) que no se le diagnosticó a tiempo, a pesar de que "sus dos padres eran médicos". Conforme fue creciendo, hubo un tiempo en el que sus progenitores no sabían muy bien cómo actuar, hasta que su enfermedad mental debutó en la adolescencia, en una vorágine de cambios hormonales propios de esa edad.

Así, comenzaron los problemas de conductas y el consumo de drogas, concretamente, cannabis. Lo que conllevó a que toda la familia y el propio Manolo sufrieran una auténtica pesadilla ya que todo ello dio pie a un Trastorno Límite de la Personalidad (TLP).

Cristina sonríe recordando lo buena persona que era, pero le duele lo mucho que tuvo que sufrir. Recordar el día de su muerte es para ella una experiencia visceral, prácticamente insoportable. "Que la Policía te diga que tu hijo se ha suicidado, que se ha precipitado, es una cuchillada en el corazón. Duele igual", expresa.

Una imagen del hijo de Cristina.

Una imagen del hijo de Cristina. Cedida

Reconoce que, aunque vivía con el miedo constante de recibir una llamada por una sobredosis por su juego con las drogas, o una paliza debido a los problemas de conducta de Manolito, nunca pensó que llegaría a suicidarse. Jamás se le pasó por la cabeza.

Los primeros años tras el suicidio sumieron a Cristina en un estado de parálisis y desconexión absoluta con el entorno. Mientras la vida a su alrededor continuaba con inercia, ella se sentía incapaz de reengancharse a una rutina que le resultaba ajena e indescifrable: "Sentía que el resto del mundo caminaba y yo no; que los demás tenían identidad y yo no. Comía porque tenía que comer y cenaba porque tenía que cenar".

A esa sensación de desamparo se le sumó de inmediato la sombra voraz de la culpa, una trampa recurrente en los procesos de duelo por suicidio. Cristina cayó en un bucle tormentoso de preguntas sin respuesta sobre lo que pudo haber cambiado. "¿Y si hubiera hecho esto? ¿Y si no lo hubiera agobiado tanto? ¿Y si me hubiera quedado con él y lo hubiera comprendido más, si lo hubiera mirado a los ojos?", expresa.

Ese dolor venía alimentado por el recuerdo del infierno que atravesó su hijo durante años, inmerso en una "lucha a muerte" contra su enfermedad y las adicciones. Cristina rememora con amargura los múltiples e infructuosos pasajes por el sistema de salud. "Tuvo muchos ingresos hospitalarios muy crueles. Por todo y por eso, mi hijo sufrió muchísimo. Se encontró todas las puertas cerradas", relata.

Es al mirar atrás cuando brota su arrepentimiento más doloroso y crudo, marcado por la impotencia de no haber calibrado a tiempo la magnitud de ese tormento. "Si a día de hoy me arrepiento de algo es de no haber llegado a la conclusión de decirle: '¿Qué quieres, fumarte un porro? Pues nos lo fumamos los dos. Yo estoy contigo, porque ahí está tu felicidad'", lamenta la madre, consciente ahora de que el joven solo buscaba una vía de escape anestésica ante una existencia que le resultaba insoportable.

El "don" de la positividad en la recta final

Sorprende escuchar a una persona en fase terminal mencionar las palabras "fortuna" y "felicidad", sobre todo, sabiendo que ha perdido a su hijo por suicidio hace tres años y medio. Pero Cristina lo hace despojada de cualquier victimismo; al revés.

Rodeada del afecto de su familia y amparada en sus profundas convicciones religiosas, asegura no tenerle miedo a su propio final. Para ella, la partida de Manolito, pese al dolor insoportable, dejó una rendija de paz a la que se aferra.

Cristina, con sus hijos una Navidad.

Cristina, con sus hijos una Navidad. Cedida

"Sonará raro, pero sentí paz al saber que mi hijo falleció. Sentí alivio. Ya no me van a llamar de la Policía, ya no voy a tener que ir corriendo detrás de él. Ya está tranquilo. Ya está con Dios", cuenta. Con esa misma certeza mira ahora hacia su propio desenlace, convencida de que la muerte no es el final.

"Yo tengo un deseo de alma muy grande. Y estoy convencida que Dios tiene escrito el día en que yo me tengo que ir para arriba. Así que me levanto feliz cada día, sobre todo agradecida por todo lo que tengo", relata.

En su rutina no está quedarse de brazos cruzados o anclada a un pasado doloroso. "No sirve para nada", confiesa. Cree que Dios le ha dado un don que mucha gente desearía: "encontrar la felicidad del día a día, por estar cuidada, por ser querida".

Reiventarse en Alhelí

Y donde la quieren, y mucho, es en Alhelí, esa fundación que la llenó de amor cuando más lo necesitaba. Cuando el cáncer de pulmón irrumpió en la vida de Cristina Rueda obligándola a someterse a tratamientos de quimioterapia y, posteriormente, a comenzar cuidados paliativos, su forma de estar presente en la Fundación Alhelí tuvo que adaptarse.

Impedida físicamente para acudir a la sede como hacía tras la muerte de su hijo Manolito, la médica malagueña redefinió su militancia activista: sustituyó la presencia física por el teléfono, las videollamadas y las participaciones en medios para seguir dando voz a las familias que atraviesan el duelo por suicidio.

Sin embargo, el impacto más profundo de su paso por la fundación se mide también en la red de afecto y reciprocidad que cosechó en los grupos de terapia de ayuda mutua. Tras años compartiendo el dolor por la pérdida de sus hijos, las madres de Alhelí se han turnado sin descanso para acompañar a Cristina tanto en sus ingresos hospitalarios como en su propia casa, sumándose al pilar de su familia.

Lejos de mirarla con la condescendencia que a menudo rodea a una paciente terminal de cáncer, sus compañeras la reconfortan conversando y tratándola con la misma complicidad y afecto de siempre.

Incluso con las fuerzas mermadas, Cristina se mantiene como un motor vivo e inagotable para la fundación, así lo reconoce su presidenta, Yolanda Verdugo. Entre sus últimas propuestas de iniciativas destaca la idea de crear un archivo audiovisual que registre en vídeo los testimonios y la evolución del duelo de los supervivientes a lo largo de los años. Con este proyecto busca dejar un legado de memoria y esperanza que permanezca intacto cuando pasen las décadas y algunas de sus voces ya no estén. "Tiene un corazón muy bonito", relata Verdugo, que le tiene un gran cariño a Cristina.

Remover conciencias

La única prioridad de Cristina en el tiempo que le resta es que su testimonio remueva conciencias. Asegura que le duele en el alma cada vez que sabe que un chico joven se ha quitado la vida. Le gustaría, explica, que todos los telediarios abrieran con la cifra real de suicidios en España. "Si funcionó con la campaña de accidentes de tráfico tan dolorosa, ¿por qué no iba a funcionar contar esta triste realidad?", lanza al aire.

Asegura que cuenta su historia porque si sirve para que un solo niño no lo haga, ella está más que feliz. "Si una madre mira a su hijo y no mira hacia otro lado en una situación difícil... Si evitamos un solo caso con esto... Juro que hago una fiesta y me tomo una copa a su salud. Con evitar un caso, me basta", insiste.

El suicidio se ha convertido en la primera causa de muerte no natural entre los jóvenes. Sin ir más lejos, en 2021, se registraron 336 muertes por suicidio en menores de 30 años en España. 22 de ellos eran menores de 15 años. Hace unos días, el Teléfono de la Esperanza informaba de que uno de cada cuatro jóvenes que han usado su Chat de la Esperanza este año eran menores.

Manolito y su madre, Cristina.

Manolito y su madre, Cristina. Cedida

El legado de Manolito: Un cuento impreso en papel

Lejos de atascarse en la culpa o en los momentos oscuros de la enfermedad de su hijo, Cristina ha tomado la decisión consciente de quedarse con la luz que ha alumbrado su vida. De Manolito recuerda que era "un niño muy bueno, cariñoso, amigo de sus amigos y sin ninguna maldad", con el que compartió muchísimos viajes, partidas de cartas y risas inolvidables.

Para que ese amor no se pierda cuando ella ya no esté, dedica sus últimas fuerzas a elaborar de manera artesanal una monumental obra familiar: un álbum impreso con miles de fotografías que abarcan desde su propio nacimiento en 1959 hasta el presente.

"No quiero saber nada de la tecnología digital. Estoy rescatando todas las fotos de los móviles y pegándolas en más de 40 álbumes escribiendo la historia a mano. Es un cuento de vida. Quiero que mi nieto conozca bien y con detalle nuestra historia, que mi hija pueda contarle todo: que hubo momentos muy malos, sí, pero que fuimos inmensamente felices. Los recuerdos que no aportan... fuera; solo me quedo con lo que construye".