Hicham El Bahraou sostiene en su móvil una fotografía de su padre
Más de 21.000 marroquís como Hicham no pueden enterrar a sus muertos en Madrid: 'Pagué 4.500€ por repatriar a mi padre'
Con solo 40 cementerios habilitados para el rito islámico en España, las familias se ven forzadas a abonar hasta 7.000 euros para que los restos de sus seres queridos descansen en Marruecos
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Enterrar a un padre nunca es fácil, pero para Hicham El Bahraouy el duelo mutó rápidamente en frustración e impotencia. Su pérdida puso de manifiesto una grieta en el sistema: la de un Estado que, al carecer de espacios para el rito islámico, obliga a sus ciudadanos musulmanes a elegir entre el exilio post mortem o renunciar a sus creencias en el último adiós.
Hicham, nacido en Tánger (Marruecos), llegó a España en el año 2008 con apenas 13 años. Hoy, a sus 30 y tras haber perdido a su padre hace tres, relata a EL ESPAÑOL una historia que, lejos de ser un hecho aislado, refleja la realidad que golpea a la comunidad musulmana en nuestro país.
"España no ofrece nada. El cementerio de Griñón está lleno y en los demás, si no pagas el 'alquiler' de la tumba, sacan el cuerpo. Un musulmán necesita el descanso a perpetuidad", explica al detallar el choque legislativo entre el derecho funerario español y la tradición islámica.
En España hay habilitados cerca de 17.850 cementerios, pero apenas 40 cuentan con espacios para el rito islámico. Muchos de ellos, además, sufren saturación o abandono, abocando a las familias a una repatriación forzosa de los cuerpos a su país de origen como única salida para garantizar un descanso eterno digno.
Foto de un entierro musulmán en el cementerio de Griñón, Madrid.
Esta estadística se materializó en la vida de Hicham tan sólo media hora después de la muerte de su padre, Abdallah, que falleció en un hospital de Madrid tras luchar contra un fulminante cáncer.
Mientras aún procesaba el golpe, recibió la visita de un agente de la funeraria vinculada al hospital. Hicham recuerda aquel encuentro como un bombardeo de información y exigencias inmediatas; una toma de decisiones para la que no tenía respuestas y que el choque emocional hacía imposible de digerir.
De vuelta a casa
La repatriación no fue una elección, sino la única vía disponible ante un sistema que no respaldaba las peticiones de Abdallah y otros miles de musulmanes.
Sin un seguro de decesos previo, una red de seguridad que a sus padres, por su avanzada edad, las aseguradoras les habían denegado, Hicham tuvo que asumir el mando de una logística frenética.
Mientras su madre volaba a Marruecos para organizar los ritos en el hogar, él se quedaba en Madrid lidiando con consulados, tasas aeroportuarias y una factura que no esperaba: 4.500 euros que debían abonarse en menos de una semana.
Hicham. EL ESPAÑOL
Todo este proceso, que debía durar menos, concluyó con la repatriación del cuerpo a la ciudad de Casablanca tras una semana de intensa burocracia que Hicham recuerda de forma caótica.
Aunque su voluntad era que Abdallah descansara en Tánger, donde la familia tiene su hogar y donde están enterrados sus abuelos, la realidad logística se impuso: "Me dijeron que a Tánger no se podía, que no había hueco, y tuvo que volar a Casablanca".
Este desvío no solo supuso un golpe emocional, sino un incremento en la factura y la complejidad del entierro.
Al aterrizar en una ciudad distinta a la suya, Hicham se vio obligado a contratar de urgencia un coche fúnebre privado para recorrer los más de 300 kilómetros que separan Casablanca de su destino original.
Ante este laberinto de imprevistos y costes desbocados, el joven lanza una advertencia basada en su propia herida: "Si alguno piensa en esto, que contrate un seguro; de lo contrario, estás perdido".
"A mí no se me ha perdido nada en Marruecos"
Para Hicham, la muerte de su padre fue una lección de realidad que ha condicionado su propia visión del futuro.
Con la mirada puesta hacia el frente, Hicham tiene claro que quiere ser enterrado en el país que le ha visto crecer: "A mí no se me ha perdido nada en Marruecos. Si yo me muero, prefiero que me entierren en España", afirma con rotundidad.
Hicham El Bahraouy posa para El Español en la Casa Árabe
Como él, este joven asegura que las nuevas generaciones desean ser enterradas aquí y sentencia que en un futuro cercano va a existir "un problema grave de espacio".
El muro de la Ley de 1974
La advertencia de Hicham sobre la falta de espacio y las trabas legales no es una percepción subjetiva. Es una realidad técnica que Javier Moreno, responsable de Pazy, una alternativa al seguro de decesos tradicional, lidia en su día a día.
Para Javier, el conflicto no es solo de voluntad política, sino de un marco normativo anclado en el pasado: la Ley de Policía Mortuoria, que en gran parte de España data de los años 70.
"Nosotros somos una alternativa que permite personalizar el servicio, pero siempre nos regimos por la ley, y la problemática aquí es que la legislación obliga a enterrar con féretro por un tema de sanidad", explica Javier.
Este es el primer gran choque. Mientras el rito islámico exige que el cuerpo esté en contacto directo con la tierra, la normativa española lo impide en casi todo el territorio, a excepción de casos muy recientes como Galicia.
Sin embargo, Javier apunta la ironía del sistema: "Galicia cambió la ley en 2021 para permitir el entierro sin féretro, pero a día de hoy no hay ningún ayuntamiento gallego que tenga cementerios para musulmanes".
Hicham, durante la entrevista con este periódico. EL ESPAÑOL
Ante esta imposibilidad, empresas como Pazy recurren a "parches" para intentar respetar la fe de las familias sin incumplir la ley.
Utilizan féretros con orificios en la base o introducen tierra dentro del ataúd para simular ese contacto con el suelo. "Es un gesto que las familias agradecen, pero no acaban de estar contentas con la solución; no es lo que dicta su rito", confiesa el experto.
El problema, según Javier, se ha agravado por el mismo cambio generacional que menciona Hicham.
"Antiguamente, la mayoría de los musulmanes eran inmigrantes y querían volver a su país. No conocían la ley de aquí porque al repatriar se usaba el féretro solo para el traslado", señala.
"Pero ahora, con musulmanes nacidos en España que no tienen otro país al que ir, el problema se vuelve crítico", asegura Javier.
"Un derecho, no un favor"
Donde la ley y la técnica se detienen, comienza la lucha política. Maysoun Douas, presidenta de la asociación 'Entierro Digno', ha convertido la frustración de familias como la de Hicham en una causa civil.
Su camino hacia esta reivindicación no fue solo ideológico, sino profundamente personal: "Mi padre y mi abuela están en Griñón, pero a mi tía abuela, que vivió en Madrid desde los 17 hasta los 87 años, tuvimos que llevarla a Valencia para enterrarla porque aquí no había sitio", relata a El Español.
Para Douas, el problema radica en que las administraciones públicas han diseñado sus servicios ignorando la pluralidad real de sus vecinos.
"El Islam no es inmigrante en España", sentencia con firmeza. "Hay una población nacional que es musulmana y que, en el momento más crucial, el del descanso eterno, se siente abandonada por su administración".
Imágenes del cementerio musulmán de Griñón
Desde su asociación, Douas denuncia que el sistema actual no solo es insuficiente, sino que genera una discriminación por omisión.
Mientras que un ciudadano católico tiene garantizado su rito en cualquier municipio, el musulmán se enfrenta a un laberinto de requisitos de empadronamiento y falta de parcelas.
"Normalizar la convivencia es que tú, como ciudadano, no notes que por ser de una confesión u otra vas a tener limitaciones o privilegios", explica Douas.
Título de derecho funerario
Uno de los frentes de batalla más urgentes para 'Entierro Digno' es el desconocimiento sobre el título de derecho funerario, el documento que acredita la concesión de la sepultura.
"Muchos no saben que ese papel es vital. Si no se renueva la tasa, los restos pueden ser exhumados para liberar espacio", advierte.
Este es un punto de no retorno para la comunidad musulmana, ya que el Islam prohíbe la exhumación y, por supuesto, la cremación.
"Es muy duro ir a visitar a un familiar y descubrir que su tumba ya no está porque ha sido asignada a otra familia o que los restos han terminado en un osario o un horno", explica Douas.
Por eso, su asociación lucha no solo por crear nuevos espacios, sino por garantizar que los que ya existen sean gestionados con la dignidad que exige la fe de quienes allí descansan.
La lucha de asociaciones como la de Maysoun busca que, algún día, la historia de Abdallah no se repita. Que el duelo no sea una carrera financiera ni un billete de avión sin retorno.
Es ahí donde profesionales como Javier, de Pazy, intentan aportar un poco de luz en mitad del caos burocrático.
"Nuestro objetivo es que la familia solo tenga que preocuparse de despedirse. Ya hay bastante dolor en la pérdida como para sumarle la angustia de no saber si podrás cumplir con tu fe", explica Javier.
Para él, dignificar el final es una cuestión de justicia social y empatía profesional.
Sin embargo, para Hicham, ese cambio llegará tarde. A él le queda el consuelo de saber que su padre descansa según sus ritos, aunque sea a cientos de kilómetros de donde transcurrió su vida.